Santa Teresa de Jesús



vivió muriendo de amor, deseando ardientemente morir para ver a Dios. Fue impresionante -declaran los testigos que lo vieron- la expresión de su alegría celestial cuando, al recibir el viático en su pobre celda de Alba de Tormes, le decía a su Dios y Señor: “ya es hora, Señor, ya es hora de que nos veamos para siempre en el Cielo”»

El Cielo debe ser la aspiración más profunda del cristiano, pues allí nos esperan Jesús y nuestra Santísima Madre, para disfrutar de su compañía eternamente. Un consagrado a María debe vivir con los pies en el suelo y el corazón y los ojos en el Cielo, pues así vivió siempre ella.

ROYO, Antonio. Teología de la salvación. Madrid: La Editorial Católica (BAC), 1997. P. 444

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