San Alfonso María de ligorio

Oración

Te ofrezco, Señor mis pensamientos, para que se dirijan a Ti; te ofrezco mis palabras, para que hablen de Ti; te ofrezco mis obras, para que todo lo haga por Ti; te ofrezco mis penas, para que las sufra por Ti

Evangelio

San Marcos 9:16-28
Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido.He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.» Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?»

Palabra del Señor

Pedro y Pablo



Pero, dejando los ejemplos de los días de antaño, vengamos a los campeones que han vivido más cerca de nuestro tiempo. Pongámonos delante los nobles ejemplos que pertenecen a nuestra generación. Por causa de celos y envidia fueron perseguidos y acosados hasta la muerte las mayores y más íntegras columnas de la Iglesia. Miremos a los buenos apóstoles.

Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se fue a su lugar de gloria designado.

Por razón de celos y contiendas Pablo, con su ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente.

Clemente de Roma, Epistola a los Corintios
Padres Apostólicos Siglo I

Que estás en los cielos



Con las palabras «que estás en los cielos» se nos da confianza para orar, por tres motivos: por el poder de Aquel a quien se pide; por la familiaridad con él; y por la conveniencia de la petición.

1. El poder de Aquel a quien se pide es sugerido si por cielos entendemos los cielos materiales Pues aunque no está Él limitado por los cielos materiales, como se lee en Jeremías 23, 24: Yo lleno el cielo y la tierra; sin embargo se dice que Él está en los cielos materiales para indicar dos cosas: tanto la virtud de su poder como la sublimidad de su naturaleza.
     a. Lo primero es contra los que dicen que todo ocurre necesariamente por la determinación de los cuerpos celestiales: tanto que sería inútil pedirle algo a Dios por la oración. Pero esto es una estulticia, porque si se dice que Dios está en los cielos es precisamente como Señor de los mismos cielos y de las estrellas, conforme al Salmo 102, 19: «El Señor en el cielo asentó su trono».
     b. Lo segundo es contra aquellos que al orar idean e inventan imágenes corporales de Dios. Por eso se dice que está en los cielos para que por aquello que en las cosas sensibles es lo más elevado, se exprese que la divina sublimidad todo lo excede, aun los deseos y la comprensión de los hombres; de modo que todo lo que se pueda pensar o desear es menor que Dios. Por lo cual se dice en Job 36, 26:»;Qué grande es Dios, que sobrepuja a nuestra ciencia!; en el Salmo 112, 4: «Excelso es el Señor sobre todas las gentes»; en Isaías 40, 18:»¿A quién habéis asemejado a Dios?».

2. La familiaridad con Dios se nos muestra si por cielos se toma a los Santos. En efecto, ya que algunos dijeron que El por su excelsitud no cuida de las cosas humanas, conviene saber que está muy cerca de nosotros ○ más bien nos es íntimo, pues se dice que está en los cielos, esto es, en los Santos, a quienes se les llama cielos, conforme al Salmo 18, 2: «Los cielos cuentan la gloria de Dios»; y Jeremías 14 9: «Tú, Señor, estás con nosotros». Esto produce confianza en los que oran, por dos motivos.
     Primero por la proximidad de Dios, según el Salmo 144, 18: «Muy cerca está el Señor de todos los que lo invocan». Por lo cual nos dice en Mateo 6, 6: «Mas tú, cuando vayas a orar entra en tu aposento», a saber, el del corazón.
     Segundo, porque por la intercesión de los santos podemos obtener lo que pedimos, según Job 5, 1: «Dirígete a alguno de los Santos»; Santiago 5, 16: «Orad los unos por los otros para que seáis salvos».

3. Diciendo «que Él está en los cielos» la oración tiene idoneidad y conveniencia, si por cielos se entienden los bienes espirituales y eternos, en los cuales consiste la bienaventuranza, por dos razones.     
     Primeramente, porque con estas palabras se inflaman nuestros deseos por las cosas celestiales. En efecto, nuestros deseos deben tender a donde tenemos a nuestro Padre, porque allí es donde está nuestra heredad. Colosenses 3, 1: «Buscad las cosas que son de arriba». 1 Pedro 1, 4 nos habla de «la herencia inmarcesible» que nos está «reservada en los cielos».
     En segundo lugar, porque esto nos convida a que nuestra vida sea celestial, a fin de que seamos conformes con el Padre Celestial, según 1 a Corintios 15, 48: «Como el celeste, así serán los celestes». Y estas dos cosas -el deseo de lo celestial y una vida celestial-nos hacen idóneos para pedir, pues por ellas es digna la oración

