Infiltración: el complot para destruir la Iglesia desde dentro,
Taylor Marshall trata un tema que hoy se ignora deliberadamente. El asunto de una posible infiltración en la Iglesia por fuerzas externas a ella no ella no cuadra con la imagen optimista que el papa Juan XXIII y, particularmente, el Concilio Vaticano II dibujaron, de manera irreal y acrítica, del mundo moderno. En los últimos sesenta años ha habido una continua y creciente hostilidad hacia la Divina Persona de Jesucristo y su postulado de ser la única Redención y el único Maestro de la humanidad. Esta hostilidad del mundo moderno, considerado como «‘bueno», «tolerante» y «optimista», se expresa en eslóganes tales como «no queremos que Cristo reine sobre nosotros», «queremos ser libres de cualquier exigente verdad doctrinal o ley moral» y «jamás reconoceremos una Iglesia que no acepte incondicionalmente la mentalidad del mundo moderno».
Esta hostilidad ha llegado a su culmen hoy en día. Son muchos los altos miembros de la jerarquía católica que, no sólo han capitulado ante las estériles demandas del mundo moderno, sino que están colaborando, con o sin convicción, en la implementación de estos principios en la vida cotidiana de la Iglesia, en todas las áreas y en todos los niveles. Muchos se preguntan cómo ha podido suceder que la doctrina de la Iglesia, su moral y su liturgia se hayan desfigurado hasta este punto. Cómo es que hay tan poca diferencia entre el espíritu predominante en la vida de la Iglesia en nuestros días y la mentalidad del mundo moderno?
El mundo moderno, después de todo, se inspira en los principios de la Revolución francesa: la libertad absoluta del hombre respecto de cualquier revelación divina o mandamiento; la absoluta igualdad que abole no sólo la jerarquía, sino también las diferencias entre sexos; y una hermandad del hombre tan acrítica que incluso elimina las distinciones basadas en la religión.
Sería deshonesto e irresponsable señalar únicamente la crisis presente dentro de la Iglesia y dedicarse sólo a lidiar con los síntomas. Debemos examinar las raíces de la crisis, que puede ser identificada de forma decisiva (como ha hecho Taylor Marshall en su libro) como una infiltración del mundo no creyente, y especialmente de la masonería – una infiltración que, según los estándares humanos, podría tener éxito simplemente siguiendo un proceso largo y metódico. Como señaló el papa León XIII cuando abrió los Archivos Secretos Vaticanos, cuando se investigan y se exponen hechos históricos -incluso si estos son comprometidos y problemáticos- la Iglesia no tiene nada que temer. Este libro revela las significativas raices históricas de la actual crisis global de la Iglesia y arroja luz sobre otros hechos intrigantes del pasado. Debido a la falta de suficientes recursos materiales y dado que los relevantes Archivos Vaticanos permanecen cerrados a los investigadores, algunos asuntos tratados en este libro (como las circunstancias que rodean la muerte de Juan Pablo I) no deben ser consideradas más que hipótesis.
Otros argumentos aquí presentados, sin embargo, señalan la existencia de un notable hilo rojo que recorre sistemáticamente la historia del pasado siglo y medio de la historia de la Iglesia. La Iglesia de Cristo siempre ha sido y siempre será perseguida. Y siempre estará infiltrada por sus enemigos. El problema es sólo el de la extensión de esta infiltración, y esto está determinado por el grado de vigilancia ejercido por aquellos en la Iglesia que son designados como «vigilantes», que es el significado literal de la palabra episcopos -esto es, obispo. El mayor vigilante en la Iglesia es el Romano Pontífice, el supremo pastor tanto de los obispos como de los fieles. La primera infiltración en la Iglesia sucedió con el apóstol Judas Iscariote. Desde entonces ha habido en la Iglesia intrusos -sacerdotes, obispos e incluso, en casos muy raros, papas- a los cuales Nuestro Señor llamó «lobos con pieles de cordero».
Athanasius Schneider Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de Santa Maria en Astana 11 de abril de 2019
