María

¿Que pasaría por su corazón transparente, en esos momentos espantosos?
Su Hijo amado, ejecutado como un criminal abyecto. Su Hijo, que era también su Maestro, quebrado por las torturas previas y por los tormentos propios de la crucifixión.
El mismo bebé santo de Belén. El mismo que hubieron de proteger camino al exilio. El que se crecía ante sus ojos en santidad y humildad en la pequeña Nazareth.
El que dejaba boquiabiertos a los letrados del Templo.
El que un día se largó a los caminos a anunciar la Buena Noticia, rompiendo con todas las expectativas usuales, al punto que muchos parientes lo consideraban un loco, un enajenado.
Ese mismo que pasó haciendo el bien, se moría ante sus ojos inmensos.
El Hijo agoniza, y aún así la Madre permanece firme.
Como testamento final -sin guardarse absolutamente nada para sí- Él entrega a su Madre.
El Discípulo Amado tiene cada uno de nuestros nombres. Todos lo somos.
María de Nazareth, Madre del Señor, es una mujer sin casa.
De niña dependía de sus padres.
Ya mujer, habitaba el hogar de José de Nazareth.
Ahora, tampoco tiene casa propia.
Su hogar está allí en donde los discípulos y amigos del Señor la reciban con cordial afecto.
La casa de María es tu corazón, y el mío, y el de todos nosotros, herencia final de un Dios que todo nos ofrece aún cuando las tinieblas parecen campear y cubrirlo todo.
Ella sigue firme y en pié al pié de las cruces de todos los hijos

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