El rey de Nínive y el Rey de Reyes

Cuando Jonás anunció al Rey de Nínive que su ciudad sería destruida después de cuarenta días, el monarca se quitó las vestiduras reales, puso ceniza en su cabeza, se cubrió con su saco, y ordenó a todo el pueblo que implorara la misericordia divina. Con humildad y penitencia consiguió la revocación de la terrible sentencia, y la ciudad fue perdonada. Si este rey pagano obtuvo así el perdón de una ciudad entera, ¿cuánto más no conseguirá Jesucristo que tanto se humilla en la Santa Misa donde abandonó el trono de Su Gloria, se reviste con las pobres apariencias del pan y del vino, e implora la misericordia de Dios?

Padre mío, considerar cuánto me he humillado para obtener vuestra compasión. Los pecadores se han levantado contra vos llenos de orgullo, yo me humillo en presencia vuestra. Ellos os han irritado con sus ofensas yo quiero desarmaros con la fuerza de humildad. Ellos han merecido vuestro justo castigo, que mis ruegos os aplaquen. Por amor hacia mi, apiadaos de ellos y nos lo cantiguéis según merecen sus iniquidades. No los entregueís en manos de Satanás, pues me pertenecen, y habiéndolos rescatado al precio de mi Sangre, no permitáis que perezcan. Oh Padre Santísimo!, imploro sobre todo vuestra misericordia a favor de los pecadores aquí presentes. Por ellos ofrezco en este momento mis sufrimientos, y vida. En virtud de esta sangre y de esta muerte, preservadlos de la muerte eterna

Explicación de la Santa Misa (R Padre Martin de Cochem)

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