Categoría: Testimonios

Por la vida


El Calvario de Cabricán es una iglesia pequeña, colocada en alto, que hace de fachada al cementerio del lugar. Una gran explanada se extiende a sus pies. El lunes pasado, miles de personas la llenaban por todas partes y se amontonaban incluso por las gradas que conducen al pequeño oratorio.

Frente a él se colocó el altar donde se celebraría la santa misa. Ante el altar, en un ataúd cubierto con la bandera del municipio de Cabricán, yacía el cuerpo del padre Peter Mettenleiter. Había muerto el día anterior, después de una larga enfermedad. Presidí sus exequias, acompañado de numerosos sacerdotes de la Arquidiócesis de Los Altos, de las personas que estuvieron cerca del padre en sus últimos años y de esa inmensa, silenciosa y agradecida multitud de personas de Cabricán, pero también de muchos otros lugares de Quetzaltenango y Guatemala, que querían unirse a la acción de gracias, a la celebración de la fe, por el padre Pedro, como todos lo conocían.

¿Quién fue Peter Mettenleiter? Un sacerdote alemán que llegó a Guatemala en el año de 1975, a los 45 años de edad, como misionero de su iglesia de origen. El obispo de Quetzaltenango en aquella época, Luis Manresa, le asignó como sede de trabajo la Parroquia de Santiago Apóstol que, todavía hoy, abarca los municipios de Cabricán y Huitán. Como a muchos extranjeros, le impactaron dos cosas: la enorme pobreza de la gente, que carece de los bienes imprescindibles para una vida digna y la inmensa riqueza de esa misma gente —en este caso el pueblo mam—, en calidad humana, en lealtad hacia quienes los tratan con respeto, en generosidad solidaria y en fe cristiana. Creyó, como muchos, que esta riqueza espiritual era natural y se mantenía por sí sola y orientó su ministerio sacerdotal a aliviar la pobreza generalizada.

Creó una fundación en Alemania para captar fondos, con los que construyó y financió escuelas para la educación de los niños, pues sabía que la educación formal es el medio imprescindible para salir de la pobreza y estableció clínicas para fomentar la salud. Ante el drama de las migraciones de la gente de tierra fría a la costa para trabajos temporales, muchas veces inhumanos y degradantes, compró tierras en Ixcán. Allí surgió la aldea de Zunil, con gente proveniente de este municipio quetzalteco. Después del conflicto compró tierras para los desplazados internos en algunos lugares de la planicie costera guatemalteca. Dos o tres aldeas de desplazados son fundación de Pedro Mettenleiter. Cuando creyó que su misión en Guatemala había concluido, regresó a Alemania, pero ya no se halló en su tierra y volvió. Ejerció de párroco en otros lugares fuera de Cabricán. Pero al final, ya jubilado, se estableció en este pueblo y preparó allí su sepultura.

Peter Mettenleiter, movido por la caridad ejercida en nombre de Dios, se empeñó en promover la dignidad humana a través de proyectos de desarrollo. Miles le están agradecidos. Pero quienes carecen de bienes materiales buscan también la vida eterna que solo Cristo da, a través del Evangelio, de la fe y de los sacramentos

