El sermón de San Bernardo sobre la Milicia Templaria



Los soldados de Cristo combaten confiados en las batallas del Señor, sin temor alguno a pecar por ponerse en peligro de muerte y por matar al enemigo. Para ellos, morir o matar por Cristo no implica criminalidad alguna y reporta una gran gloria. Además, consiguen dos cosas: muriendo sirven a Cristo, y matando, Cristo mismo se les entrega como premio. Él acepta gustosamente como una venganza la muerte del enemigo y más gustosamente aun se da como consuelo al soldado que muere por su causa. Es decir, el soldado de Cristo mata con seguridad de conciencia y muere con mayor seguridad aún. Si sucumbe, él sale ganador; y si vence, Cristo [vence]. Por algo lleva la espada; es el agente de Dios, el ejecutor de su reprobación contra el delincuente El que mata al pecador para defender a los buenos no peca como homicida, sino – diría yo- como <malicida», (… Y podrá decir: Hay premio para el justo, hay un Dios que hace justicia sobre la tierra. No es que necesariamente debamos matar a los paganos si hay otros medios para detener sus ofensivas y reprimir su violenta opresión sobre los fieles. Pero en las actuales circunstancias es preferible su muerte, para que no pese el cetro de los malvados sobre el lote de los justos, no sea que los justos extiendan su mano a la maldad. Que se dispersen las naciones belicosas; ojalá sean arrancados todos los que os exasperan, para excluir de la ciudad de Dios a todos los malhechores, que intentan llevarse las incalculables riquezas acumuladas en Jerusalén por el pueblo cristiano, profanando sus santuarios y tomando por heredad suya los territorios de Dios. Hay que desenvainar la espada material y espiritual de los fieles contra los enemigos soliviantados, para derribar todo torreón que se levante contra el conocimiento de Dios, que es la fe cristiana, no sea que digan las naciones: :Dónde está Su Dios? Una vez expulsados. Los enemigos, volverá Êl a su casa y a su parcela. A esto se refería el Evangelio cuando decía: Vuestra casa se os quedará desierta

SAN Bernardo de CLARAVAL, De laude novae militiae ad Milites Templi, en RÉGINE PERNOUD, op. cit., 179-182

Evangelio

Celibato sacerdotal

En nuestros días se afirma con demasiada facilidad que todo esto solo es consecuencia del desprecio de la corporeidad y la sexualidad. La crítica que ve en el fundamento del celibato sacerdotal una concepción maniquea del mundo ya fue formulada en el siglo IV. No obstante, los Padres de la Iglesia la rebatieron de inmediato y de modo rotundo, frenándola temporalmente Este criterio es erróneo. Para demostrarlo, basta recordar que la Iglesia siempre ha considerado el matrimonio un don concedido por Dios desde el paraiso terrenal. Y, dado que el estado conyugal concierne a la totalidad del hombre y el servicio al Señor exige también la entrega total del hombre, no parece posible simultanear ambas vocaciones. De ahí que la disposición a renunciar al matrimonio con el fin de estar plenamente disponible para el Señor se convierta en una exigencia del ministerio sacerdotal.

En cuanto a la forma concreta del celibato de la Iglesia primitiva, conviene también subrayar que los hombres solo podían recibir el sacramento del orden si se comprometían a respetar la abstinencia sexual y, por lo tanto, a vivir el matrimonio llamado <de san José>. Esta situación parece haber sido absolutamente normal en el transcurso de los primeros siglos. Existía un número suficiente de hombres y mujeres que consideraban razonable y posible vivir de este modo entregándose juntos al Señor.

Sobre la historia del celibato durante los primeros siglos se puede en- contrar una información exhaustiva en Stefan Heid, Zölibat in der frühen Kirche. Die Anfange einer Enthalstamkeitspflicht für Kleriker in Ost und West [El celibato en la Iglesia primitiva. Los inicios del deber de abstinencia de los miembros del clero en Oriente y Occidente>], Ferdinand Schöningh, 1997

Oración

Oh María sin pecado consebida

Evangelio

San Lucas 1:26-28
Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Palabra del Señor

Oración

Bendito sea su Sacratísimo Corazón

Oración

Bendito sea su Sacratísimo Corazón

Evangelio

San Juan 4:46-53
Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque estaba a punto de morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis.» Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo.» Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive.» Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. Él les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.» El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia.


Palabra del Señor

Sal

Sal

Por su hospitalidad y piedad Lot fue salvado de Sodoma, cuando todo el pais de los alrededores fue juzgado por medio de fuego y azufre; el Senor con ello anunció que no abandona a los que han puesto su esperanza en Él, y que destina a castigo y tormento a los que se desvían. Porque cuando la esposa de Lot hubo salido con él, no estando ella de acuerdo y pensando de otra manera fue destinada a ser una señal de ello, de modo que se convirtió en una columna de sal hasta este día, para que todos los hombres supieran que los indecisos y los que dudan del poder de Dios son puestos para juicio y ejemplo a todas las generaciones.

Clemente de Roma, Epistola a los Corintios
Padres Apostólicos Siglo I

Oración

Bendito sea el nombre de Jesús

Evangelio

San Lucas 6:17-23
Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos. Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

Palabra del Señor