La condena



A lo que Jesús intervino diciendo: – «No tendrías ese poder si no te hubiese sido dado de lo alto… Por eso, quienes me han entregado a ti tienen mayor pecado» (Jn 19,10). Pilato, romano como era, entendió perfectamente esta indicación acerca del poder como una respuesta indirecta acerca del origen de Jesús por ello, interrumpiendo el interrogatorio, decidió ponerlo en libertad. Pero nuevamente se encontró con una nueva presión política… – «Si sueltas a ése no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César» (Jn 19, 12). Con esta acusación, los judíos daban a entender que eran capaces de tomar en serio el asunto e informar al emperador, como ya lo habían hecho en otros casos. Si lo acusaban en Roma de haber dejado en libertad a un hombre que se hacía pasar por rey de los judíos, el César podía sospechar de su fidelidad y, entonces, hacerlo culpable de un delito de lesa majestad. Entonces a Pilato le pareció más importante su cargo y, mandando sacar a Jesús del Pretorio, se subió al Tribunal y se sentó en su silla de juez para pronunciar la sentencia (Jn 19, 13)[ 80] en presencia del acusado con estas irónicas palabras: «Ahí tenéis a vuestro rey» (Jn 19, 14) – aparentando reconocer la condición real de Jesús, como si dijese: este traidor es vuestro rey…, vengándose así de la fingida fidelidad al César de los judíos. – «¡ Quita, quita! ¡Crucifícale!»–le gritaban. Y la ironía seguía: – «¿ A vuestro rey voy a crucificar?». Pero los judíos, entendieron sus palabras y continuaron con la farsa: – «Nosotros no tenemos otro rey que el César» (Jn 19, 15). Y sólo entonces anunció Pilato la pena adecuada al delito de lesa majestad con las palabras precisas. – Ibis in crucem (« irás a la cruz»). Según san Marcos, Pilato entregó (a ellos, en dativo) a Cristo «para que lo crucificasen» (Mc 15, 15), no en sentido material, sino figurado, accediendo al deseo de los judíos (la misma fórmula es usada por Is 53, 6 y 12, viéndose así el cumplimiento de las profecías). Las palabras de Pilatos se trataron de una verdadera sentencia de muerte en sentido estricto, pronunciada solemnemente y desde la silla del juez (sólo la pena de muerte debía pronunciarse sentado, mientras que las otras podían serlo de pie. Los considerandos estarán marcados claramente en el cartel que se colocará (de nuevo, con sarcasmo) en el patíbulo: Jesús Nazareno, Rey de los judíos

¡Crucifícalo!: Análisis histórico-legal de un deidicio
Javier Olivera Ravasi

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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