Destrucción Creativa del tiempo en la revolución francesa



El hombre moderno es una criatura que se ve creada en y por el tiempo, al que necesita conocer para controlar si no quiere ser controlado por él. Descartes protagoniza una revolución filosófica que da inicio al pensamiento moderno porque corta con todo lo recibido por el tiempo: borrón y cuenta nueva; antes de mí, nadie. El control del tiempo se convierte en control de sí, pero también de los demás: la organización de la actividad productiva se vuelve organización del tiempo en tanto que coordinación cuidadosamente cronometrada del cuerpo y sus movimientos; la política mide el tiempo de los procesos públicos, de su administración de las cosas y de los hombres. La consciencia del tiempo vuelve contingente la tradición; la deshace en la arbitrariedad histórica. Por eso, hay que insistir, el blanco abstracto de una revolución es el tiempo mismo.

Por eso, tal como Walter Benjamin ha destacado, en la revolución de 1830 en Francia: en varios sitios de París, al mismo tiempo y sin previo acuerdo, se disparó contra los relojes de las torres. Un testigo ocular, que acaso daba su acierto a la rima, escribió entonces: ¡Quién lo creyera! Se dice que indignados contra la hora estos nuevos Josué, al pie de cada torre, disparaban contra relojes, para detener el tiempo.

No se trata en rigor tanto de detener el tiempo como de inaugurar un nuevo tiempo, donde el hombre mantenga el control sobre todas las cosas (incluido el tiempo, claro), donde el corte con todo tiempo pasado se postula como la condición necesaria de un verdadero porvenir. Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, es de este mismo siglo: su tema, como es sabido, es el de un inicio que parte de la nada. El marqués de Chastellux aseveraba por aquellos años: «los hombres, para ser felices, tienen todavía más necesidad de olvidar que de aprender». Descartes, otra vez, se propuso olvidar para aprender. Para el escritor y político francés Marie-Joseph Chénier, la revolución que se ha consumado en su patria se trata de «crear y no compilar, inventar y no recordar».

El corte radical con el tiempo pasado es, entonces, el corte radical con la tradición; de eso se trata, en cierta medida, el «advenimiento del nihilismo» que Nietzsche más tarde señalaría. Tal es una de las experiencias modernas más características: el desligamiento del hombre respecto de los mecanismos que inconsciente e incontestablemente reproducían caracteres homogéneos.

O, lo que es lo mismo: la consciencia de que esos caracteres pueden fabricarse a través de la Razón, en forma de ideologías, y que pueden imponerse a través de una ingeniería cultural que se abre paso conforme avanza la tecnología de masas. ¿Y no es semejante experiencia la experiencia fundante de toda batalla cultural?


* El reloj se introdujo con el Renacimiento. Bolonia, Milán y Venecia tuvieron sus relojes públicos a mediados del siglo XV, por ejemplo.

Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de Historia (Rosario: Prohistoria Ediciones, 2009), Tesis XV.

François-Jean de Chastellux, De la Félicité publique ou Considerátions sur le sort des hommes dans les différentes époques de l’historie [1772], Bouillon, Société typographique, 1776, t. II, p. 313.

Rémi Brague, El reino del hombre. Génesis y fracaso del proyecto moderno (Madrid: Ediciones Encuentro, 2016), p. 176. 172.

Marie-Joseph Chénier, «Discours á la Convention nationale le 15 brumarie an II», Moniteur, t. XVIII, pp. 351-352. Citado en Brague, El reino del hombre, p. 177. 173.

*Nietzsche, en otro lugar, parece adelantarse cuando escribe: «Cuanto menos atados están los hombres a la tradición, tanto mayor es el movimiento de los motivos, tanto mayor es, correspondientemente, la inquietud externa, el entrecruzamiento de los hombres, la polifonía de los afanes». El movimiento pone en circulación cosmovisiones distintas que terminan contactando y que pueden colisionar. Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano (Madrid: Akal, 2001), p. 56.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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