¿Hay más pruebas de la eternidad del infierno?



Sí; la razón nos provee de varias otras pruebas decisivas de la eternidad del infierno.

1º La creencia de todos los pueblos la afirma.
2º La sabiduría de Dios pide como vindicación por la violación de sus leyes.
3º La justicia divina reclama para castigar al hombre que muere culpable de una falta grave.
4º Finalmente, la soberanía de Dios la demanda para tener la última palabra en la lucha sacrílega del hombre contra su Creador y su soberano Señor.

1° La creencia de todos los pueblos la afirma. – En todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los pueblos han creído en la existencia de un infierno eterno. Hemos hecho notar esta creencia al hablar de la inmortalidad del alma. ¡Cosa asombrosa! El dogma del infierno eterno, que subleva todas las pasiones contra él y causa horror a la naturaleza humana, es el único que los hombres no han discutido. Basta consultar los poetas, los filósofos, los escritores de la antigüedad, y todos, sin excepción, hablan del infierno eterno. Hesíodo y Homero lo pintan a los habitantes de Grecia; Virgilio y Ovidio lo describen en la Roma idólatra. ¿Quién no recuerda los suplicios de Prometeo, de Tántaro, de Sísifo, de Ixión y de las Danaides? Sócrates, citado por Platón, habla de las almas incurables que son precipitadas al eterno Tártaro, de donde no saldrán jamás. Un pagano, gran despreciador de los dioses, el impío Lucrecio, trató de destruir esa creencia, “porque, decía él, no hay reposo y es imposible dormir tranquilo, si se este obligado a temer, después de esta vida, suplicios eternos”. Sus esfuerzos fueron inútiles. La creencia en el infierno eterno fue siempre el dogma fundamental de la religión de todos los pueblos. Celso, filósofo pagano, enemigo acérrimo del Cristianismo, lo confirma en el segundo siglo de la Iglesia. “Tienen razón los cristianos, dice él, en pensar que los malos sufrirán suplicios eternos. Por lo demás, este sentimiento les es común con todos los pueblos de la tierra”. Leyendo la historia de todas las razas: egipcios, caldeos, persas, indios, chinos, japoneses, galos, germanos, etc., vemos que todos creían en un infierno eterno, como en la existencia de Dios. Cuando Colón descubrió América, comprobó que los habitantes del Nuevo Mundo tenían la misma creencia. Un viejo jefe le amenaza con el infierno, diciéndole: “Sabe que al salir de la vida hay dos senderos, uno fulgurante de luz y otro sumido en las tinieblas; el hombre de bien toma el primero, mientras que el malvado echa a andar por el sendero tenebroso hacia el lugar de los suplicios eternos”. ¿Cuál es el origen de esta creencia de todos los pueblos? No pueden ser los sentidos, ni las preocupaciones, ni las pasiones, porque una pena eterna es una pena espantosa que aterra el espíritu y lo desuela, tortura el corazón y lo desgarra. Esta creencia no puede tener su origen sino en la razón, que reconoce la necesidad de un infierno eterno para impedir el mal o castigarlo; o bien este dogma se remonta hasta Dios mismo: forma parte de la revelación primitiva, que es la base de la religión y de la moral del género humano. Pero, tanto en un caso como en otro, esta creencia no puede ser sino la expresión de la verdad.

2º La sabiduría de Dios pide la eternidad de las penas como sanción preventiva. – Todo legislador sabio debe dar a sus leyes una sanción eficaz; y la única sanción eficaz para las leyes de Dios es la eternidad de las penas. Porque, para que surta el efecto deseado, es menester que toda sanción pueda neutralizar las seducciones del vicio, y determinar al hombre a que observe la ley divina, aun con pérdida de su fortuna y de su vida. Ahora bien, la sola esperanza de escapar un día de la justicia de Dios haría ineficaz toda sanción temporal. Todo lo que tiene término no es nada para el hombre, que se siente inmortal. Lo que constituye la eficacia de la sanción no es el infierno, es su eternidad. Lo prueba el hecho de que los malvados aceptan sin dificultad que haya castigo después de esta vida, con tal que no sea eterno. Un infierno que no es eterno es un purgatorio cualquiera. Y el pensamiento del purgatorio, ¿refrena acaso a los malvados? Ese pensamiento apenas inquieta a los justos, porque el purgatorio tiene término. Cierto alemán se avenía a pasar dos millones de años en el purgatorio por gozar el placer de una venganza. Es, pues, la eternidad lo que constituye la eficacia de la sanción. Sin la eternidad de las penas, Dios no sería más que un legislador imprudente, incapaz de hacer observar sus leyes, o de castigar a los calculadores de las mismas.

3º La justicia de Dios requiere la eternidad del infierno, como pena vindicativa para castigar el mal. – Es un principio admitido por todos, que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo < Ahora bien, a no ser por la eternidad del infierno, no habría proporción entre la culpa y la pena < Y, en verdad, la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado, ofendiendo a una Majestad infinita, reviste, por lo mismo, una malicia infinita, merecedor de un castigo infinito. Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad; pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna. Es justo, por consiguiente, que sea condenado al fuego eterno, a fin de que el castigo guarde proporción con la culpa.

4º La soberanía de Dios pide la eternidad de las penas. – Si el infierno debiera tener término, cada uno de nosotros podría hablar a Dios de esta suerte: “Yo sé que Vos me podéis castigar, pero también sé, que tarde o temprano, os veréis obligado a perdonarme a aniquilarme. Me río, pues, de Vos y de vuestras leyes; me río también del infierno, al que me vais a condenar, porque sé que algún día saldré de allí”–. ¿Se concibe que una criatura pueda con razón hablar así de su Creador? Dios es el Señor del hombre, y su soberanía no puede ser impunemente despreciada. El hombre, pecando mortalmente, declara guerra a Dios: ¿quién será el vencedor? Necesariamente debe ser Dios, quien pronuncia la última palabra mediante la eternidad de las penas. Luego, la soberanía de Dios exige que el infierno sea eterno.

CONCLUSIÓN. O el infierno eterno existe, o Dios no existe; porque Dios no es Dios, si no es sabio, justo y Señor soberano. Pero como quiera que sea imposible, a menos de estar loco, negar la existencia de Dios, así también fuera menester estar loco para negar la existencia de un infierno eterno. La existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe. Con el dogma del infierno acontece lo que con el dogma de la existencia de Dios: el impío puede negarlo con palabras, su corazón puede desear que no exista, pero su razón le obliga a admitirlo. La misma rabia con que el incrédulo niega este dogma prueba a las claras que no puede arrancarlo de su espíritu: nadie lucha contra lo que no existe; nadie se enfurece contra quimeras. Es tan difícil no creer en el infierno, que el propio Voltaire no pudo eximirse de esta creencia. A uno de sus discípulos, que se jactaba de haber dado con un argumento contra la eternidad de las penas, le contestó: “Os felicito por vuestra suerte; yo bien lejos estoy de eso”. Voltaire tembló en su lecho de muerte, agitado por el pensamiento del infierno, y la muerte de ese impío ha hecho decir: “El infierno existe”.

J. J. ROSSEAU, sofista mil veces más peligroso que Voltaire, no se atrevió a contradecir la tradición universal, y se contentó con volver la cabeza para no ver el abismo: – No me preguntéis si los tormentos de los malvados son eternos; lo ignoro – No tuvo la audacia de negarlo. ¡Tanta autoridad y fuerza hay en esas tradiciones primitivas que Platón conoció, que Romero y Virgilio cantaron y que se encuentran en todos los pueblos del Viejo y del Nuevo Mundo; tan imposible es derribar un dogma admitido en todas partes, a despecho de las pasiones unidas desde tantos siglos para combatirlo!

R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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