Un político SantoSan Luis, rey de Francia y las Cruzadas



entre los políticos hubo santos, aunque no se crea… Modelo entre.modelos admirables, san Luis Rey ejerció el gobierno de un modo completo, personal y absoluto con el único fin con que es lícito hacerlo: buscando el bien común. Sin favoritismos y en contra de ellos, pero a favor de los reales necesitados, a quienes socorrió con sencillez de padre. Ejemplo de gobernante santo, tanto castigaba a los blasfemos como impartía justicia públicamente
escuchaba personalmente las quejas de su grey y reparaba con equidad la situación del débil y del desposeído, acabando con los abusos de los arrendadores o con los maltratos de los recaudadores y usureros. Era para sus súbditos un consuelo y un jefe misericordioso. Un bien para el alma y para los cuerpos.

Nadie parece haberlo aventajado en el cuidado de las finanzas y en la administración de la hacienda, al punto que había pasado muchos años de su muerte y la población humilde seguia reclamando «las monedas de san Luis». Maestro de la caridad y de la piedad, tan
pronto repartía libros y donaba bibliotecas, como entregaba limosnas y víveres. Tan seguro de sí en la expulsión de los perjuros y en la asistencia a los menesterosos. Tan grande con
el yelmo y la corona real, o con el hábito de peregrino cuidando leprosos calladamente. Tan brioso en la formulación de los artículos del Credo y rienda en mano, al frente de sus tropas
implacables. El hombre que enseñaba a su hijo Felipe a no ser tolerante con los sembradores de sacrilegios y que no ahorraba el hierro para mantenerlos a raya y con merecidos castigos. El primero en avanzar en tiempos de pelea y el primero en la paz,
visitando ciegos y desvalidos. Primero en la vigilancia moral y espiritual de sus subordinados, primero en el amor y en el desprendimiento, y asimismo primero en imponerse penitencias y mortificaciones severas (todavía hoy se conserva en el museo
de Notre Dame de París, la camisa ensangrentada que utilizaba a disciplinarse duramente).

Su figura ascética y caballeresca sigue siendo admirada por el mundo entero

Semejante hombre no podía dejar de ser Cruzado. Por eso no le importó estar enfermo y haber sido dado por muerto a causa de sus graves dolencias. La campaña de Poitou y Saintonge lo había regresado envuelto en fiebres y en dolores fatales. Fueron días largos y tensos en los cuales se lloró por su partida y en los que se creyó en su definitivo final terreno. Quedó quieto y mudo sobre su lecho, envuelto en oraciones y en amargas
expectativas. Pero bastó que recuperara el aliento y la palabra para que ordenara al Obispo de París que lo invistiese Cruzado, «Señor Obispo»-le habló- «os ruego ponerme en la espalda la cruz del viaje de ultramar» No hubo ruego ni prevención humana que lo hiciera desistir de su propósito. Su vida era lo menos reservado que poseía, y estaba consagrada por entero a la gloria del Redentor.

Tomó la cruz, agradeció profundamente al Creador, y besándola dijo simplemente: «Ahora sí estoy curado». Ordenó las cuestiones internas de su reino, tomó todas las precauciones prácticas y se puso en camino. Ningún detalle quedó fuera de su atención épica: fundar un puerto de embarque o almacenar forrajes, alistar pontoneros o planificar obras de compleja ingeniería, recorrer terraplenes y edificar galerías para el resguardo de la tropa: pero precisamente porque era un santo y las preocupaciones terrenas tenían su sitio, una vez satisfechas, armó espiritualmente a sus hombres con una mística fervorosa y
ardiente, Gracias a ella pudieron resistir las peores adversidades y ejecutar las más nobles hazañas. Como el Conde Pedro de Bretaña y sus compañeros de prisión que prefirieron el martirio a una libertad indigna. Como Villain de Verfey y Guy de Dammartin que enemistados personalmente se perdonaron en vísperas de lucha porque no podíian combatir faltos de caridad.

Jinete diestro, tumbando enemigos a su paso, ballesta y lanza en mano en medio del agua, cuando le tocó pelear all arrojado desde una nave, tal como lo cuenta Juan de Beaumont; arengando a sus guerreros con voces encendidas, como en las puertas de Damiette, enarbolando el estandarte de la flor de lis entre el estruendo de los timbales y los gritos de la lucha, magistralmente entero ante las exigencias del Sultán cuyas presiones no lo arredraron ni lo rindieron sus amenazas, firme en el cautiverio y en el trono, leal a la palabra empeñada aun a costa de sus privados intereses y despojado de toda vanidad, sin
perder jamás el señorío, como parece recreárnoslo el pórtico de la Catedral de Reims en el famoso retablo de ‘La Comunión del Caballero». Su discurso a los combatientes a la vista de las riberas de Damiette es un retrato acabado de su estatura religiosa y guerrera, una clase magistral de la doctrina de las dos espadas, un canto al sentido cristiano de la lucha: «Mis fieles amigos: seremos invencibles si permanecemos inseparables en nuestra caridad, No ha sido sin el permiso de Dios que hemos arribado tan pronto aquí. Abordemos esta tierra, cualquiera que sea, y ocupémosla decididamente.. Todo está por nosotros, cualquier cosa que nos ocurra. Si somos vencidos, subiremos al cielo como mártires; si por el contrario triunfamos la gloria del Señor se celebrará con ello, y la de toda Francia o más aun la de toda la Cristiandad, será por ello más grande. Dios, que todo lo prevé, no me ha incitado a esto en vano. Esta es su causa, combatimos por Jesucristo y Él triunfará con nosotros; y esto dará gloria, honor y bendición no a nosotros sino a Su Nombre». No conforme con sus campañas el Santo Rey organizó una segunda cruzada con el propósito
de completar y mejorar la primera. Su salud ya declinaba irremisiblemente. El Papa Clemente IV vaciló antes de darle su consentimiento, pero entendió al fn, seguramente, que no era aquel un hombre que pudiera contener su celo apostólico Por falta de plenitud corporal, Otra vez las banderas, los estandartes y las lanzas. Otra vez las cabalgaduras y la Cruz en alto. Otra vez el esfuerzo, el sacrificio y la lucha. Hasta que ya no pudo levantarse sino con la mirada y con el alma. Su tienda de agonizante semejaba una capilla. La misa y los diarios oficios litúrgicos se celebraban en ella, y un crucifijo se enarbolaba al final de su lecho, que el caballero bendecía y besaba con unción. Seguía las letanías, aun musitándolas por la debilidad de su voz, y no quería dejar de arrodillarse para recibir la Sagrada Forma., «Iremos a Jerusalén», le oyó decir su confesor Geoffroi de Beaulieu, poco antes de morir. Y no se equivocaba. La Jerusalén Celestial lo aguardaba gozosa, y hacia ella partió al fin repitiendo las palabras del Salmista: «Entraré en vuestra casa, adoraré a vuestro templo y confesaré vuestro nombre». Era el comienzo de su
mejor Cruzada

MARIUS SEPET, San Luis, rey de Francia, Excelsa, Buenos Aires 1946

HENRY BORDEAUX, San Luis, Rey de Francia, Espasa Calpe, Buenos Aires 1951

Camisa de San Luis, ensangrentada y sin una manga, en Notre dame

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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