Destrucción Creativa Revolución y el tiempo

Destrucción Creativa
Revolución y el tiempo

La tradición es tiempo inconscientemente acumulado. La revolución es tiempo conscientemente destruido.

La destrucción del tiempo simboliza un corte radical con la historia; el hombre moderno se reconoce amargamente como un producto de ella y busca su emancipación: no se quiere criatura, sino creador. Cree ponerse, pues, al margen del tiempo que lo subyuga; cree poder hacerse a sí mismo, aunque de ello no derive, a la postre, más que una farsa constructivista a menudo peligrosa. Por eso las sociedades tradicionales nunca se preocuparon demasiado por el tiempo.

Marc Bloch ha narrado una anécdota medieval sobre un duelo judicial en Mons, en el que un solo contendiente se presenta al alba;

una vez llegada la hora nueve, que marca el término de la espera prescrita por la costumbre, pide que sea atestiguada la ausencia de su adversario. Sobre el punto de Derecho no existía duda. ¿Pero, era verdad la hora prescrita? Los jueces del condado deliberan, miran al Sol, interrogan a los clérigos, a los que la práctica de la liturgia ha dado un mayor conocimiento del ritmo horario y cuyas campanas lo dividen, de manera aproximada, en provecho de la generalidad de los hombres. Al fin, el tribunal se pronuncia en el sentido de que la hora nonna ha pasado.
Exclama al respecto el propio Bloch: «¡Hasta qué punto no parece lejana, a nuestros ojos de hombres modernos, habituados a vivir pendientes del reloj, esta sociedad en la que un tribunal tenía que discutir e investigar para saber la hora del día!».

Y ese «vivir pendientes del reloj» supone más bien una dependencia estructural de la que Georg Simmel dio cuenta al analizar la ciudad moderna: «si todos los relojes de Berlín comenzaran repentinamente a marchar mal en distintas direcciones, se produciría un auténtico caos». El tiempo se vuelve parte estructural del sistema, ya que la coordinación interna de las unidades industriales y la llegada a tiempo de sus componentes humanos requieren su sincronización por cuestiones de minutos, cuando no de segundos

Marc Bloch, La sociedad feudal (Madrid: Akal, 2002), p. 96.

Georg Simmel, El individuo y la libertad. Ensayos de crítica de la cultura (Barcelona: Península), p. 250.

* No es coincidencia que la revolución de los relojes mecánicos en el siglo XIV haya sido el corolario de su demanda para el funcionamiento de una incipiente producción mecánicamente organizada, aunque aún el trabajo fuera manufacturero, realizado directamente por hombres. El segundo momento histórico de esta «revolución en el tiempo» acontece en el siglo XVIII, al comienzo del capitalismo como sistema enteramente establecido y la generalización del paso a la producción industrial de gran escala basada en la operación de máquinas con una alimentación externa de energía. Cf. David S. Landes, Revolución en el tiempo. El reloj y la formación del mundo moderno (Barcelona: Crítica)

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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