El argumento del mal



El argumento del mal “Solo existe un argumento verdaderamente fuerte contra la creencia Dios: el de la existencia del mal”, decía el filósofo y teólogo norteamericano Alvin Platinga. En efecto, todos nosotros en algún momento de nuestras vidas frente a la innegable evidencia de la injusticia y el sufrimiento que observamos -y experimentamos- en el mundo, nos hemos preguntado cómo es posible que exista un Dios Amoroso y Bueno que permita todo eso.

Enunciación
La formulación más fuerte y persuasiva de la inexistencia de Dios a partir de la evidencia del mal se estructura lógicamente más o menos como sigue:

1. Un Dios omnisciente sabe que el mal sucederá.
2. Un Dios bondadoso no desearía que el mal exista.
3. Un Dios omnipotente podría evitar dicho mal.
4. El mal existe.
5. Luego, una de las tres primeras premisas tiene que ser falsa.
6. Pero no puede haber un Dios que no sea Omnisciente, Bondadoso y Omnipotente.
7. Luego, Dios no existe.

Quien conozca de historia de la filosofía ya se habrá dado cuenta de que lo precedente se trata de una formalización de la famosa paradoja de Epicuro: “¿ Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?”

Para resolver del todo el llamado problema del mal que nos presenta el argumento debemos abordarlo desde tres perspectivas, a saber: la ontológica, la moral y la existencial

Refutación

El problema del mal moral Pasemos ahora a examinar el “problema del mal moral”. Como su mismo nombre indica este nos plantea la cuestión de cómo es posible que exista un Dios amoroso y bueno que permite que existan personas moralmente malas que causan daño y sufrimiento a otros. Aquí resulta una estrategia interesante la de trasladar el problema hacia el ateo. Si al ateo le parecen mal ciertas cosas del mundo (asesinatos, robos, violaciones, etc.) podemos preguntarle cómo es que, desde su cosmovisión, fundamenta que esas cosas están realmente mal. Así, el ateo queda enfrentado a un terrible problema: el fundamentar la existencia de valores (o antivalores) morales objetivos en la ausencia de Dios. La cuestión es en verdad difícil pues, como decía Dostoievsky, “si Dios no existe, todo está permitido” (5). Ahora bien, dado este contexto, el ateo solo tiene cuatro formas básicas de fundamentar los valores morales:

1) subjetivamente, en base a las normas morales que determinan para sí mismos los sujetos; 2) sociológicamente, en base a las normas establecidas en las diferentes sociedades para su coexistencia y supervivencia;
3) evolutivamente, como un producto de la evolución biológica; y
4) utilitaristamente, en base de su conveniencia para conseguir el placer o evitar el dolor.

¿Nos da alguna de estas cuatro opciones una fundamentación objetiva de los valores morales y, en consecuencia, del mal moral? Creemos que no. Para demostrarlo analizaremos cada una de las opciones:


Fundamentación utilitarista:

Tampoco los criterios utilitaristas pueden constituirse como una base objetiva para los valores morales. Si es bueno lo que nos causa placer y malo lo que nos causa dolor, podríamos decirle al ateo (hipotéticamente, claro está) que los que más felices nos haría sería causar dolor a otros. Él podría respondernos que ello es moralmente malo porque al actuar así estaríamos disminuyendo la “felicidad total” de la sociedad. Pero simplemente podríamos replicar que eso no nos interesa: ¿Qué nos importa la sociedad?, ¿qué nos importan los demás?, ¿tienen acaso algún valor moral objetivo? ¡No! Como decía Nietzsche “Dios ha muerto” y, en consecuencia, “ya no hay un arriba ni un abajo”, es decir, no hay ninguna escala objetiva de valores que debamos seguir.

El ateo todavía podría aducir que de todas maneras no debemos dañar a otros porque si lo hacemos seremos castigados por la ley y ello hará disminuir nuestra felicidad. A eso podemos responder (nuevamente de modo hipotético) que somos unos sádicos que disfrutamos causando dolor a los demás pero que también somos unos masoquistas a los que les gusta sentir dolor. Por tanto, el ser atrapados y castigados aumentaría nuestro nivel de felicidad, con lo cual también, desde un punto de vista utilitarista, ¡se trataría de una acción moralmente buena! Pero nuestra experiencia moral más primaria nos dice que ello no es así… Vemos, entonces, que el ateo no puede fundamentar coherentemente la existencia del mal moral desde su cosmovisión.

No obstante, como correctamente ha señalado el pensador ateo Jeffrey Jay Lowder, el argumento del mal “reta la coherencia interna de la cosmovisión teísta” (8). Entonces, tenemos de todos modos que abordar el problema del mal desde una perspectiva creyente. Para enfocar bien esto comencemos por imaginarnos que Dios efectivamente escucha nuestro pedido de eliminar la maldad del mundo y en su infinito Poder y Bondad comienza a intervenir a cada momento para evitar el mal moral. ¿Qué sucedería entonces? Algo muy simpático y sencillo: que todos nosotros dejaríamos inmediatamente de existir.

