Ludwig Wittgenstein



es ampliamente conocido como el padre del positivismo lógico, movimiento filosófico de acuerdo con el cual solo las proposiciones referidas a lo que podemos ver y tocar tienen sentido, mientras que todas las demás -especialmente las referidas a la metafísica y la teología- carecen de sentido. Sin embargo -y al contrario de lo que muchos creen- Wittgenstein jamás se adhirió a este movimiento y, lo que es más, siempre mantuvo su fe en Dios… Ludwig Wittgenstein nació en Viena (Austria) el 26 de abril de 1889. Último de ocho hijos, nació en cuna de oro. Su padre, Karl Wittgenstein, era uno de los hombres más ricos del mundo.

Por otra parte, su madre, Leopoldine Kalmus, nació de padre judío y madre católica, y era tía Friedrich von Hayek, quien ganaría el premio Nobel de Economía en 1974. Pese a la conversión al protestantismo de sus abuelos paternos, los hijos de los Wittgenstein fueron bautizados y educados en la fe católica. Pero no solo fueron educados en la fe sino que también recibieron una de las instrucciones intelectuales y artísticas más envidiadas de toda Austria. Sus padres eran aficionados a la música y todos sus hijos tuvieron dotes intelectuales y artísticos (incluso el hermano mayor de Ludwig, Paul Wittgenstein, se convirtió en un pianista de fama mundial).

Lamentablemente no todo era color de rosa. Tres de los cuatro hermanos varones de Ludwig se suicidaron. 28 de julio de 1914: Austria le declara la guerra a Serbia. Ha estallado la Primera Guerra Mundial. Y Wittgenstein es llamado al frente de batalla. Sin pensarlo dos veces abandona la Universidad de Cambridge (donde gozaba de una beca) y acude inmediatamente. Él no tiene miedo. Quiere estar cerca de la muerte. Tal vez con ello encuentre el sentido de la vida. “¿ Qué sé sobre Dios y la finalidad de la vida?” escribía en su Diario filosófico el 11 de junio de 1916 (20). Pero el ansia mística venía desde antes. La lectura del Pequeño Evangelio de León Tolstoi lo había tocado en lo más profundo de su ser. El 2 de septiembre de 1914 escribía en su Diario: “Ayer comencé a leer los comentarios de Tolstoi a los Evangelios. Un obra magnífica. (…) Las palabras de Tolstoi acuden a mi mente una y otra vez: el hombre es impotente en la carne pero es libre por el espíritu. ¡Ojalá esté en mí el espíritu…! ¡Que Dios me dé fuerza! Amén. Amén. Amén”.

Estas palabras nos revelan hondamente el sentir de Wittgenstein. Él tenía tendencias homøsęxūąlês. Durante su vida tuvo varios momentos de excesiva promiscuidad. Pero nunca se rindió: siempre intentó vivir la castidad. De ahí que buscara la soledad e incluso meditara la posibilidad de ser religioso: quería alejarse del contacto sēxûąl indebido. Pero no era fácil. Mas no se hundió en la desesperación. El problema del pecado lo llevó a preguntarse por el problema de la ética, el cual lo llevó a preguntarse por el sentido de la vida, lo cual lo llevó… a Dios. El 8 de julio de 1916 escribiría en su Diario Filosófico: “Bueno y malo dependen, de algún modo del sentido de la vida. Podemos llamar Dios al sentido de la vida, esto es, al sentido del mundo. Y conectar con ella la comparación de Dios con un padre. Pensar en el sentido de la vida es orar. Creer en Dios quiere decir comprender el sentido de la vida. Creer en Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene un sentido. Sea como fuere, de alguna manera y en cualquier caso somos dependientes, y aquello de lo que dependemos podemos llamarlo Dios”. Y fue justamente esta perspectiva la que lo llevó en 1918 a escribir la única obra que publicaría en vida: el Tractatus Logico- Philosophicus. Como dirá en el prólogo, el objeto de esta obra será “dar una respuesta final a los problemas de la filosofía” trazando los “límites del lenguaje”. Y es precisamente más allá de estos límites que se encuentra lo místico, es decir, aquello frente a lo cual “no se puede hablar” y, por tanto “hay que callar”. . He ahí el verdadero sentido del Tractatus: no que lo místico sea vano y que, por tanto, el lenguaje no deba tratarlo; sino que frente a lo místico el lenguaje se vuelve vano, ya que no puede expresarlo. Wittgenstein en ningún momento afirma que las expresiones éticas y religiosas son en sí mismas absurdas sino más bien que -como deja muy en claro en su famosa Conferencia sobre Ética- su esencia consiste en trascender los límites del lenguaje.. Todo lo contrario a la actitud de los positivistas lógicos.