Iglesia de Cabricán Quetzaltenango

Templo de Salomón y un Templo Cristiano

El Cristiano debería tener presente la santidad de la casa de Dios y el respeto que ésta exige. El templo de Salomón no era más que la imagen de los nuestros. Sin embargo, los judíos y los paganos mismos le tenían veneración. 1 Crónicas capítulos 6 y 7, relatan que, cuando se consagró ese templo, Salomón inmoló veintidós mil bueyes y cien mil ovejas.
Mientras el rey rezaba en alta voz, un fuego misterioso bajó del cielo y devoró todas las víctimas: Una espesa nube se extendió en el recinto y la Majestad de Dios llenó todo el edificio. Al ver este espectáculo, los hijos de Israel, sobrecogidos de un temor sobrenatural, cayeron el rostro contra el suelo con profundo sentimiento de adoración. Salomón exclamó: ¿Será creíble que Dios habite verdaderamente sobre la Tierra? ¿Si el cielo, y los cielos de los cielos no pueden conteneros, cuánto menos lo podrá esta casa que he construido?
Ciertamente, aquel templo era digno de la veneración y de la admiración de los pueblos. Sin embargo, no era más que una figura de nuestras iglesias; no encerraba sino el Arca de la Alianza donde se conservaban las dos tablas de la Ley, un cesto de maná y la vara de Aarón que había florecido. Las víctimas en los sacrificios judaicos no eran sino animales matados y quemados, ofrecidos con pan, vino, bizcochos y otras cosas semejantes.
El templo Cristiano, ¡Cuánta no es la superioridad del templo cristiano, consagrado con el aceite y el crisma, rociado con agua bendita, perfumado con las nubes de incienso, santificado por la imposición de la señal de la cruz y destinado para la oblación del Santo Sacrificio¡ En lugar del Arca de la Alianza, tenemos el copón, en el cual es conservado el pan verdaderamente celeste, el Santísimo Sacramento del Altar, el verdadero Cuerpo de Jesucristo
Se llama a la iglesia, la Casa de Dios, y lo es en realidad, puesto que Nuestro Señor habita en ella en todo tiempo, Allí, el ejército angelical le sirve, le adora, le alaba y le lleva nuestras oraciones, dulce misterio figurado por la visión de Jacob (Génesis 28, 17-18), símbolo profético de la Iglesia Cristiana, en la que la piedra del altar está ungida con los santos óleos, piedra sagrada, de la que se puede decir con verdad: ¡Cuán terrible es este lugar¡ ¡Esta es la Casa de Dios y la puerta del cielo¡, Allí los ángeles suben y bajan para trasmitir a Dios nuestras oraciones y traernos sus gracias. Nuestras iglesias son también ese lugar del que el Señor nos habla por boca de Isaías: Los conduciré a mi morada santa y los colmaré de alegría en la casa de oración. Sus víctimas, consumidas sobre mi altar, me serán agradables y mi morada será llamada por todos los pueblos casa de oración (Isaías 66,7)
Debemos tener respecto que merece este lugar tan santo, ¡Ah¡, si tuviésemos una fe viva, entraríamos en él con temor, y con el más profundo anonadamiento y adoraríamos a nuestro Señor e la Eucaristía y veneraríamos a los ángeles, David lo proclama altamente: Iré a vuestra casa y os adoraré con temor en vuestro santo templo. En presencia de los ángeles cantaré vuestras alabanzas y ensalzaré vuestro Santo Nombre (Salmo 5,8), Aquellos que hablen, rían, o pequen de cualquiera otra manera durante los divinos oficios, provocan la cólera de Dios y se hacen culpables. En la iglesia, no sería bastante todo recogimiento ni todo cuidado para no decir palabra inútil, ni para orar con bastante devoción, ni adorar con bastante fervor, ni confesar los pecados con bastante humildad y arrepentimiento.
Maqueta del Templo de Salomón y el Retablo de la Iglesia San Francisco de Asís Tecpán Guatemala

1er mandamiento y la incredulidad

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos” (CIC can 751).

Los incredulidad de Santo Tomás

Espíritu Santo

Aleluya, Venid, Espíritu Santo, llenad los corazones de vuestros fieles, y encended en ellos el fuego de vuestro amor!!

El 1er mandamiento y la duda

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de esta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.

1er mandamiento y La fe

Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él.

1er mandamiento

El Dios único y verdadero revela ante todo su gloria a Israel (cf Ex 19, 16-25; 24, 15-18). La revelación de la vocación y de la verdad del hombre está ligada a la revelación de Dios. El hombre tiene la vocación de hacer manifiesto a Dios mediante sus obras humanas, en conformidad con su condición de criatura hecha “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26):

«No habrá jamás otro Dios, Trifón, y no ha habido otro desde los siglos sino el que ha hecho y ordenado el universo. Nosotros no pensamos que nuestro Dios es distinto del vuestro. Es el mismo que sacó a vuestros padres de Egipto “con su mano poderosa y su brazo extendido”. Nosotros no ponemos nuestras esperanzas en otro, (que no existe), sino en el mismo que vosotros: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (San Justino, Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 11, 1).