Categoría: Humildad

Las reliquias de Cristo Scala Sancta

Para la Iglesia Católica nuestra fe debe estar centrada en la persona de Jesucristo, hay que advertir que ninguno de los objetos relacionados con El, han sido considerados como 100% auténticos por las autoridades eclesiásticas; aunque algunos gocen de gran popularidad o respaldo histórico, arqueológico y científico. Estas “reliquias de Cristo” tienen como finalidad ser un instrumento para que el creyente medite en los aspectos importantes de su vida en la tierra. Aquí describimos los más sobresalientes

La “Scala Sancta” que el Unigénito de Dios subió al pretorio para entrevistarse con el procurador romano, es de mármol blanco de veintiocho gradas, algunas con la sangre después de la flagelación. Fue traslada a Roma en el año 326 por orden del emperador Constantino, y se encuentra cerca de la basílica de San Juan de Letrán. Los fieles que van a visitarla suelen subirla de rodillas en señal de penitencia

El enamoramiento es bello

pero quizás no siempre perpetuo, como lo es también el sentimiento: no permanece por siempre. Por tanto, se ve que el paso del enamoramiento al noviazgo y luego al matrimonio exige diferentes decisiones, experiencias interiores. Como he dicho, es bello este sentimiento de amor, pero debe ser purificado, ha de seguir un camino de discernimiento, es decir, tiene que entrar también la razón y la voluntad; han de unirse razón, sentimiento y voluntad. En el rito del matrimonio, la Iglesia no dice: «¿Estás enamorado?», sino «¿quieres?», «¿estás decidido?». Es decir, el enamoramiento debe hacerse verdadero amor, implicando la voluntad y la razón en un camino de purificación, de mayor hondura, que es el noviazgo, de modo que todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de la razón y la fuerza de voluntad, dice realmente: «Sí, esta es mi vida».

Yo pienso con frecuencia en la boda de Caná. El primer vino es muy bueno: es el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe venir un segundo vino, es decir, tiene que fermentar y crecer, madurar. Un amor definitivo que llega a ser realmente «segundo vino» es más bueno, mejor que el primero. Y esto es lo que hemos de buscar.

Benedicto XVI

El respeto de las personas y sus bienes

En materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de oro y según la generosidad del Señor, que “siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 Co 8, 9).

El destino universal y la propiedad privada de los bienes

“El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (GS 69, 1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos

Los bienes de producción —materiales o inmateriales— como tierras o fábricas, profesiones o artes, requieren los cuidados de sus poseedores para que su fecundidad aproveche al mayor número de personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza reservando la mejor parte al huésped, al enfermo, al pobre

La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad (cf GS 71, 4; SRS 42; CA 40; 48).

Unión libre

Otras ofensas a la dignidad del matrimonio

Hay unión libre

cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual. La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian con ello una falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir? Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo (cf FC 81).

Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio; destruyen la idea misma de la familia; debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental

No pocos postulan hoy una especie de “unión a prueba” cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstas “no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 7).

La unión carnal sólo es moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la “prueba”. Exige un don total y definitivo de las personas entre sí (cf FC 80)

El divorcio

El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble (cf Mt 5, 31-32; 19, 3-9; Mc 10, 9; Lc 16, 18; 1 Co 7, 10-11), y deroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua (cf Mt 19, 7-9). Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC can 1141)

La separación de los esposos con permanencia del vínculo matrimonial puede ser legítima en ciertos casos previstos por el Derecho Canónico (cf CIC can 1151-1155).

Si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral

El don del hijo

Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 82)

“La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos [] solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4)

El hijo no es un derecho sino un don. El “don más excelente del matrimonio” es una persona humana. El hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido “derecho al hijo”. A este respecto, sólo el hijo posee verdaderos derechos: el de “ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y tiene también el derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 8)

El Evangelio enseña que la esterilidad física no es un mal absoluto. Los esposos que, tras haber agotado los recursos legítimos de la medicina, sufren por la esterilidad, deben asociarse a la Cruz del Señor, fuente de toda fecundidad espiritual. Pueden manifestar su generosidad adoptando niños abandonados o realizando servicios abnegados en beneficio del prójimo

¡OH ETERNA VERDAD, VERDADERA CARIDAD Y CARA ETERNIDAD!

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo
(Libros 7,10.18;10, 27: CSEL 33,157-163. 255)


Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.
¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: “Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí.” Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti)

El don del hijo

La sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven en las familias numerosas como un signo de la bendición divina y de la generosidad de los padres (cf GS 50)

Grande es el sufrimiento de los esposos que se descubren estériles. Abraham pregunta a Dios: “¿Qué me vas a dar, si me voy sin hijos?” (Gn 15, 2). Y Raquel dice a su marido Jacob: “Dame hijos, o si no me muero” (Gn 30, 1)

Las investigaciones que intentan reducir la esterilidad humana deben alentarse, a condición de que se pongan “al servicio de la persona humana, de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e integral, según el plan y la voluntad de Dios” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, intr 2)

Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio. Quebrantan “su derecho a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4).

Jesús con ningún pecado fue tan duro

Jesús acogió a pecadores, a publicanos y prostitutas, comió con ellos, y los hizo amigos y discípulos suyos; sin embargo, vemos en el Evangelio cómo trataba con dureza a los escribas y fariseos: “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas… sepulcros blanqueados… serpientes, raza de víboras” (Mt 23,13), nos parece sorprendente cómo Jesús, que nos trae la Buena Nueva del amor y la misericordia de Dios, pueda hablarles de tal manera; ¿acaso no eran ellos los más observantes de la ley? ¿Acaso no pertenecían al pueblo elegido? Había una sólo razón para que Jesús reaccionara de tal manera frente a ellos: la soberbia y obstinación que había en sus corazones, hasta el punto de creerse santos y ya salvados. Él nunca rechazó a un pecador, pero sí a los soberbios: “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Sant 4,6), “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52), “porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (Lc 14,11). La soberbia es un pecado tan grave ante Dios – pues es querer ocupar el lugar de Dios mismo- que hizo de ángeles, demonios; tal fue el caso de Satanás.

Muchas veces tendemos a confundir la humildad con la pobreza, y creemos que los únicos soberbios son los ricos. También, muchos de nosotros nos creemos humildes, simplemente, porque no somos vanidosos o arrogantes o porque no alardeamos de lo que tenemos. Sin embargo, hay que decir que la soberbia se manifiesta de múltiples maneras y es solapada, es decir, se esconde, y muchos de los que la padecen ni siquiera lo advierten. Por ello, es necesario hacer un intento de descripción del espíritu soberbio para examinarnos al respecto:

a) El soberbio es egoísta

Egocéntrico: “primero yo, segundo yo, tercero yo…”

Siempre está hablando de sí mismo: “yo quiero, yo pienso, yo tengo…”

Quiere que le den (ser amado) y no da (no ama).

Quiere ser servido y no servir.

Es posesivo: “mi cuarto, mis cosas… lo mío.”

Vive para sí, para procurarse placeres, es individualista y por tanto termina sólo.

El humilde, en cambio, vive para los demás, se dona, se entrega, y se hace servidor de todos; y por ello, al humilde todos lo quieren.

b) El soberbio se cree muy bueno

No reconoce sus errores.

La culpa siempre la tiene el otro.

Cree que no tiene nada que cambiar “yo no mato, yo no robo”… “este retiro no es para mí.”

No reconoce sus pecados “¿por qué me voy a confesar con un cura más pecador que yo?”

Es rencoroso, no perdona y no sabe pedir perdón.

Siempre gana la pelea, la discusión, y termina por perder familia, amigos, trabajo… La soberbia no deja sino desastres y pérdidas. El humilde en cambio cede y gana más.

El soberbio se enoja cuando no consigue lo que quiere.

c) El soberbio siempre quiere tener la razón

Levanta la voz.

Se impone: “aquí se hace lo que yo digo.”

Cree que se las sabe todas: “¿estos ignorantes creen que me van a enseñar a mi?”

Es un racionalista que todo lo pone en duda (hace preguntas para cuestionar).

Se atreve a negar a Dios porque no le cabe en su cabeza; pretende someterlo a una prueba de laboratorio.

d) El soberbio no obedece

Es rebelde: “a mí nadie me manda.”

No obedece ni la ley de Dios, ni a sus superiores: “yo sé lo que me conviene.”

No escucha consejos, y acaba mal.

e) El soberbio se cree mejor que los demás

Siempre quiere ser el primero.

No acepta las derrotas.

Es impaciente y grosero.

Trata a los demás con desprecio.

Humilla a sus empleados.

Mira con desprecio a los pobres e indigentes.

Se cree más por su riqueza (carros, casas, ropa), belleza, inteligencia (titulos).

Busca siempre la comodidad, los lujos.

Se queja de la incomodidad, no soporta el menor sacrificio.

Reniega ante el sufrimiento.

f) El soberbio vive de las apariencias

Siempre está aparentando lo que no es.

Busca ser alabado y reconocido.

Vive del qué dirán: “me miró, no me miró… me dijo, no me dijo.”

Quiere llamar siempre la atención: es bulloso y extravagante.

El soberbio es ambicioso.

g) El soberbio se cree autosuficiente

Cree no necesitar de los demás, ni de su familia, ni de Dios.

Llega la enfermedad y le reduce a la dependencia de los demás.

En definitiva, hay que decir que la soberbia es inseguridad, baja autoestima; el soberbio pide a gritos “quiéranme”, “préstenme atención”, “¿soy importante?”. El soberbio es un pobre esclavo que se esconde permanentemente bajo una máscara.

Los hijos de María debemos tener especial cuidado de no caer en la soberbia, pues nuestra amada madre se hizo al esclava del Señor, se humilló, se reconoció como una criatura pobre y necesitada de su Dios. Y mucho más cuidado aún debemos tener con la soberbia espiritual, aquella que nos puede hacer creer que ya somos santos, que somos más buenos y más virtuosos que los demás, que tenemos el derecho de juzgar y condenar a nuestro prójimo; ésta soberbia sí que es aborrecida por Dios.