Esta no es para nada una interpretación forzada. Es la interpretación del mismo Wittgenstein. Así, por ejemplo, tenemos que en una carta que escribe hacia 1919 a su amigo Ludwig von Ficker, dice que el sentido último de su Tractatus Logico- Philosophicus es ético; y a continuación añade: “Mi obra se compone de dos partes: de la que aquí aparece, y de todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la más importante. Mi libro, en efecto, delimita por dentro lo ético, por así decirlo; y estoy convencido de que, estrictamente, solo puede delimitarse así. (…) Le aconsejaría ahora leer el prólogo y el final, puesto que son ellos los que expresan con mayor inmediatez el sentido”. Es claro, pues, que los positivistas lógicos -y con ellos todos los filósofos postmodernos- no han entendido bien a Wittgenstein. Volvamos con su vida. En 1919, acabada la Guerra, y luego de mucho meditarlo, decide asumir un “modo de vida cristiano”, simbolizado en su libre aceptación de los votos de pobreza y castidad. De este modo, renuncia a los lujos y a la carne para dedicarse a vivir una vida “grata a Dios”, que “es lo único que necesita el hombre”. Clara muestra de ello es su decisión de renunciar a la parte de la fortuna familiar que le había heredado su padre, haciéndole prometer a sus hermanos que nunca se la devolverían. Luego de eso se retiró al pequeño pueblo de Trattenbach en Austria para encontrar paz y soledad. Su plan era ser profesor de escuela. Feliz y realizado en un primer momento, un año después de instalarse escribe a su mentor de Cambridge, Bertrand Russell, que se encontraba “terriblemente deprimido y cansado de vivir” pues estaba “rodeado, como siempre, de odio y bajeza”. El motivo de este radical cambio de actitud fueron las dificultades que encontró en sus relaciones con los adultos. Un maestro celoso le inventó chismes. Acusado de golpear sádicamente a sus alumnos será sometido a examen psiquiátrico para determinar su idoneidad para seguir enseñando. Absuelto, renunció a la enseñanza en adelante.

Así, luego de 15 años, regresó a Cambridge en 1929. Ese mismo año conoció al que se convertiría en aquel tiempo en el mejor de sus compañeros: el economista italiano Piero Sraffa. Durante ese primer año solían encontrarse una vez por semana. Las conversaciones giraron primero en torno a temas de lógica y filosofía y luego, hacia 1934, se deslizaron a la política y a temas más mundanos. Pero la amistad, al menos por el lado de Sraffa, se fue enfriando. En mayo de 1946 le comunicó a Wittgenstein que ya no quería más discusiones con él. Ya sea por el volumen de trabajo que mantenía Sraffa por aquel entonces (entre otras cosas, la monumental publicación de las Obras Completas de David Ricardo), o simplemente porque las conversaciones con Wittgenstein le debieron empezar a parecer superfluas, el acontecimiento fue un duro golpe para Wittgenstein. Este último le rogó diciéndole “Hablaremos de cualquier cosa”, a lo que Sraffa respondió: “Sí, pero a tu manera” . La relación entonces se rompió, y no volvió jamás a reanudarse.

Pero la Providencia no lo dejó solo. Le regaló un nuevo amigo que lo acompañaría hasta el final de sus días: el buen Oets Kolk Bouwsma. Wittgenstein y Bouwsma se conocieron en la Universidad de Cornell durante el verano de 1949. Ya desde esa primera etapa los dos filósofos comenzaron a pasear juntos y a conversar. En un segundo momento los encuentros tuvieron lugar en el Smith College de Northampton (Massachussets), donde se había tenido que desplazar Bouwsma para hacer una sustitución, y hasta donde se desplazó Wittgenstein para ver a su amigo. Por último, ambos coincidieron en Oxford durante el curso 1950- 1951, donde retomaron la costumbre de pasear juntos hablando de filosofía. Lamentablemente ese último año Wittgenstein fue diagnosticado de cáncer de próstata y tuvo que abandonar la Universidad. Pero su amigo no lo dejó solo y varias veces lo acompañó en el hospital.. No es ninguna exageración decir que Wittgenstein, incluso desde su angustia y soledad, fue un hombre para Dios. Clara muestra es que, cuando recibió una carta de un viejo amigo de Austria, que era sacerdote, quien le expresaba su deseo de que su trabajo marchara bien “si Dios quiere”, respondió: “Eso es todo lo que deseo; si Dios quiere. Bach escribió en la primera página de su Orgelbuchlein, ´ para la mayor gloria del Señor, y que mi prójimo pueda beneficiarse de esta obra ´. Eso es lo que me hubiera gustado decir acerca de mi trabajo”. Ludwig Wittgenstein murió el 29 de abril de 1951, teniendo lo que, a ojos de Bouwsma, era “un aspecto extraordinariamente dulce y manso”. Bautizado católico murió católico recibiendo los auxilios de la Iglesia. Sus últimas palabras fueron: “Diles que mi vida fue maravillosa”.

Ludwig Wittgenstein, Diario Filosófico, Ed. Ariel, Barcelona, 1982

Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, 1921, prop. 7

Ludwig Wittgenstein, Conferencia Sobre Ética, Ed. Paidós, Barcelona, 1997, p.43

R. Monk, Ludwig Wittgenstein: El Deber de un Genio, Ed. Anagrama, 199 7, p. 443

Oets Kolk Bouwsma, Últimas Conversaciones, Ed. Sígueme, Salamanca, 2004

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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