El Hombre de Piltdown



Como premio a tantos desvelos y a tantas búsquedas, se descubrió finalmente en 1912 en Piltdown, Inglaterra, un fósil que muestra caracteres verdaderamente intermedios entre el mono y el hombre; esto es: un cráneo de tipo humano junto con una mandíbula simiesca. Este fósil descubierto por un aficionado, Charles Dawson, con la colaboración de Sir Arthur Smith Woodward y Teilhard de Chardin, fue bautizado como Eoanthropus Dawsoni–en honor a su descubridor– e hizo su entrada triunfal en los museos, enciclopedias, libros de antropología y publicaciones de distinto tipo con gran rimbombancia. Y no era para menos; al parecer el tan ansiado eslabón intermedio, ¡había aparecido al fin! Hasta se sugirió–por la forma vagamente reminiscente a un bate de béisbol que tenía un hueso cercano al fósil– que éste ya habría jugado al cricket (¿?), lo cual era de esperar tratándose de un inglés de pura cepa.

Es cierto que algunos antropólogos sugerían tímidamente que el fósil era demasiado “intermedio” para ser real y no terminaban de convencerse acerca de la validez de este hallazgo. Pero el “consenso” de la comunidad científica hizo caso omiso a tales advertencias. ¿Acaso este fósil no estaba apadrinado por Sir A. Smith Woodward, uno de los más eminentes paleontólogos de la época y respaldado nada menos que por Sir A. Keith, el más célebre de los antropólogos británicos? ¿No contaba además con el aval del mismísimo Museo Británico–el recinto más solemne de la ciencia inglesa– que le había dedicado un inmenso mural en su salón de entrada donde se reproducía, para la posteridad, la trascendente escena de la presentación del Hombre de Piltdown? Ningún fósil en la historia de la paleo- antropología había tenido mayor respaldo científico y periodístico.

Debido a la importancia trascendental del hallazgo y con el objeto–sin duda– de evitar cualquier accidente que pudiera dañarlo, el fósil quedó instalado en una caja fuerte–dice D. Johanson– y si alguien quería mirarlo, podía hacerlo, pero no estaba permitido tocarlo ni someterlo a prueba alguna… Mirar para admirar, sí pero mirar para examinar críticamente, no, eso era dudar de la “ciencia”…, como le dijeron seguramente a Louis Leakey, uno de los pocos que intentó hacerlo. Richard Leakey (hijo de Louis) decía que su padre “pidió autorización para estudiar los ejemplares originales en 1933. Al igual que muchas otras peticiones como ésta, la de Louis fue rechazada. Solo pudo echarle un vistazo, el material se guardó de nuevo y a él le dejaron únicamente los modelos”

Varios años después, en 1953 tres científicos de la Universidad de Oxford, J. Weiner, K. Oakley y W. Le Gros Clark, consiguieron finalmente examinar los originales y descubrieron que todo había sido un gran fraude: el cráneo–de un hombre moderno– había sido tratado con sustancias químicas para simular una gran antigüedad y “plantado” en el sitio del hallazgo junto con la mandíbula de un orangután, con los dientes limados, para simular un desgaste de tipo humano. Se había desenmascarado de esta manera lo que es hoy considerado el fraude más sensacional en los anales de la paleo- antropología y uno de los más grandes en la historia de la ciencia.

Ante el bochorno del “establishment” antropológico británico, el H. de Piltdown desapareció raudamente de escena y si bien la mayoría de los autores siguen considerando culpable a Dawson y deslindando de culpas a Woodward, en los últimos años ha habido una reconsideración del papel jugado por el otro investigador involucrado en este hallazgo, el pseudo- teólogo católico, padre Teilhard de Chardin, jesuita.– “¿ Pero cómo suceden estas cosas en los ámbitos científicos?”–se preguntará el lector. El problema de la Antropología, como bien marca Leguizamón, es que en su orientación está constituida por la hipótesis evolucionista- darwinista que la informa, la cual al ser aceptada prácticamente como un dogma de fe, ha creado un fuerte prejuicio respecto al origen del hombre que deforma la interpretación de la evidencia y hace arribar a conclusiones erróneas–y aun ridículas– a pesar de la indudable capacidad muchas veces eminente, de los investigadores en este campo. Este dogma evolucionista del origen del hombre, que plantea como única alternativa racional su procedencia a partir del mono, pareciera haber suprimido toda actitud crítica en muchos científicos, en especial entre los antropólogos y en lugar de ser–en todo caso– una simple hipótesis de trabajo, se ha transformado en una venda sobre los ojos que les impide la visión.

Como decía Richard Leakey “el cuerpo científico cayó completamente en la trampa, no porque el cráneo de Piltdown fuera demostrablemente antiguo y genuino, sino porque este encajaba con los fuertes prejuicios sobre lo que debían ser nuestros antepasados”. Ya veremos cuál ha sido y es, la actitud del “establishment” científico frente a los fósiles que están en contra de sus prejuicios.

Que no te la cuenten 1: La falsificación de la historia. Javier P. Olivera Ravasi

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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