Categoría: Familia

ANGELUS



El Ángel del Señor
lo anunció a María.
Y concibió por obra
del Espíritu Santo.

Dios te salve, María…
Santa María…

He aquí la esclava
del Señor.
Hágase en mí según
tu palabra.

Dios te salve, María…
Santa María…

El Verbo se hizo carne.
Y vivió entre nosotros.

Dios te salve, María…
Santa María…

Rogad por nosotros,
Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos
de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

Envidia

El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la oveja (cf 2 S 12, 1-4).

La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2, 24) «Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros
Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras» (San Juan Crisóstomo, In epistulam II ad Corinthios, homilía 27, 3-4).

Sobre el décimo mandamiento



No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos. La catequesis tradicional señala con realismo “quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas” y a los que, por tanto, es preciso “exhortar más a observar este precepto”:

«Hay comerciantes que desean la escasez y la carestía de las mercancías, y no soportan que otros, además de ellos, compren y vendan, porque ellos podrían comprar más barato y vender más caro; también pecan aquellos que desean que sus semejantes estén en la miseria para ellos enriquecerse comprando y vendiendo. También hay médicos que desean que haya enfermos; y abogados que anhelan causas y procesos numerosos y sustanciosos» (Catecismo Romano, 3, 10, 23)

AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO

Décimo mantenimiento de la ley del Dios

AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO

No codiciarás nada que sea de tu prójimo» (Ex 20, 17)
No desearás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo (Dt 5, 21)
«Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6, 21)

El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (cf 1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2, 2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14, 12). El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

EL JUICIO



Podemos imaginar que delante de nosotros funciona día y noche, desde el instante en que empezó nuestra vida consciente y racional, una máquina cinematográfica invisible que está filmando nuestra vida interior y exterior. Es inútil cerrar la puerta con llave para quedarnos completamente solos, de nada sirve apagar la luz, pues el “cine de Dios” funciona perfectamente a oscuras.

A la hora de la muerte, en el momento mismo de exhalar el último suspiro, contemplaremos como únicos espectadores, pero bajo la mirada de Dios, la película de toda nuestra existencia terrena: he ahí el juicio particular. Y esa misma película se proyectará públicamente algún día ante la humanidad entera: ha ahí el juicio final

La pureza exige el pudor



Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas.

La muerte



es consecuencia del pecado

La muerte es la paga por el pecado, ésta no se encontraba en el plan de Dios. La Iglesia así nos lo ha enseñado: «Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre” (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es “salario del pecado” (Rom 6, 23;cf. Gén 2, 17)» (Catecismo, 1006). El hombre por naturaleza era mortal, pero Dios le había dado el don de la inmortalidad; este don lo perdió con el pecado.

San Alfonso nos exhorta a que consideremos la muerte para que no nos asuste cuando toque a nuestras puertas: «Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar: mira en aquel cadáver, tendido en su lecho mortuorio, la cabeza inclinada sobre el pecho, esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos, desencajadas las mejillas, el rostro color ceniza, labios y lengua color de plomo; yerto y pesado el cuerpo…¡tiembla y palidece quien lo ve! Observa como aquel cadáver va poniéndose amarillo, después negro. Aparece en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y repugnante de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda que cae por tierra. Nace en tal podredumbre multitud de gusanos que se nutren de la misma carne… y de todo aquel cuerpo no queda más que un fétido esqueleto que con el tiempo se deshace, separándose de los huesos y cayendo del tronco la cabeza»… y continúa el santo preguntando «¿Dónde está pues la hermosura que hoy te agrada? en esta pintura de la muerte, hermano mío, reconócete a ti mismo y ve lo que un día vendrás a ser. Hoy te cubre el oro y la seda, mañana te cubrirá la tierra y la podredumbre. Hoy te cortejan los hombres, mañana te cortejarán los gusanos. ¡Oh, cuán solo y abandonado quedará el cuerpo en la pobre sepultura! ¿Por qué sirves tanto a la carne que ha de servir de alimento a los gusanos?»[3]

Frente al tema de la muerte siempre debemos recordar que con absoluta seguridad moriremos, y aunque la miremos a lo lejos, llegará; no sabemos cómo ni cuándo ni dónde moriremos, pero sí sabemos que morir mal es un error irreparable: Cualquier otro error tiene solución… morir en pecado mortal significa condenarse para siempre. ¡Si te acuestas a dormir en pecado mortal, mañana puedes amanecer en el infierno!

El combate por la pureza



El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios lo consigue

— mediante la oración: «Creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito: que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado» (San Agustín, Confessiones, 6, 11, 20).

