Pío X y el sacerdocio



Un amigo personal de Pío X le hablaba un día con exaltada indignación de las injurias que le había dirigido un escritor modernista, como cabeza de la Iglesia. La respuesta del Papa y la sonrisa con la que la acompañó fueron características:—Vamos—le dijo—, ¿no admitió al menos que soy un buen sacerdote? De todos los elogios, ése es el único que siempre he estimado. Otro escritor que se le oponía decía de Pío X que “era un hombre que, bajo una apariencia de humildad, escondía una ilimitada ambición”. Y en cierto modo Pío X era ambicioso, sin duda alguna; su ambición había nacido en él cuando se arrodilló ante el altar de la catedral de Castelfranco para recibir el crisma sagrado del sacerdocio con todas sus consecuencias. El estudio, la oración, el trabajo, el sacrificio y la abnegación ilimitada; la caridad, la pobreza y la obediencia leal y entrañable a la autoridad; el deseo de ser un sacerdote fervoroso y bueno que siguiera las huellas del divino Maestro, todo esto formaba parte de su ambición. Esa ambición era la estrella que había guiado toda su vida, a ella lo había sacrificado todo y, hasta cierto punto, era innegable que esta ambición, plenamente realizada en su santa vida, lo había puesto contra su voluntad en el trono de Pedro

San Pío X: El Papa Sarto, un papa santo. F.A. Forbes

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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