Comentarios sobre el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Santo Tomás de Aquino

Oración

Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda

Evangelio

San Mateo 16:24-27
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? «Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Palabra del Señor

QUE ESTÁS EN LOS CIELOS



Entre las disposiciones que le son necesarias al que ora, la confianza tiene una gran importancia. Santiago 1, 6: «Pídase con fe, sin vacilar». Por lo cual al enseñarnos el Señor a orar, adelantó aquellas cosas por las que se engendra en nosotros la confianza: esto es, la benignidad del Padre: por lo cual dijo «Padre nuestro», según Lucas 11, 13: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre [celestial] os dará [de lo alto] del cielo su buen Espiritu a los que se lo pidan?»; y la grandeza de su poder: por lo cual dijo «que estás en los cielos». También el Salmo 122, 1: «Levantaré mis ojos a Ti, que habitas en los cielos».

Lo cual puede corresponder a tres cosas:

1. Primeramente a la preparación del que ora,. pues se dice en Eclesiástico 18, 23: «Antes de la oración prepara tu alma». Para que se entienda que «estás en los cielos» es lo mismo que «en la gloria celestial». A este propósito dice Mateo 5, 12: «Vuestra recompensa es copiosa en los cielos».
     a. Y tal preparación debe ser mediante la imitación de las realidades celestiales, porque el hijo debe imitar a su padre. Por lo cual se dice en Corintios 15, 49: «Así como hemos llevado la imagen del hombre terreno, debemos también llevar la imagen del celeste».
     b. También mediante la contemplación de las cosas celestiales. Porque los hombres suelen dirigir su pensamiento más frecuentemente al lugar donde tienen a su padre y las demás cosas que aman, según Mateo 6, 21: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón». Por lo cual les decía el Apóstol a los Filipenses (3, 20): «Nuestra morada está en los cielos».
     c. Y mediante la aspiración a las cosas celestiales, de modo que a quien está en los cielos no le pidamos sino las cosas celestiales, conforme a Colosenses 3, 1: «Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo».

2. En segundo lugar, las palabras «que estás en los cielos» pueden referirse a la facilidad del que oye, porque entonces está más cercano a nosotros; y así, «que estás en los cielos» entiéndase que es lo mismo que en los Santos, en los que Dios habita, conforme a Jeremías 14, 9: «Tú estás en nosotros, Señor». En efecto, a los Santos se les llama cielos, conforme al Salmo 18, 2: «Los cielos cuentan la gloria de Dios». Ahora bien, Dios habita en los Santos por la fe: Efesios 3, 1 7: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones». Por la caridad: 1a Juan 4, 16:»El que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él». Por el cumplimiento de los mandamientos: Juan 14, 23: «Si alguno me ama, observará mi doctrina; y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él».

3. En tercer lugar, las palabras «que estás en los cielos» pueden referirse a la omnipotencia del que nos oye; y así, que por cielos entendamos los cielos materiales; no porque Dios esté encerrado en los cielos materiales, porque está escrito en Reyes 8, 27: «Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte»; sino para dar a entender: que Dios es de penetrante observación, porque ve desde muy alto. Salmo 101, 20: «Ha mirado desde su santa altura»; que es sublime en su poder, según el Salmo 102, 19: «El Señor dispuso su asiento en el cielo»; que es estable en su eternidad, según el Salmo 101, 13: «Mas Tú permaneces eternamente’; y también el [versículo] 28: Y tus años no tienen fin». Por lo cual se dice de Cristo en el Salmo 88, 30: «Su trono es como el día del cielo». Y el filósofo enseña, en su tratado «Del cielo», que a causa de su incorruptibilidad todos han considerado que el cielo es el asiento de los espíritus.

Comentarios sobre el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Santo Tomás de Aquino

¿El final es la muerte?



El <trabajo de la pasión> no devalúa de ningún modo la actividad divino-humana de Jesús durante su vida terrena. Su pasión abraza desde abajo toda su acción precedente, así como en cada vida humana la muerte concluye todo el obrar. La muerte no dice que la actividad anterior ha sido vana y sin sentido. En el cristianismo, la pasión no elimina el sentido de la acción humana y cristiana. Nosotros somos inequívocamente exhortados a hacer todo lo que está en nuestro poder para mitigar el sufrimiento humano en torno a nosotros, para trabajar, tanto como podamos, por la paz entre los hombres y los pueblos, para realizar las obras de misericordia corporales y espirituales que el Evangelio nos sugiere, para promover todo progreso significativo que ayude a curar a los enfermos, a vencer la miseria de las favelas a escala mundial, a eliminar toda injusticia en la discriminación racial y en la opresión de los trabajadores. Para esto no se necesita, en cuanto tal, ser cristiano, si bien en todas estas demandas los cristianos deberían ser, en el frente de lucha, los promotores de la humanidad y animadores de los resignados.

El mismo Jesús ha puesto durante su actividad pública signos visibles por los que era posible reconocer su carácter mesiánico. Cuando el Bautista encarcelado envía a preguntarle si Él era el esperado, Jesús le responde: <Id y contad a Juan lo que ois y veis: los ciegos ven y los cojos caminan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva>, como lo había profetizado Isaias (Mt 11,4-5). Resucitar a los muertos es su privilegio, pero hacer el bien a los que sufren -una gota en el océano- es un símbolo no solo de las gracias que Dios regala a los hombres, sino también del bien que los hombres deberían hacer a sus semejantes.

No en vano el médico es elogiado y recomendado en la Biblia (Si 38); pero, curiosamente, a esto le sigue otra recomendación, es decir, no tomar la muerte de un modo demasiado trágico. Todo arte humano debe esforzarse tanto por los enfermos como por su propio progreso, pero reconociendo el límite infranqueable: la muerte como signo del poder de Dios sobre la existencia finita. Esta intuición humilla y nos hace humildes: no tiene sentido querer prolongar una vida mortal ilimitadamente. Una vez más según la Biblia, el morir con <largos años > es una gran dicha. Pero dichosos son la estéril> y el <eunuco si esto los salva de la impiedad; o la muerte temprana si salva de una vida impía (Sb 3,13ss.; 4,7ss.).

Una contraprueba la aportan las novelas utópicas que nos retratan hombres multicentenarios espectrales (como Estrella de los no nacidos de Franz Werfel o Un mundo feliz de Aldous Huxley). En esta tierra, el hombre es y permanece un ser que lucha contra poderes que él puede derrotar hasta cierto punto, pero que son y permanecen eternamente superiores a él. Los virus y microbios que se hacen resistentes a los nuevos medicamentos nos ejemplifican irónicamente esta verdad. No miramos acaso inquietos hacia un tiempo en el que las máquinas se habrán encargado del trabajo del hombre y este ya no sabrá con qué <actividades en el tiempo libre>  podrá remediar su aburrimiento y, como se dice, <matar el tiempo>? También el deporte, es verdad, tiene en sí momentos de lucha; sin embargo, no es también él un simulacro inofensivo de lo realmente apasionante, de lo que en verdad cumple la existencia: la lucha por la vida?

Al final de esta reflexión están, bien sencillamente, las <Bienaventuranzas> de Jesús. Por cierto, ellas se ordenan en dos series: los que sufren (como los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed, los perseguidos) y los que se dirigen a ellos con compasión (los mansos que no devuelven el golpe sufrido los misericordiosos, los que trabajan por la paz). Pero, qué sería de los segundos si no existieran los primeros? Jesús llama bienaventurado al conjunto, a la reciprocidad entre los que sufren y los que alivian el dolor. Se le malinterpretaría si se quisiera referir el sufrimiento y el alivio solo a este tiempo del mundo; la bienaventuranza y la <recompensa>, solo al cielo. Bajo la terrible realidad del sufrimiento del mundo y de la lucha (a menudo desesperada) contra ese dolor como bajo una superficie agitada del mar, Jesús ve una profundidad llamada paz, es más, beatitud. Esta mirada inaudita en la profundidad nos pone, por última vez, ante la cuestión de nuestro título: Dios y el sufrimiento.

Dios y el sufrimiento. Balthasar, Hans Urs von

Tertuliano

La sangre de los mártires es semilla de la Iglesia