Flagelación, escarnio y presentación al pueblo



«Y Pilato tomó a Jesús y mandó azotarle», dice escuetamente San Juan (Jn 19,1). El último de los evangelistas utiliza el verbo griego mastigóo; San Mateo y San Marcos, por su parte, emplean el verbo flagheóo. Ambos son sinónimos y tienen el significado de flagelar. Se trataba de una pena aplicada en las provincias sólo a los no romanos (si se hubiese tratado de un ciudadano romano le hubiese cabido el azote con varas flexibles y, en caso de haber sido militar, con un bastón rígido). Tratándose de Cristo cupo el flagellum. Ricciotti define este instrumento de castigo como «un látigo recio con abundantes colas de cuero, de la que colgaban bolas metálicas o puntas afiladas (escorpiones)»[ 71] y era ejecutado por los soldados con diversos fines: – como instrumento inquisitivo (ej.: arrancar una confesión), – como pena de muerte (pena especialmente militar), – como un castigo independiente, – o como preludio de la ejecución.

Dada la actitud de Pilato, es altamente probable que, haya querido usar dicha medida para salvar a Jesús de la muerte, utilizándola como pena independiente. El fundamento de lo dicho es claro: la pena que recibida por Cristo será severísima sin que ella llegase a la muerte. Ningún delito justificaron los azotes, pero Pilato quería aplicárselos para suavizar los gritos de las turbas. Es el propio San Lucas quien da en la clave: «Le corregiré y le soltaré», nos dice (Lc 23, 16), mostrando cómo entendía la pena infligida. También en San Marcos la orden de la flagelación resulta un castigo distinto de la crucifixión que, además, lo precede. San Juan dice simplemente: «lo tomó y mandó azotarle», siendo claro que se trataba de una pena independiente, marcando incluso la separación real y temporal al decir con el adverbio temporal: «Entonces… se lo entregó para que lo crucificasen…» (Mt 27, 26). Conforme al derecho romano, quien era entregado a los soldados para un castigo semejante, quedaba enteramente a merced de sus verdugos perdiendo no sólo el status de ciudadano romano–en el caso de que lo fuese– sino hasta la misma categoría de persona humana. Dice Ricciotti: «El que iba a ser flagelado era considerado como un hombre que había perdido su condición humana, una caricatura vacía de contenido y no protegida por la ley, un cuerpo sobre el que se podía herir a discreción»[ 72], lo que significaba que el castigo no estuviese limitado a un número determinado de golpes, a diferencia del judío que era bien preciso: treinta y nueve azotes, como recuerda San Pablo, «cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno…»

¡Crucifícalo!: Análisis histórico-legal de un deidicio
Javier Olivera Ravasi

Columna de la flagelación

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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