El valor del sacrificio



Todos hemos escuchado de las fuertes mortificaciones que realizaron los grandes santos. Prolongados ayunos, largas vigilias, duras penitencias. Es particularmente conmovedor el pasaje de la vida de san Francisco de Asís, en que se revolcaba entre espinas para alejar la tentación de lujuria. Hoy nos preguntamos: ¿Está bien esto? ¿No debemos cuidar nuestro cuerpo que es Templo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 6,19)? ¿Por qué estas mortificaciones tan extremas?

Para responder estas preguntas, es necesario comprender el valor del alma, de la salvación, del amor a Dios y medir cuánto estamos dispuestos a dar por estos tesoros. Si usted tuviera una enfermedad terminal y le dicen que para salvarse de la muerte inminente debe vender todo lo que tiene para comprar una medicina costosísima; debe, además, someterse a una rigurosa dieta donde le prohíben todo tipo de alimento delicioso; debe abstenerse totalmente del deporte del que más gusta y, finalmente, debe renunciar a todo vicio… ¿qué haría? ¡Seguramente estaría dispuesto a eso y hasta más! La razón es evidente: la vida tiene un valor tan importante que estaría dispuesto a hacer grandes sacrificios por cuidarla. Pues bien, el Señor Jesús ha dicho que hay algo más importante que la propia vida física: ¡la vida eterna! Al punto que, si fuera necesario, deberíamos estar dispuestos a sacrificar la vida terrena para ganar la eterna: “quien quiera salvar su vida, la perderá: pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). En este mismo sentido, el Señor nos manda a no temer a quien pueda matar el cuerpo, sino a quien pueda “llevar a la perdición el alma” (Mt 10,28). La conclusión es del todo lógica: si es bueno hacer sacrificios por la salud del cuerpo, es mucho más bueno hacer sacrificios por la salud del alma. Esta es la razón por la que los santos hacían estos heroicos sacrificios, no por despreciar el cuerpo, sino por sanar el alma. Pero, ¿por qué mortificar el cuerpo da salud al alma?

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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