Categoría: Familia

La solidaridad humana

El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de “amistad” o “caridad social”, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (cf SRS 38-40; CA 10):

Un error capital, “hoy ampliamente extendido y perniciosamente propalado, consiste en el olvido de la caridad y de aquella necesidad que los hombres tienen unos de otros; tal caridad viene impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora” (Pío XII, Carta enc. Summi pontificatus).

Religiones

La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella:

«Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda [] forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión» (GS 29,2)

Burlas y persecuciones

Cuando una persona está en un cuarto oscuro por un largo tiempo, y viene alguien y de repente enciende una bombilla, ésta se siente encandilada, siente que la luz le fastidia, no la soporta e intenta apagarla. Esto mismo le ocurre al mundo, se encuentra sumergido en las tinieblas del pecado, y es por ello que cuando viene un cristiano con la luz de Cristo, le fastidia, le incomoda y por ello intenta apagarlo. Es así como, cuando el mundo no logra seducirnos y conformarnos a su mentalidad entonces intenta desanimarnos y apabullarnos a través de burlas y persecuciones.
Pero no hay que olvidar que el cristianismo siempre ha estado marcado por la persecución, el mismo Cristo la padeció y nos advirtió que sus discípulos serían aborrecidos y perseguidos por el mundo: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de toda clase de males” (Mt 5,11). En sus inicios, el cristianismo fue víctima de violentas y sangrientas persecuciones, que se daban abiertamente, y en las que cientos de mártires derramaron su sangre. Ahora, asistimos a una persecución solapada pero feroz, a una persecución moral que se da a través del lenguaje -chistes y burlas que ridiculizan lo sagrado, lo piadoso y lo moral-, de los medios de comunicación -que se encarnizan mostrando aquellas noticias escandalosas en que aparece involucrado un sacerdote o una religiosa-, de las leyes -que atentan contra la vida, la familia, el matrimonio, la libertad religiosa-. En fin, es una persecución cultural, donde tal vez no se prohíbe abiertamente el cristianismo, pero donde la estrategia es crearle un ambiente totalmente adverso. Una persecución que busca acorralar el cristianismo, que quiere sacar la fe del ámbito público y reducirla a lo privado.
Pero Jesús nos dijo “felices los perseguidos por causa mía”, por ello debemos estar alegres, tener la frente en alto y estar dispuestos a dar la batalla. Debemos ser valientes, ir contra corriente y no resignarnos a la mediocridad de este mundo, pues los mediocres solo se burlan de aquellos a quienes no pueden imitar

Pecado y pecador

Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo

Prójimo

El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40)

Dignidad humana

El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral (cf PT 65). Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas

Hombre

La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre: «La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y [] de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia» (SRS 47)