Clive Staples Lewis



Tal vez pocos lo sepan o perciban, pero la famosísima serie de libros infantiles “Las Crónicas de Narnia” tiene en realidad un trasfondo cristiano: representa la fantástica lucha entre el bien y el mal, en medio de la cual el creador de Narnia -el león Aslan- se inmola para salvar al mundo. Sin embargo, unos años antes Lewis ni siquiera era creyente… hasta que fue sorprendido por la Alegría. Clive Staples Lewis (más conocido como C. S. Lewis) nació el 29 de noviembre de 1898 en Belfast (Irlanda). Hijo de un notario y de la hija de un pastor protestante, Lewis fue el menor de dos hermanos. Su niñez estuvo rodeada por cuartos vacíos, áticos explorados en solitario, largos pasillos, bellos jardines, y sobretodo libros, muchos libros. Sin embargo, como él mismo cuenta en su obra autobiográfica Sorprendido por la Alegría (1955), en aquella época sucedió un hecho que marcó su vida: la muerte de su madre.

A partir de allí comenzó a ver al mundo como un lugar frío y desolado. “Si me piden que crea que esto es obra de un espíritu benévolo y omnipotente, mi respuesta es que toda la evidencia apunta en el sentido contrario”. Ya desde entonces, “antes de leer a Lucrecio, sentía la fuerza de su argumento: Si Dios hubiera creado el mundo no sería un mundo tan débil e imperfecto como lo vemos”. Unos pocos años después Lewis fue a concluir sus estudios preuniversitarios con “el Viejo Knock”, el señor Kirk. Lewis, influenciado por lo que le había dicho su padre, esperaba encontrar a un hombre supersentimental. Se encontró con todo lo contrario: “Si alguna vez ha existido un hombre que fuera casi un ente puramente lógico, ese hombre fue Kirk. (…) Tomaba la observación más intrascendente como un emplazamiento a la discusión. (…) No se ahorraba una refutación lógica ni siquiera en atención al sexo ni a la edad. Le asombraba que hubiera quien no deseara que le aclarasen algo o le corrigiesen”.

Aunque al comienzo fue difícil, las conversaciones con Kirk ayudaron tremendamente a Lewis a desarrollar aquella dialéctica irónica y sutil y aquella lógica apabullante que tanto utilizaría luego en sus libros apologéticos. “Al final, a menos que me sobreestime, me convertí en un ‘sparring’ nada despreciable. Fue un gran día aquél en que el hombre que durante tanto tiempo había peleado para demostrar mi imprecisión, me acabó advirtiendo de los peligros de tener una sutileza excesiva”.

En 1917, durante la primera Guerra Mundial, participa como soldado del frente francés. Al tiempo cae enfermo y es enviado al hospital Le Tréport, donde permanecerá “tres deliciosas semanas”. “Fue allí donde leí por primera vez un ensayo de Chesterton. Nunca había oído hablar de él ni sabía qué pretendía; ni puedo entender demasiado bien por qué me conquistó tan inmediatamente. Se podría esperar que mi pesimismo, mi ateísmo y mi horror hacia el sentimentalismo hubieran hecho que fuera el autor con el que menos congeniase. Puede ser que la Providencia, o alguna ‘causa segunda’ de algún tipo extraño, dirige nuestros gustos previos cuando decide unir dos mentes”. Chesterton sería decisivo en la conversión de Lewis. Como ya habíamos dicho “Dios sabe nuestros gustos”…
poco pequeña (…). No era que no me gustaran. Todos ellos eran entretenidos, pero nada más. Parecían poco profundos, demasiado simples. El dramatismo y la densidad de la vida no aparecían en sus obras”.