En efecto, dado que la maldad moral reside primariamente en la voluntad de los sujetos tendríamos que Dios, si en verdad quisiera eliminar del todo el mal moral, no tendría más opción que quitarnos la libertad ya que para lograr dicho fin no bastaría con eliminar las malas acciones sino también -y sobre todo- las malas intenciones. Pero, dado que al ser personas nos constituimos como seres esencialmente libres, Dios tendría que hacer que fuésemos “seres libres – no libres” con lo cual dejaríamos de existir pues, como dice Aristóteles, “lo contradictorio no puede ser”. El filósofo C. S. Lewis nos explica esto de modo magistral: “Podemos, a lo mejor, imaginarnos un mundo en que Dios a cada instante corrigiera los resultados del abuso de libre albedrío por parte de sus criaturas, de manera que una viga de madera se volviera suave como el pasto al ser usada como arma, y que el aire rehusara obedecerme si yo intentara propagar ondas sonoras portadoras de mentiras o insultos. Pero, en un mundo así, las acciones erróneas serían imposibles y, por lo tanto, la libertad de la voluntad sería nula.

Es más, si el principio se llevara a su conclusión lógica, los malos pensamientos serían imposibles, porque la materia cerebral que usamos al pensar, se negaría a cumplir su función al intentar nosotros dar forma a esos pensamientos” . Entonces, ¿tiene Dios razones morales suficientes para permitir el mal moral? Claro que sí. Un ser máximamente bondadoso deseará un mayor bien para sus criaturas y la capacidad de amar se constituye como el mayor bien posible porque es el que más asemeja a la criatura a Dios y le permite conocerle. Pues bien, dado que -como decía Lewis- “Dios nos ha hecho el intolerable cumplido de amarnos en el sentido más profundo, más trágico y más inexorable”, Él ha querido para nosotros, las únicas criaturas racionales de la tierra, que tengamos el grandísimo don de poder amar. Pero ello requiere libertad.

El amor es ante todo un acto de la voluntad y, por ende, no puede derivarse mecánicamente hacia su objeto, sino que más bien tiene que desearlo y elegirlo libremente. Por consiguiente, uno no puede ser obligado a amar. Pero en ese caso existe la posibilidad de que elija no amar y actúe en consecuencia, dándose entonces lo que hemos llamado “mal moral”. Ése es el precio que ha tenido que pagar un Dios infinitamente Amoroso y Bueno para que sus criaturas puedan realmente amar. Por tanto, frente a este misterio insondable del amor, no repugna ni a la razón ni a la lógica que un Dios Omnisciente, Omnipotente y Bueno permita la existencia del mal moral.

Tal vez una pequeña historia pueda ayudarnos a entender mejor esto: Un barbero le decía a su cliente mientras le recortaba el pelo: – Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista, como usted dice. – Pero, ¿por qué dice eso? -pregunta el cliente. – Pues es muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe. O… dígame, ¿acaso si Dios existiera habrían tantos asesinos, ladrones y violadores? Yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas esas cosas. El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar la discusión. Cuando el barbero terminó su trabajo y, recién abandonada la barbería, vio en la calle a un hombre con la barba y el cabello largo que se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero. – ¿Sabe una cosa? ¡Los barberos no existen! – ¿Cómo que no existen? -preguntó el barbero- Si aquí estoy yo y soy barbero.

¡No!–dijo el cliente- no existen, porque si existieran barberos no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre que va por la calle. – Ah, los barberos sí existen, lo que pasa es que esas personas no vienen hacia mí. – ¡Exacto!–dijo el cliente- Lo mismo ocurre con Dios. Las personas no van a Dios y por eso hacen cosas malas y dañan a otros. Vemos, pues, que la causa del “mal moral” no está en Dios sino más bien en las criaturas racionales que libremente eligen actuar fuera del orden establecido por Dios.

Esa es la única forma en que puede darse el bien moral y, por tanto, la felicidad plena de las criaturas. Por tanto, no resulta implausible pensar que Dios tiene razones morales suficientes para permitir la existencia del “mal moral”. Luego, no se prueba la conclusión del argumento

Friedrich Nietzsche, La Gaya Ciencia, 1882, no 125

Jeffrey Jay Lowder, «Naturalismo vs. Teísmo: A dónde apunta la evidencia?», debate contra
Phil Fernandes, Universidad de Carolina del Norte, 26 de septiembre de 1999 segunda
refutación

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, Magdalen College, Oxford, 1940, p. 12

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, op. cit., p.16.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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