Hacia el surgimiento de la ideología



El origen de los primeros abusos de la Razón lleva, en cierta medida, el nombre de Ilustración. Es de su ethos de donde se derivó el racionalismo constructivista, como una de sus expresiones más significativas. Así, el profundo desprecio por las formaciones sociales no intencionadas, sumado a la voluntad de (re)construir por medio de la razón humana las instituciones sociales, marcará el devenir de las ciencias sociales. Por otro lado, pero directamente ligado a este, el asombroso desarrollo de las ciencias naturales, dispuestas precisamente a conocer para controlar y dominar la naturaleza, serán tomadas por los científicos sociales como matriz de lo que la ciencia debe ser, en lo que se dio en llamar positivismo.

De estas entrañas surgiría el socialismo. El hombre había tomado, pues, consciencia de la estrecha correlación entre conocimiento y poder. La presunción de que la buena sociedad es aquella que se construye y organiza de manera planificada a partir del conocimiento, va acompañada de una carrera ideológica para establecer, en concreto, cuál es entonces el buen conocimiento a partir del cual el poder obrará su reconstrucción y reproducción. La apelación al carácter ideológico de esta carrera está lejos de ser arbitraria: la misma noción de «ideología» aparece (como no podía ser de otra manera) en este mismo contexto histórico y geográfico. En efecto, la Ilustración francesa llamó por primera vez «ideología» al estudio sistemático de las ideas, sus causas y sus desarrollos.

Era tal la fascinación por las ideas que una ciencia debía ocuparse de ellas. Según las esperanzas ilustradas, con arreglo a las mejores ideas se podrían crear las mejores sociedades y, por añadidura, los mejores hombres; y nadie más apropiado para decidir cuáles son las mejores ideas que aquellos que las estudian. La ideología, como estudio, buscó socavar el poder del antiguo régimen, por un lado, pero procuró, al mismo tiempo, ocupar el espacio que quedaba vacante. La ideología encarna todo un proyecto político. Pero hay algo más. No se trata de política a secas; no se aprecia simplemente un proyecto vinculado a la adquisición o conservación del poder. Lo que se ve es ciertamente más complejo: el poder proyectando y construyendo un hombre en su concepción ideal y una sociedad diagramada conforme a la razón. Es política, por supuesto, pero política comprometida en una reforma integral de la cultura. Terry Eagleton, al reparar en esta original acepción de ideología, reflexiona: «La ideología atañe a un programa cabal de ingeniería social, que remodelará nuestro entorno social, modificará nuestras sensaciones
y cambiará nuestras ideas». Esta fue la fantasía, agrega Eagleton, de filósofos como Holbach, Condillac, Helvetius, Joseph Priestley, William Godwin y Samuel Coleridge. El objeto de una batalla cultural es la visión del mundo que los hombres mantienen, y esta es a su vez un producto de las sensaciones y las ideas que circulan. La ideología, procurando consciente y deliberadamente modificar esos patrones, se convierte en un instrumento indispensable de toda batalla cultural.

* Saint-Simon: «Es preciso que los fisiólogos echen de su compañía a los filósofos, moralistas y metafísicos, del mismo modo que los astrónomos han echado a los astrólogos y los químicos a los alquimistas» (OSSE, vol. 15, p. 39). Citado en Hayek, La contrarrevolución de la ciencia, p. 190. Hayek comenta que incluso el «fisicismo» fue considerado una suerte de religión, como tercera fase de una evolución que iba del politeísmo al monoteísmo, y de este al «fisicismo».

Terry Eagleton, Ideología. Una introducción (Barcelona: Paidós, 1997), p. 96.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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