Catedral



Tiene algo distinto, posee algo único. Es grande, es inmensa, y no es fría ni distante. Habitualmente se incluye en el recorrido turístico de la ciudad, pero no es un museo, ni un edificio muerto habitado por sombras del pasado y memorias de lo que fue tal vez alguna vez.

La catedral es un edificio vivo. El Espíritu Santo es su gran animador. En la catedral hay vida sobrenatural, la de la gracia y los sacramentos, y vida activa, la del pueblo cristiano que acude, que es convocado, que reza.

La catedral es un gran edificio, una mole. Su tamaño está pensado con una doble coordenada: glorificar a Dios y levantar un templo hermoso por Dios y para Dios, y al mismo tiempo, capaz de albergar a los fieles cristianos de toda la ciudad y diócesis. Ver una catedral, tan grande y tan hermosa y tan alta, es recordatorio perenne doble: por un lado buscar en todo la gloria de Dios, por otro lado entender que ese edificio alberga algo tan vivo como la Iglesia cuando se reúne para la santa liturgia y todos cabemos y todos tenemos un lugar.

La catedral suele ser alta, además con un campanario que destaca sobre el conjunto de las demás edificaciones locales. La catedral se suele hacer visible desde muchos puntos de la ciudad; antes, sin edificios altos sino casas bajas, sí dominaba la vista de todo. A ella concurren las miradas. Es un signo para los hombres, es un signo para cada generación: el signo de Dios que pone su morada en medio de nosotros, aunque tal vez no le demos tanto relieve, ocupados en mil cosas. Su belleza llama la atención, es un reclamo. Se produce una primera epifanía, la de la belleza de Dios:

“Al contemplar las bellezas creadas por la fe, constatamos que son sencillamente la prueba viva de la fe. Esta hermosa catedral es un anuncio vivo. Ella misma nos habla y, partiendo de la belleza de la catedral, logramos anunciar de una forma visible a Dios, a Cristo y todos sus misterios: aquí han tomado forma y nos miran. Todas las grandes obras de arte, todas las catedrales –las catedrales góticas y las espléndidas iglesias barrocas- son un signo luminoso de Dios y, por ello, una manifestación, una epifanía de Dios” (Benedicto XVI, Enc. con el clero de la diócesis de Bolzano-Bressanone, 6-agosto-2008).

Es un signo: es la morada de Dios. Pero es signo también de la Iglesia misma, Madre, en medio de sus hijos. Es la Iglesia, cercana a los gozos y esperanzas, a las angustias y tristezas del hombre de cada época, de cada persona. Es signo de la Iglesia que está presente, no escondida, amordazada o acobardada, señalando al Único que puede salvar: Jesucristo.

¡Hay más! La catedral, tan grande, tan hermosa, tan potente, está formada por muchas piedras, cada cual en su sitio, que permite distintas pilastras y columnas, arcos y bóvedas, ábsides, arbotantes, fachadas, etc… Muchas piedras, distintas, con diferentes funciones pero todas necesarias para sostener y equilibrar las fuerzas del conjunto. ¿No es bello? Así mismo es la Iglesia: cada cual, por el bautismo, es una piedra viva, una piedra santa, que se inserta en la Iglesia. Mirar una catedral es reconocerse cada uno una pequeña piedra en la construcción espiritual de la Iglesia: ser piedra fiel, en la vocación propia y con el apostolado que se le haya confiado; ser una piedra tratada que se catedral de burgosajuste bien a las otras piedras, por la penitencia, la mortificación y la caridad, sin pretender destacar. ¡Piedra viva de la Iglesia!

Tu catedral, hermosa, puede ser románica, gótica, renacentista, barroca, neogótica… y, de forma independiente a su estilo arquitectónico-artístico, nos lleva una reflexión ulterior. La Iglesia es perenne, nació de Cristo y la Iglesia culminará su trayectoria terrena cuando venga el Señor en su gloria.

La Iglesia la han formado y la forman multitud de generaciones que antes de nosotros han sido fieles católicos y han transmitido la fe a sus hijos y a sus nietos. Entramos en una catedral que años atrás, siglos atrás, convocó a otras generaciones cristianas. Seamos humildes. La Iglesia no nace con nosotros, no la hacemos nosotros a nuestro gusto y diseño, no adquiere vida con nosotros como si todo lo anterior fuera malo o no hubiese existido: la Iglesia no nace con nuestros Sínodos, reuniones, programas pastorales… ni se ahoga con nosotros. ¡Cuánta autosuficiencia hay hoy con esto! ¡Como si la Iglesia verdadera la hubiésemos descubierto y fabricado nosotros! La Iglesia permanecerá después de nosotros hasta la venida de Cristo. La Iglesia es Tradición viva. Seamos humildes y fieles a ella. A eso nos invita la contemplación de la catedral

Javier Sánchez Martínez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s