Culminados sus estudios con excelentes calificaciones se incorpora inmediatamente al grupo de profesores y ya desde 1925 comienza a enseñar filosofía y literatura en Oxford. Allí conoce a un nuevo amigo que jugaría un papel importantísimo en su conversión al Cristianismo: el famoso escritor J. R. Tolkien. Católico y filólogo, Tolkien derriba dos viejos prejuicios de Lewis: “Al entrar por primera vez en el mundo me había advertido (implícitamente) que no confiase nunca en un papista, y al entrar por primera vez en la Facultad (explícitamente), que no confiara nunca en un filólogo. Tolkien era ambas cosas”. En dichas condiciones el ateísmo de Lewis tenía los días contados. En el capítulo XIV -titulado “Jaque mate”- de su ya varias veces citada obra autobiográfica Sorprendido por la Alegría, comparando la situación previa a su conversión con el ajedrez escribe: “Mis piezas estaban en las posiciones menos ventajosas de todo el tablero. Pronto ni siquiera pude alimentar la ilusión de que yo llevaba la iniciativa. Mi Adversario empezó a hacer sus últimos movimientos”. Y así fue. Lo primero que hizo Dios fue derribar la torre de la filosofía idealista hegeliana que todavía tenía Lewis. “Enseñaba filosofía (sospecho que muy mal) a la vez que literatura inglesa y mi aguado hegelianismo no era útil a la hora de enfrentarme a la tutoría. Un profesor debe aclarar las cosas. Ahora, no podía explicar el Absoluto. ¿Te refieres a nadie- sabe- qué, o te refieres a una mente sobrehumana y, por tanto (también podemos admitirlo), a una persona?”.

Luego de eso Dios lo puso en jaque con una de sus mejores piezas cuando se trata de lógicos (como era el caso de Lewis): Chesterton. “Después leí el Everlasting Man de Chesterton, y por primera vez vi toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que parecía tener sentido. (…) Recordarás que ya pensaba que Chesterton era el hombre vivo más sensato que había, ‘dejando a un lado su Cristianismo’. Ahora creía, estoy totalmente convencido (aunque no lo decía: las palabras habrían revelado el absurdo), que el Cristianismo mismo era muy sensato, ‘dejando de lado su Cristianismo’”. No se acababa de recuperar Lewis cuando Dios derribó aquel firme alfil que se encontraba a su costado: “No hacía mucho que había terminado el Everlasting Man cuando me ocurrió algo mucho peor. A principios de 1926, el más convencido de todos los ateos que conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente buenas. ‘Es extraño’, continuó, ‘esas majaderías de Frazer sobre el Dios que muere. Extraño. Casi parece como si realmente hubiera sucedido alguna vez’. Para comprender el fuerte impacto que me supuso tendrías que conocer a aquel hombre (que nunca ha demostrado ningún interés por el Cristianismo). Si él, el cínico de los cínicos, el más duro de los duros, no estaba a salvo, ¿a dónde podría volverme yo? ¿Es que no había escapatoria?”.

Finalmente, Dios cercó a Lewis con todas sus piezas y le dio el mate: “La zorra había sido expulsada del bosque hegeliano y corría por campo abierto ‘con todo el dolor del mundo’, sucia y cansada, con los sabuesos pisándole los talones. Y casi todo el mundo pertenecía a la jauría: Platón, Dante, MacDonald, Herbert, Barfield, Tolkien, Dyson, la Alegría. Todo el mundo y todas las cosas se habían unido en mi contra” (48). Entonces el Rey del otro lado del tablero, el Rey del universo, se quitó su disfraz filosófico y se convirtió en presencia viva. No estaba dispuesto a discutir. Simplemente se paró en frente de él y “se limitó a decir: ‘Yo soy el Señor’, ‘Soy el que Es’, ‘Yo Soy’”.

Lewis no tuvo más opción que aceptar su derrota: la Alegría había ganado: “Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen (…). Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé. (…) La dureza de Dios es más agradable que la amabilidad de los hombres, y su coacción es nuestra liberación”. La Alegría llegó a la vida del aburrido profesor de Oxford y se convirtió en uno de los apologistas más importantes del siglo XX.

Entre sus principales obras apologéticas destacan El Problema del Dolor (1940), Cartas del Diablo a su Sobrino (1942) y Mero Cristianismo (1952). Murió en 1963. Actualmente, desde la eternidad sigue dedicándose junto al sutil y elegante Chesterton a dar “jaque mate” a los ateos. Y corren rumores de que ya han ganado a varios…

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, Magdalen College, Oxford, 1940, p.4.

C. S. Lewis, Sorprendido por la Alegria, Ed Rayo, 2006, pp. 87-88

*Tolkien era profundamente católico y ello también se evidenció en sus obras. Cualquiera
que haya leído la trilogia El Señor de los Anillos podrá fácilmente identificar el paralelo:
Frodo representa a Jesús; el anillo de poder, a los pecados del mundo; el Monte del Destino,
al Calvario; su amigo Sam, al apóstol Pedro (o al cristiano -seguidor de Cristo-en general); la criatura Gollum, a Judas Iscariote; etc

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: