Debemos dos cosas a nuestros prójimos (Al decir padre nuestro)
Primeramente, amor, porque son nuestros hermanos puesto que todos son hijos de Dios: 1a Juan 4, 20: «El que no ama a su hermano, a quien ve, ccómo podrá amar a Dios, a quien no ve?»
También respeto, porque son hijos de Dios. Malaquías 2, 10: «No es uno mismo el Padre de todos nosotros? No un solo Dios que nos ha creado? Pues por qué desprecia cada uno de vosotros a su hermano?». Romanos 12, 10: «Anticipaos unos a otros en las señales de deferencia». Y todo esto por su fruto, porque «El mismo vino a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hebreos 5, 9).
Comentarios sobre el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Santo Tomás de Aquino
El sufrimiento de Jesús es voluntario, Él ha incluso <nacido para poder morir> (según la expresión de algunos Padres de la Iglesia), por eso su sufrimiento es, de hecho, el punto culminante de su trabajo cumplido en la tierra. Esto no es tan ajeno al ser hombre como podría parecer a primera vista. La palabra latina <labor> significa tanto trabajo como pena. Para la mujer, traer un ser humano al mundo es inseparablemente ambas cosas: duro trabajo y dolor. <Dónde existe en el mundo una auténtica fecundidad sin dolor? El grano de trigo debe morir para dar fruto abundante. Ninguna gran obra de arte viene al mundo sin que el artista muera centenares de veces. Todo adolescente debe alcanzar la madurez a través de una soledad que le resulta incomprensible. Ninguno encuentra realmente a Dios sin pasar por desilusiones y lágrimas. Nadie ama al mundo -como san Francisco en el Cántico de las criaturas- sin ser de algún modo estigmatizado. El sufrimiento es un siervo de Dios tan bueno como lo es la alegría. También para el Crucificado son una sola cosa la dolorosa sobreexigencia pasiva de su naturaleza humana y la voluntaria prestación activa, también de esa sobreexigencia, y son fecundas de una manera mucho más profunda que los dolores de parto de la mujer que da a luz. Por eso también el sufrimiento que es llevado en el seguimiento de Cristo puede participar en esa fecundidad.
El sufrimiento, entendido cristianamente, puede ser un tesoro en el que los que sufren no solo invierten para sí en el cielo, sino que lo regalan a sus prójimos; y estos hombres son, muy posiblemente, los más ricos entre los miembros de Cristo. El solo hecho de pensar que son testigos (mártir significa testigo) de la verdad del cristianismo ha levantado y animado a muchos a lo largo de los siglos cristianos y hoy en los gulags. Pero esto es solo el preludio del sentido de su sufrimiento, la continuación y el cenit -y esto debería grabarse explícitamente en el corazón de todos los que sufren- está en que ellos pueden cambiar realmente el mundo, en lo pequeño (es decir, en personas concretas conocidas o no conocidas) o en lo grande (en la política, en la economia y en otros ámbitos e intereses universales). Ellos son dadores, ellos regalan, probablemente en un sentido mucho más comprensivo que los activos y ocupados en sus labores.
Esto forma parte de la singularidad absoluta de la doctrina cristiana. En esto ella es la directa inversión de sentido de todos los intentos humanos mencionados de superar el sufrimiento como un simple mal. Jesús utiliza la idea judía de la <paga> que es recompensada en el cielo por el sufrimiento terreno. En este concepto hay que destacar, sobre todo, que el sufrimiento en primer lugar, el sufrimiento entendido cristianamente indica un valor, tiene un precio que puede ser calculado espiritualmente. Y que esa <paga o recompensa> no sea simplemente algo segundo más allá del primer momento doloroso, nos lo muestra la bella imagen que nos da Jesús de la mujer que da a luz: su labor y su recompensa son dos fases de un mismo acontecimiento. <La mujer, cuando va a dar a luz, siente dolor, porque le ha llegado la hora; pero cuando ha dado a luz al niño ya no se acuerda del aprieto, por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo> (Jn 16,21). Y el cristiano tiene, además, la posibilidad de dejar que esa recompensa o ese <valor> de su sufrimiento redunde desde un principio en provecho de los demás, y uno puede estar seguro de que si lo hace, Dios no le dejará en ayunas
En el ámbito cristiano este valor del sufrimiento concebido en la fe es evidente. Hasta dónde se extiende ese valor gracias a la misericordia de Dios, incluso más allá del radio de acción de la fe viva, no nos compete a nosotros saberlo por ejemplo, si comprende a los que mueren en el servicio a los demás, o a todos los que soportan con paciencia un destino espiritualmente duro o dolores corporales fuertes-. Pero nosotros podemos depositar con confianza el cuidado de todo esto en las manos de Dios
Cuando esta corrupción haya sido abolida, erradiquemos esas sociedades secretas de hombres facciosos que, completamente opuestos a Dios y a los príncipes, se dedican por entero a propiciar la caída de la Iglesia, la destrucción de los reinos y el desorden en el mundo entero. Habiéndose apartado de las restricciones de la verdadera religión, preparan el camino a infames crímenes
ENCÍCLICA TRADITI HUMILITATI DEL SUPREMO PONTÍFICE PÍO VIII
Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor de mis pecados
San Mateo 22:34-46 Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: «¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?» Dícenle: «De David.» Díceles: «Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?» Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas.
