Día: 3 marzo, 2017

Para comulgar dignamente (año 681)

(Sermón sobre la Santa Sínaxis) San Anastasio Sinaita
Para comulgar dignamente (año 681)

(Sermón sobre la Santa Sínaxis) San Anastasio Sinaita


Grande es nuestra miseria, carísimos. Porque debiéramos tener

el espíritu encendido, atento en la oración y en la súplica,

principalmente en la celebración del misterio eucarístico, y estar

llenos de temor y temblor en la presencia del Señor mientras se

celebra la Misa. Sin embargo, ni siquiera le ofrecemos el Sacrificio

con pura conciencia, con espíritu contrito y humillado, sino que

durante la Santa Sínaxis terminamos nuestros asuntos públicos y

la administración de muchos y vanos negocios.


Hay gentes que no se preocupan en pensar con qué pureza y

con qué dolor de sus pecados se han de acercar a la Sagrada

Mesa, sino qué vestidos se han de poner. Otros vienen, pero no se

dignan permanecer hasta el fin, sino que preguntan a los demás

en qué punto va la Misa y si llega ya el tiempo de la Comunión; y

entonces rápidamente, como los perros, saltan, arrebatan el

místico pan y se marchan. Otros, presentes en el templo de Dios,

no están quietos ni un momento, y se dedican a conversar

prestando mas atención a las habladurías que a la oración. Otros

no se preocupan absolutamente nada de su conciencia, ni de

limpiar las manchas de sus pecados por medio de la penitencia, y

van acumulando pecados sobre pecados (…).


Pues dime: ¿con qué conciencia, con qué estado de alma, con

qué pensamientos te acercas a estos misterios, si en tu corazón te

está acusando tu misma conciencia? Contéstame: si tuvieras las

manos manchadas de estiércol, ¿te atreverías a tocar con ellas las

vestiduras del rey? Ni siquiera tus mismos vestidos tocarías con las

manos sucias, antes bien, te las lavarías y enjugarías

cuidadosamente, y entonces los tocarías. Pues, ¿por qué no das a

Dios ese mismo honor que concedes a unos viles vestidos?


Entrar en la iglesia y honrar las imágenes sagradas y las

veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como

tampoco lavarse las manos es suficiente para estar completamente

limpio. Lo que verdaderamente es grato a Dios es que el hombre

huya del pecado y limpie sus manchas por la confesión y la

penitencia. Que rompa las cadenas de sus culpas con la humildad

del corazón, y así se acerque a los inmaculados misterios.


Quizá diga alguno: no me es grato llorar y dolerme. ¿Por qué?

Porque no meditas, porque no piensas, porque no ponderas el

terrible día del juicio. Con todo, si no puedes llorar, al menos

manten un porte grave y respetuoso; echa lejos de ti el orgullo,

ponte en la presencia del Señor y, con los ojos vueltos a la tierra y

con espíritu contrito, reconócete pecador. ¿No ves cómo los que

están en la presencia de un rey terreno, que muchas veces es un

impío, se comportan ante él con reverencia?


Permanece, pues, ante Dios con paz y compunción; confiesa tus

pecados a Dios por medio de los sacerdotes. Condena tus propias

acciones y no te avergüences, porque hay una vergüenza que

conduce al pecado y una vergüenza que es honor y gracia (Sir 4,

25). Condénate a ti mismo delante de los hombres, para que el

juez te declare justo delante de los ángeles y delante de todo el

mundo.


Pide misericordia, pide perdón, pide la remisión de tus culpas

pasadas y verte libre de las futuras, para que puedas acercarte

dignamente a tan grandes misterios, para participar con pura

conciencia del cuerpo y sangre de Cristo, para que te sirvan de

purificación y no de condenación. Oye a San Pablo, que dice:

pruébese a sí mismo el hombre, y así coma de aquel pan y beba

de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente, come y

bebe su propia condenación, no haciendo el discernimiento del

cuerpo del Señor. Por eso hay entra vosotros muchos enfermos y

achacosos y mueren bastantes (1 Cor 11, 28 ss.). ¿Comprendes

ahora cómo la enfermedad y la muerte provienen, con mucha

frecuencia, de acercarse indignamente a los divinos misterios?


Pero, tal vez dirás: ¿pues quién es digno? También caigo yo en

la cuenta de esto. Y, sin embargo, serás digno con tal de que

quieras. Reconócete pecador; apártate del pecado, huye de la

maldad y de la ira. Practica obras de penitencia. Revístete de

templanza, de mansedumbre y de longanimidad. De los frutos de la

justicia saca compasión y entrañas de misericordia para los

necesitados, y entonces te habrás hecho digno.

Oración

Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma, y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo

Evangelio

Buscad el bien, no el mal, y viviréis; y el Señor estará con vosotros.
EVANGELIO

Mt 9, 14-15.
Cuando les sea arrebatado el esposo, entonces ayunarán.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, os discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán». 
Palabra del Señor