Oración

Dios todopoderoso y eterno, mira compasivo nuestra debilidad y extiende sobre nosotros tu mano poderosa. Por Jesucristo nuestro Señor

Evangelio

No me complazco en la muerte del malvado —dice el Señor—, sino en que se convierta y viva.
 
Evangelio
Lc 5, 27-32.
 
No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.
 
Croce Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
 
EN aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?» Jesús les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
 
Palabra del Señor

Para comulgar dignamente (año 681)

(Sermón sobre la Santa Sínaxis) San Anastasio Sinaita
Para comulgar dignamente (año 681)

(Sermón sobre la Santa Sínaxis) San Anastasio Sinaita


Grande es nuestra miseria, carísimos. Porque debiéramos tener

el espíritu encendido, atento en la oración y en la súplica,

principalmente en la celebración del misterio eucarístico, y estar

llenos de temor y temblor en la presencia del Señor mientras se

celebra la Misa. Sin embargo, ni siquiera le ofrecemos el Sacrificio

con pura conciencia, con espíritu contrito y humillado, sino que

durante la Santa Sínaxis terminamos nuestros asuntos públicos y

la administración de muchos y vanos negocios.


Hay gentes que no se preocupan en pensar con qué pureza y

con qué dolor de sus pecados se han de acercar a la Sagrada

Mesa, sino qué vestidos se han de poner. Otros vienen, pero no se

dignan permanecer hasta el fin, sino que preguntan a los demás

en qué punto va la Misa y si llega ya el tiempo de la Comunión; y

entonces rápidamente, como los perros, saltan, arrebatan el

místico pan y se marchan. Otros, presentes en el templo de Dios,

no están quietos ni un momento, y se dedican a conversar

prestando mas atención a las habladurías que a la oración. Otros

no se preocupan absolutamente nada de su conciencia, ni de

limpiar las manchas de sus pecados por medio de la penitencia, y

van acumulando pecados sobre pecados (…).


Pues dime: ¿con qué conciencia, con qué estado de alma, con

qué pensamientos te acercas a estos misterios, si en tu corazón te

está acusando tu misma conciencia? Contéstame: si tuvieras las

manos manchadas de estiércol, ¿te atreverías a tocar con ellas las

vestiduras del rey? Ni siquiera tus mismos vestidos tocarías con las

manos sucias, antes bien, te las lavarías y enjugarías

cuidadosamente, y entonces los tocarías. Pues, ¿por qué no das a

Dios ese mismo honor que concedes a unos viles vestidos?


Entrar en la iglesia y honrar las imágenes sagradas y las

veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como

tampoco lavarse las manos es suficiente para estar completamente

limpio. Lo que verdaderamente es grato a Dios es que el hombre

huya del pecado y limpie sus manchas por la confesión y la

penitencia. Que rompa las cadenas de sus culpas con la humildad

del corazón, y así se acerque a los inmaculados misterios.


Quizá diga alguno: no me es grato llorar y dolerme. ¿Por qué?

Porque no meditas, porque no piensas, porque no ponderas el

terrible día del juicio. Con todo, si no puedes llorar, al menos

manten un porte grave y respetuoso; echa lejos de ti el orgullo,

ponte en la presencia del Señor y, con los ojos vueltos a la tierra y

con espíritu contrito, reconócete pecador. ¿No ves cómo los que

están en la presencia de un rey terreno, que muchas veces es un

impío, se comportan ante él con reverencia?


Permanece, pues, ante Dios con paz y compunción; confiesa tus

pecados a Dios por medio de los sacerdotes. Condena tus propias

acciones y no te avergüences, porque hay una vergüenza que

conduce al pecado y una vergüenza que es honor y gracia (Sir 4,

25). Condénate a ti mismo delante de los hombres, para que el

juez te declare justo delante de los ángeles y delante de todo el

mundo.


Pide misericordia, pide perdón, pide la remisión de tus culpas

pasadas y verte libre de las futuras, para que puedas acercarte

dignamente a tan grandes misterios, para participar con pura

conciencia del cuerpo y sangre de Cristo, para que te sirvan de

purificación y no de condenación. Oye a San Pablo, que dice:

pruébese a sí mismo el hombre, y así coma de aquel pan y beba

de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente, come y

bebe su propia condenación, no haciendo el discernimiento del

cuerpo del Señor. Por eso hay entra vosotros muchos enfermos y

achacosos y mueren bastantes (1 Cor 11, 28 ss.). ¿Comprendes

ahora cómo la enfermedad y la muerte provienen, con mucha

frecuencia, de acercarse indignamente a los divinos misterios?


Pero, tal vez dirás: ¿pues quién es digno? También caigo yo en

la cuenta de esto. Y, sin embargo, serás digno con tal de que

quieras. Reconócete pecador; apártate del pecado, huye de la

maldad y de la ira. Practica obras de penitencia. Revístete de

templanza, de mansedumbre y de longanimidad. De los frutos de la

justicia saca compasión y entrañas de misericordia para los

necesitados, y entonces te habrás hecho digno.

Oración

Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma, y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo

Evangelio

Buscad el bien, no el mal, y viviréis; y el Señor estará con vosotros.
EVANGELIO

Mt 9, 14-15.
Cuando les sea arrebatado el esposo, entonces ayunarán.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, os discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán». 
Palabra del Señor

Gracia

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Co 13,13; cf 1 Co 12,4-6; Ef 4,4-6). 

Oración

Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. Por nuestro Señor Jesucristo

Evangelio

Convertíos –dice el Señor–, porque está cerca el reino de los cielos.
EVANGELIO

Lc 9, 22-25.
El que pierda su vida por mi causa la salvará.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?». 
Palabra del Señor

Oración

Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Por nuestro Señor Jesucristo

Evangelio

No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.
EVANGELIO

Mt 6, 1-6.16-18.
Tu Padre, que ve en los secreto, te recompensará.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
 
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará». 
 
Palabra del Señor