El arte sacro



es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza sobreeminente e invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, “Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia” (Hb 1, 3), en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, en los Ángeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador

Por eso los obispos deben personalmente o por delegación vigilar y promover el arte sacro antiguo y nuevo en todas sus formas, y apartar con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro (cf SC 122-127)

Sandro Botichelli Madonna

Catedral



Tiene algo distinto, posee algo único. Es grande, es inmensa, y no es fría ni distante. Habitualmente se incluye en el recorrido turístico de la ciudad, pero no es un museo, ni un edificio muerto habitado por sombras del pasado y memorias de lo que fue tal vez alguna vez.

La catedral es un edificio vivo. El Espíritu Santo es su gran animador. En la catedral hay vida sobrenatural, la de la gracia y los sacramentos, y vida activa, la del pueblo cristiano que acude, que es convocado, que reza.

La catedral es un gran edificio, una mole. Su tamaño está pensado con una doble coordenada: glorificar a Dios y levantar un templo hermoso por Dios y para Dios, y al mismo tiempo, capaz de albergar a los fieles cristianos de toda la ciudad y diócesis. Ver una catedral, tan grande y tan hermosa y tan alta, es recordatorio perenne doble: por un lado buscar en todo la gloria de Dios, por otro lado entender que ese edificio alberga algo tan vivo como la Iglesia cuando se reúne para la santa liturgia y todos cabemos y todos tenemos un lugar.

La catedral suele ser alta, además con un campanario que destaca sobre el conjunto de las demás edificaciones locales. La catedral se suele hacer visible desde muchos puntos de la ciudad; antes, sin edificios altos sino casas bajas, sí dominaba la vista de todo. A ella concurren las miradas. Es un signo para los hombres, es un signo para cada generación: el signo de Dios que pone su morada en medio de nosotros, aunque tal vez no le demos tanto relieve, ocupados en mil cosas. Su belleza llama la atención, es un reclamo. Se produce una primera epifanía, la de la belleza de Dios:

“Al contemplar las bellezas creadas por la fe, constatamos que son sencillamente la prueba viva de la fe. Esta hermosa catedral es un anuncio vivo. Ella misma nos habla y, partiendo de la belleza de la catedral, logramos anunciar de una forma visible a Dios, a Cristo y todos sus misterios: aquí han tomado forma y nos miran. Todas las grandes obras de arte, todas las catedrales –las catedrales góticas y las espléndidas iglesias barrocas- son un signo luminoso de Dios y, por ello, una manifestación, una epifanía de Dios” (Benedicto XVI, Enc. con el clero de la diócesis de Bolzano-Bressanone, 6-agosto-2008).

Es un signo: es la morada de Dios. Pero es signo también de la Iglesia misma, Madre, en medio de sus hijos. Es la Iglesia, cercana a los gozos y esperanzas, a las angustias y tristezas del hombre de cada época, de cada persona. Es signo de la Iglesia que está presente, no escondida, amordazada o acobardada, señalando al Único que puede salvar: Jesucristo.

¡Hay más! La catedral, tan grande, tan hermosa, tan potente, está formada por muchas piedras, cada cual en su sitio, que permite distintas pilastras y columnas, arcos y bóvedas, ábsides, arbotantes, fachadas, etc… Muchas piedras, distintas, con diferentes funciones pero todas necesarias para sostener y equilibrar las fuerzas del conjunto. ¿No es bello? Así mismo es la Iglesia: cada cual, por el bautismo, es una piedra viva, una piedra santa, que se inserta en la Iglesia. Mirar una catedral es reconocerse cada uno una pequeña piedra en la construcción espiritual de la Iglesia: ser piedra fiel, en la vocación propia y con el apostolado que se le haya confiado; ser una piedra tratada que se catedral de burgosajuste bien a las otras piedras, por la penitencia, la mortificación y la caridad, sin pretender destacar. ¡Piedra viva de la Iglesia!

Tu catedral, hermosa, puede ser románica, gótica, renacentista, barroca, neogótica… y, de forma independiente a su estilo arquitectónico-artístico, nos lleva una reflexión ulterior. La Iglesia es perenne, nació de Cristo y la Iglesia culminará su trayectoria terrena cuando venga el Señor en su gloria.

La Iglesia la han formado y la forman multitud de generaciones que antes de nosotros han sido fieles católicos y han transmitido la fe a sus hijos y a sus nietos. Entramos en una catedral que años atrás, siglos atrás, convocó a otras generaciones cristianas. Seamos humildes. La Iglesia no nace con nosotros, no la hacemos nosotros a nuestro gusto y diseño, no adquiere vida con nosotros como si todo lo anterior fuera malo o no hubiese existido: la Iglesia no nace con nuestros Sínodos, reuniones, programas pastorales… ni se ahoga con nosotros. ¡Cuánta autosuficiencia hay hoy con esto! ¡Como si la Iglesia verdadera la hubiésemos descubierto y fabricado nosotros! La Iglesia permanecerá después de nosotros hasta la venida de Cristo. La Iglesia es Tradición viva. Seamos humildes y fieles a ella. A eso nos invita la contemplación de la catedral

Javier Sánchez Martínez