En numerosos ambientes católicos se advirtió la necesidad de realizar una acción social más eficaz, para dar una respuesta adecuada a la cuestión social. Nace así, en el clero y entre los laicos, la corriente llamada genéricamente «catolicismo social»
En su conjunto, esa corriente hacía suyo el Magisterio de la Iglesia y seguía el ejemplo de sus mejores elementos, ejerciendo sobre la sociedad un influyo saludable inspirado por el Evangelio. Pero, poco a poco, algunos sectores se dejaron influenciar por el espíritu y las doctrinas revolucionarios, dando forma a una corriente progresista. De aquí la distinción entre un catolicismo social conservador o tradicionalista y uno liberal o progresista
El catolicismo social conservador o tradicionalista, Para los representantes de esta tendencia, la cuestión social era, ante todo, un problema moral y religioso. En Su opinión, la solución debía pasar por un renacimiento espiritual y no contentarse con intervenciones sociales.
Más aún, dándose cuenta que la causa principal de los problemas del proletariado era la destrucción de la sociedad orgánica, proponían el restablecimiento de instituciones orgánicas como la familia y los gremios. El declive de tales instituciones había eliminado los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado, favoreciendo una doble orientación revolucionaria: o el Estado tendía a engullir todo (socialismo de estado) o el individualismo desenfrenado tendía a disolver el tejido social (socialismo anárquico). Solamente con la restauración de los cuerpos intermedios se podría proteger a la gente de este doble peligro y restablecer el equilibrio en la sociedad. Es el principio de subsidiariedad, punto cardinal de la doctrina social católica
JULIO LOREDO DE IZCUE. TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN, UN SALVAVIDAS DE PLOMO PARA LOS POBRES
Evangelio según san Mateo, 10: 40- 42 «El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a aquél que me envió. El que recibe al profeta en nombre de profeta, recibirá la recompensa de profeta; y el que recibe al justo en el nombre de justo, recibirá la recompensa de justo. Y cualquiera que diere a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeñitos, tan sólo en nombre de discípulo, os digo en verdad, no perderá su recompensa». (vv. 40- 42)
O también: previendo El que había de haber muchos que no teniendo más gloria que la que da el nombre de apóstol y que por las acciones de su vida harían dudosa toda verdad, no deja sin recompensa el obsequio que por un motivo religioso se haga a éstos mismos. Porque aunque éstos sean los más pequeños de todos, esto es, los últimos de los pecadores, los servicios que se les haga, aun los más insignificantes expresados por el vaso de agua fría, tendrán valor, porque no se dio el honor a los pecados del hombre, sino al nombre de discípulo
!Oh piadosísimo Padre!, otorgadme que este unigénito Hijo vuestro, al cual deseo ahora recibir encubierto y debajo del velo en esta vida, merezca yo verle para siempre, descubierto y sin velo, en la otra. El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén
San Juan 12:31-36 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será derribado. Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.» Decía esto para significar de qué muerte iba a morir. La gente le respondió: «Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanece para siempre.¿Cómo dices tú que es preciso que el Hijo del hombre sea elevado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?» Jesús les dijo: «Todavía, por un poco de tiempo, está la luz entre vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas; el que camina en tinieblas, no sabe a dónde va. Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.» Dicho esto, se marchó Jesús y se ocultó de ellos.
Evangelio según san Mateo, 10: 40- 42 «El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a aquél que me envió. El que recibe al profeta en nombre de profeta, recibirá la recompensa de profeta; y el que recibe al justo en el nombre de justo, recibirá la recompensa de justo. Y cualquiera que diere a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeñitos, tan sólo en nombre de discípulo, os digo en verdad, no perderá su recompensa». (vv. 40- 42)
Podría alguno excusarse diciendo: yo soy pobre y mi pobreza me impide dar hospitalidad, excusa que desvanece el Señor con el ejemplo de una cosa tan insignificante como es el de dar de todo corazón un vaso de agua fría a uno de estos pequeñuelos. Dice de agua fría y no caliente, a fin de que la pobreza no careciese de mérito en la imposibilidad de calentar el agua por no tener combustible para ello