La Ilustración



ha sido definida por Kant como «la salida del hombre de la minoría de edad, de la cual él mismo es culpable». El hombre siempre fue un niño porque siempre dependió de tutores. Pero al comprender que su conocimiento puede reemplazar a esos tutores deja, en el desafío de conducirse con arreglo a sus propias capacidades, de ser un menor de edad.

Semejante ilusión (la del conocimiento independiente y el juicio crítico que orienta por sí mismo a los hombres) encubre la batalla cultural que ha surgido de las entrañas de la modernidad; la vuelve opaca a los ojos de quienes desean sentirse dueños originales de su particular forma de ver las cosas. En efecto, continúa Kant: «¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi consciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente,no necesitaré del propio esfuerzo». ¿Pero ha ingresado realmente el hombre en su edad adulta o acaso está en vías de hacerlo, como Kant supone? Más aún: ¿puede el hombre ingresar realmente a la edad adulta sin pararse siempre sobre la tradición heredada? E incluso en una adultez no tan pretenciosa (neokantiana y socrática, como la del racionalismo crítico), moderada por la consciencia de sus propios límites, ¿puede ser alcanzada con la sola voluntad engendrada por el espíritu racionalista de una época, como se da a entender?

La descripción de Kant pretende representar una consciencia tenue que gracias a la Ilustración está quedando en el pasado, pero tal escenario constituye una caricatura demasiado actual del hombre y su presente. ¿O acaso alguien piensa que los hombres piensan por sí mismos, más hoy que ayer? ¿Que no están fuertemente inducidos por los medios de comunicación que conviven día y noche con ellos? ¿Que, no un libro tal vez, pero sí una pantalla, le ahorra en todo momento el esfuerzo de razonar conforme sus propios criterios y capacidades? ¿Que los intelectuales e ideólogos no han sido venerados, como otrora los pastores o sacerdotes, y que sus palabras no se han convertido para muchos en una suerte de doctrina infalible?

Las esperanzas de Kant, vistas con el pasar del tiempo, no pueden más que generar amargas desilusiones: «es posible que el público se ilustre a sí mismo, siempre que se lo deje en libertad: incluso, casi es inevitable». ¿No es esta una forma de encubrir, consciente o inconscientemente (poca importancia tiene) que el conocimiento mismo será precisamente un campo de batalla para la lucha cultural que se ha desatado?

Immanuel Kant, ¿Qué es la ilustración? (Buenos Aires: Prometeo, 2010), p. 21


Pintura de Charles Gabriel Lemonnier que representa la lectura de una tragedia de Voltaire, por entonces en el exilio, El huérfano de la China (1755), en el salón literario de madame Geoffrin en la calle Saint-Honoré de París. Los personajes más notables reunidos en torno al busto de Voltaire son Rousseau, Montesquieu, Diderot, d’Alembert, Buffon, Quesnay, Du Plessis y Condillac. Además, figuran Gresset, Marivaux, Marmontel, Vien, La Condamine, Raynal, Rameau, mademoiselle Clairon, Hènault, Choiseul, Bouchardon, Soufflot, Saint-Lambert, el Conde de Caylus, Felice, el barón de Aulne, Malesherbes, Maupertuis, Mairan, d’Aguesseau, Clairaut, la condesa de Houdetot, Vernet, Fontenelle, el duque de Nivernais, Crébillon, Duclos, Helvètius, Vanloo, Lekain, Lespinasse, Boccage, Réaumur, Graffigny, Jussieu y Daubenton.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: