Categoría: Virtudes

La oración a Jesús



Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: JESÚS. El nombre divino es inefable para los labios humanos (cf Ex 3, 14; 33, 19-23), pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: “Jesús”, “YHVH salva” (cf Mt 1, 21). El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él (cf Rm 10, 13; Hch 2, 21; 3, 15-16; Ga 2, 20).

Los Símbolos


Los primeros cristianos vivían en medio de una sociedad mayoritariamente pagana y hostil. Desde la persecución de Nerón (64 después de Cristo) se consideraba que su religión era “una superstición extraña e ilegal”. Los paganos desconfiaban de los cristianos y se mantenían a distancia, sospechaban de ellos y los acusaban de los peores delitos. Los perseguían, los encarcelaban y los condenaban al destierro o a la muerte. Como no podían profesar abiertamente su fe, los cristianos se valían de símbolos que pintaban en los muros de las catacumbas y, con mayor frecuencia, grababan en las lápidas de mármol que cerraban las tumbas.
Como a todos los antiguos, a los cristianos les agradaba mucho el simbolismo. Los símbolos expresaban visiblemente su fe.

El término “símbolo” se aplica a un signo concreto o a una figura que, de acuerdo con la intención del autor, evoca una idea o una realidad espiritual. Los símbolos más importantes son el Buen Pastor, la “orante”, el monograma de Cristo y el pez.

Crismón es la denominación de la más usual de las representaciones del cristograma

Consiste en las letras griegas Χ (ji) y Ρ (rho), las dos primeras del nombre de Cristo en griego: Χριστός (Khristós -“el ungido”-). En otras versiones, la Ρ se sustituye por la Τ (tau) haciendo así una pequeña cruz latina. El crismón aparece a veces acompañado de otros elementos, como las letras α (alfa) y ω (omega), la primera y la última del alfabeto griego, que representan a Cristo como principio y fin de todas las cosas.

Las virtudes teologales



“La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración: «Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro» (San Juan María Vianney, Oratio, [citado por B. Nodet], Le Curé d’Ars. Sa pensée-son coeur, p 45).

Las virtudes teologales



Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar

El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: “En el Señor puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor” (Sal 40, 2) “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15, 13).

El éxito del cristiano


Los propósitos de las personas creyentes, se apoyan en el poder y la bondad de Dios, más que en la propia prudencia y en el propio saber, y si quieren triunfar confían en Dios todo cuanto emprenden. “Lo que nos da el éxito es la bendición de Dios. Nuestros afanes añaden muy poca cosa”, dice el Libro de los Proverbios. “Que el Señor haga prósperas las obras que emprendamos” (Salmo 89)

Camina conmigo



Nosotros debemos prepararnos para sufrir grandes pruebas dentro de poco, tales que demandarán de nosotros una disposición a perder la vida, y una total dedicación a Cristo y por Cristo… Con vuestras oraciones y las mías es posible mitigar esa tribulación, pero ya no es posible apartarla, porque solo así la Iglesia puede ser efectivamente renovada. ¿Cuánto tiempo llevará la renovación de la Iglesia surgida de la sangre? Ese tiempo, demasiado, no será de otra manera. Nosotros debemos ser fuertes y estar preparados, y confiar en Cristo y en su Madre, y ser muy, muy asiduos en el rezo del Rosario
Juan Pablo II en Fulda (Alemania) en 1981

Falta grave, no será perdonada



“Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro” (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3). En el infierno ya no hay posibilidad de perdón, y al Cielo no entra nada manchado; por tanto, debe haber un lugar intermedio, de purificación, donde se perdonen pecados. Este es el purgatorio.


La Eucaristía, tiene todas las formas de oración



La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración: es la “ofrenda pura” de todo el Cuerpo de Cristo a la gloria de su Nombre (cf Ml 1, 11); es, según las tradiciones de Oriente y de Occidente, “el sacrificio de alabanza”.

Oración de alabanza, la fe



La revelación “de lo que ha de suceder pronto” —el Apocalipsis— está sostenida por los cánticos de la liturgia celestial (cf Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7, 10-12) y también por la intercesión de los “testigos” (mártires) (Ap 6, 10). Los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cf Ap 18, 24), la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos han precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquel que se sienta en el trono y del Cordero (cf Ap 19, 1-8).

En comunión con ellos, la Iglesia terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba. La fe, en la petición y la intercesión, espera contra toda esperanza y da gracias al “Padre de las luces de quien desciende todo don excelente” (St 1, 17). La fe es así una pura alabanza.

Religiosos que no dan la talla

Oh, qué grande era el fervor de todos los religiosos en los comienzos de su santa comunidad
Oh, qué devotos eran para orar, cuánto esmero tenían por progresar en la virtud, con qué austeridad y disciplina vivían, cuán respetuosos y obedientes eran para con los superiores que los dirigían.
Los recuerdos de su vida atestiguan que fueron gente santa y perfecta, que combatieron valerosamente contra los ataques del mundo, y pisotearon los engaños mundanales
Pero ahora ya se considera gran cosa que uno no desobedezca gravemente a los reglamentos que le obligan, y que acepte con paciencia las obligaciones, que se comprometió a sobrellevar con alegría.
Ah, qué tibieza, que negligencia en nuestra vida de piedad! que pronto hemos decaído del primer fervor, y de puros tibios y cansados ya hasta nos aburre la vida espiritual
Ojalá que no de adormescas completamente en el progreso, en la virtud, tú que has visto tantos buenos ejemplos de personas fervorosas
Hoy, si escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón (Salmo 94)
Tienes nombre de vivo, pero estás muerto, reanima lo que en ti está a punto de morir, pues Dios no ha encontrado perfectas tus obras. Arrepiéntete, pues Él, el Señor va a llegar de manera inesperada. El vencedor será revestido de blancas vestiduras, su nombre estará escrito en el Libro de la Vida, y Jesucristo, lo proclamará ante el Padre y sus ángeles (Apocalipsis 3)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)