Categoría: Pecado

Primer mandamiento y la caridad

La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él (cf Dt 6, 4-5).

Por la vida


El Calvario de Cabricán es una iglesia pequeña, colocada en alto, que hace de fachada al cementerio del lugar. Una gran explanada se extiende a sus pies. El lunes pasado, miles de personas la llenaban por todas partes y se amontonaban incluso por las gradas que conducen al pequeño oratorio.

Frente a él se colocó el altar donde se celebraría la santa misa. Ante el altar, en un ataúd cubierto con la bandera del municipio de Cabricán, yacía el cuerpo del padre Peter Mettenleiter. Había muerto el día anterior, después de una larga enfermedad. Presidí sus exequias, acompañado de numerosos sacerdotes de la Arquidiócesis de Los Altos, de las personas que estuvieron cerca del padre en sus últimos años y de esa inmensa, silenciosa y agradecida multitud de personas de Cabricán, pero también de muchos otros lugares de Quetzaltenango y Guatemala, que querían unirse a la acción de gracias, a la celebración de la fe, por el padre Pedro, como todos lo conocían.

¿Quién fue Peter Mettenleiter? Un sacerdote alemán que llegó a Guatemala en el año de 1975, a los 45 años de edad, como misionero de su iglesia de origen. El obispo de Quetzaltenango en aquella época, Luis Manresa, le asignó como sede de trabajo la Parroquia de Santiago Apóstol que, todavía hoy, abarca los municipios de Cabricán y Huitán. Como a muchos extranjeros, le impactaron dos cosas: la enorme pobreza de la gente, que carece de los bienes imprescindibles para una vida digna y la inmensa riqueza de esa misma gente —en este caso el pueblo mam—, en calidad humana, en lealtad hacia quienes los tratan con respeto, en generosidad solidaria y en fe cristiana. Creyó, como muchos, que esta riqueza espiritual era natural y se mantenía por sí sola y orientó su ministerio sacerdotal a aliviar la pobreza generalizada.

Creó una fundación en Alemania para captar fondos, con los que construyó y financió escuelas para la educación de los niños, pues sabía que la educación formal es el medio imprescindible para salir de la pobreza y estableció clínicas para fomentar la salud. Ante el drama de las migraciones de la gente de tierra fría a la costa para trabajos temporales, muchas veces inhumanos y degradantes, compró tierras en Ixcán. Allí surgió la aldea de Zunil, con gente proveniente de este municipio quetzalteco. Después del conflicto compró tierras para los desplazados internos en algunos lugares de la planicie costera guatemalteca. Dos o tres aldeas de desplazados son fundación de Pedro Mettenleiter. Cuando creyó que su misión en Guatemala había concluido, regresó a Alemania, pero ya no se halló en su tierra y volvió. Ejerció de párroco en otros lugares fuera de Cabricán. Pero al final, ya jubilado, se estableció en este pueblo y preparó allí su sepultura.

Peter Mettenleiter, movido por la caridad ejercida en nombre de Dios, se empeñó en promover la dignidad humana a través de proyectos de desarrollo. Miles le están agradecidos. Pero quienes carecen de bienes materiales buscan también la vida eterna que solo Cristo da, a través del Evangelio, de la fe y de los sacramentos

Iglesia de Cabricán Quetzaltenango

Ave crux, spes unica

El 1er mandamiento y la duda

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de esta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.

1er mandamiento

El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en Él una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien ¿Quién podría no poner en él todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos: “Yo soy el Señor”» (Catecismo Romano, 3, 2, 4)

Las Tres Virtudes Teologales en el santuario del Bom Jesus do Monte (Braga, Portugal)

Un gallo impertinente o sabio

Un bello pensamiento sobre el gallo que cantó a Pedro:
Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente» (Mt 26, 74-75).
Hay que atrapar de nuevo aquel gallo. Aunque sea molesto, insoportable, embarazoso. Mejor dicho, precisamente porque es fastidioso.
Y por favor, que nuestra hipocresía no llegue a insinuar que ha sido educado con métodos anticlericales, que forma parte de una conjura contra nosotros.
Procuremos ser serios, al menos el viernes santo. Si hay una conjura, es la nuestra. La conjura de nuestra mediocridad, de nuestra diplomacia, para estrangular la palabra de Cristo.
Pretendemos ser unos campeones de la fe, siendo así que eludimos regularmente las duras exigencias del evangelio.
Queremos que se nos reconozca como modelos de fidelidad, aunque buscamos todos los posibles (e imposibles) caminos para eludir los compromisos decisivos.
Ese gallo presumido debería ser una especie protegida en la Iglesia.
Deberíamos pedirle que no deje de cantar, de denunciar sin piedad nuestros fallos, nuestras faltas, nuestros achaques.
Es el gallo el que, como centinela vigilante, lanza la alarma contra nuestra alianzas con la noche, la hipocresía, la mentira, los manejos.
Es el gallo el que «nos recuerda» las muchas esperanzas que hemos defraudado, los pobres a los que hemos traicionado, los mártires por causa de la justicia que no sabemos o no queremos reconocer, las mujeres que seguimos ignorando (y bastaría ir a buscarlas precisamente allí donde nosotros, hombres valientes y aguerridos, no hemos sabido estar).
Ese gallo debería estar de guardia permanente en la Iglesia. Para levantarnos del sueño. Para encendernos la cara de vergüenza (la única luz, quizás, que nos permite caminar en la oscuridad en que nos movemos). Para hacer que broten en nuestros ojos aquellas lágrimas, que son las únicas que nos permiten percibir de nuevo al Condenado.
Pedro, ayúdanos a salvar «tu» gallo y nuestro gallo, aunque no esté dispuesto a celebrar triunfos.
Cuando perdemos la cara (y no sólo la cara), ese gallo impertinente nos recuerda que, después de golpearnos necesariamente el pecho, se nos concede la gracia de poder levantar la mirada al Crucificado.
Pedro, ¿me equivoco si me atrevo a sospechar que también se nos ha dado a nosotros el gallo, como herencia del Maestro, como un elemento fundamental para la custodia del rebaño?

1er mandamiento

Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto» (Ex 20, 2-5) «Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a él darás culto» (Mt 4, 10).