Categoría: Triunfante

Dos goces del Cielo (1/2)



La visión beatífica

Si en este mundo la contemplación mística, sobrenatural o infusa, que procede de la fe y de los dones del Espíritu Santo, arrebata el alma de los santos y los saca fuera de sí por el éxtasis místico, calcúlese lo que ocurrirá en el Cielo ante la contemplación de la divina esencia, no a través de los velos de la fe, sino clara y abiertamente tal como es en sí misma.

La visión beatífica será como un éxtasis eterno que sumergirá al alma en una felicidad indescriptible. San Pablo, que fue arrebatado al tercer Cielo y contempló un instante la esencia divina, al volver en sí de su sublime éxtasis no supo decir nada de lo que había visto por ser del todo inefable: “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor 2,9).

EL CIELO: FELICIDAD ETERNA



«Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo” . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (Catecismo, 1024).

El doctor Angélico, santo Tomás, lo definió como “el bien perfecto que sacia plenamente el apetito”, y Boecio afirmó al respecto que es “la reunión de todos los bienes en estado perfecto y acabado”.

Dios ha hecho al hombre para el Cielo, y por eso aquí en la tierra ningún hombre encuentra esa felicidad completa que tanto busca; Goethe afirmaba de sí mismo: “se me ha ensalzado como a uno de los hombres más favorecidos por la fortuna. Pero en el fondo de todo ello no merecía la pena, y puedo decir que en mis 75 años de vida no he tenido cuatro semanas de verdadera felicidad; ha sido un eterno rodar de una piedra que siempre quería cambiar de sitio”. Y es que, como lo afirma el padre Jorge Loring, en su libro Para Salvarte, la aspiración fundamental del hombre no puede saciarse con la posesión de un objeto; el hombre no puede alcanzar su felicidad plena en una relación sujeto-objeto, sino en la relación yo-tú, es decir, en la relación con una persona. Incluso en este mundo la mayor felicidad está en el amor; y no precisamente el amor-lujuria, sino el amor espiritual. En el Cielo la posesión de Dios nos proporcionará por el amor una felicidad insuperable.

Hablar del Cielo no es nada fácil, las palabras se quedan cortas, la imaginación no alcanza, el mismo San Pablo al hablar del Cielo sólo puede exclamar: “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor 2,9).

“Es la posesión plena y perfecta de una felicidad sin límites, totalmente saciativa de las apetencias del corazón humano y con la seguridad absoluta de poseerla para siempre

La oración al Padre



No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos “en el Nombre” de Jesús. La santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre

Almas del purgatorio



Las almas del purgatorio no son para invocarlas “ni para que me despierten”, sino que tenemos la obligación de orar y ofrecer sacrificios por ellas; «“Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 Mac 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios» (Catecismo, 1032). También debemos rogar por ellas constantemente a nuestra Madre Santísima para que acuda en su socorro y les de alivio y consuelo

Catacumbas de San Calixto


Cripta de los papas (9 papas y 8 obispos del siglo III) (Constantino y su edicto de milán fué en el 313)
placa conmemorativa mandada a escribir por el Papa Dámaso I, (Portugal, 304 – Roma, 11 de diciembre, 384) para el dia de nacimiento de la vida eterna de Sixto II (año 222), escrito para los peregrinos que llegaban a las catacumbas
“si lo buscan aquí reposa reunida una muchedumbre de santos, los sepulcros venerados guardan sus cuerpos, mientras que el rey del cielo acogió sus almas elegidas, aquí están los compañeros de sixto que triunfaron sobre el perseguidor, aquí yo también Dámaso, lo confieso hubiera querido ser sepultado, pero tuve miedo de estorbar las cenizas de los santos”

Purgatorio

Mateo 18,23-35:
“Aprendan algo sobre el Reino de los Cielos” Jesús explica cómo funcionan las cosas en el Reino de los Cielos y narra la parábola del hombre injusto que no quiso perdonar a un deudor, aunque él mismo había sido perdonado por el Rey. “Lo puso en manos de los verdugos hasta que pagara toda la deuda” Si este hombre injusto quedó en manos de los verdugos “hasta que pagara toda la deuda”, significa que su castigo es temporal y no eterno. “Lo mismo hará mi Padre Celestial…” Nuestro Señor explica claramente que el que no perdone a su hermano tendrá que “pagar esa deuda” con un castigo temporal. Este castigo temporal es lo que se llama Purgatorio

La Liturgia de la Iglesia



La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf Institución general de la Liturgia e las Horas, 9).

Purgatorio

Mateo 12,32: Jesús no condena la creencia de los judíos en una purificación después de esta vida, sino que la apoya y este texto es muestra clara de ello. Jesús habla del pecado contra el Espíritu Santo y dice que este no se perdona ni en esta vida ni en la otra. Lo que muestra claramente que hay dos tipos de pecados: Los que no se perdonan ni en esta vida, ni en la otra, y los que se perdonan en esta vida o en la otra. Esta purificación de los pecados en la otra vida, se conoce como Purgatorio.

LAS FUENTES DE LA ORACIÓN



El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo

LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN



La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada Tradición), el Espíritu Santo, en la “Iglesia creyente y orante” (DV 8), enseña a orar a los hijos de Dios

La tradición de la oración cristiana es una de las formas de crecimiento de la Tradición de la fe, en particular mediante la contemplación y la reflexión de los creyentes que conservan en su corazón los acontecimientos y las palabras de la Economía de la salvación, y por la penetración profunda en las realidades espirituales de las que adquieren experiencia (cf DV 8).