El argumento de la divinidad de Cristo



”Si Jesucristo es Dios, entonces el Cristianismo es la religión verdadera”. La veracidad de esta premisa resulta evidente desde que se aceptan las inexorables implicancias del principio de no contradicción. En efecto, si Jesucristo es Dios solamente el Cristianismo puede ser verdad. Ninguna otra doctrina religiosa puede ser conciliable con este hecho. Jesucristo dijo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre si no es por Mí” (Juan 14: 6). Esta es una declaración absolutamente exclusivista. Así, de acuerdo con esto, si una religión propone un camino fuera de Él simple y llanamente se trata de una religión falsa. No hay otra alternativa. Si Jesucristo es Dios, el Cristianismo es la única religión verdadera y punto (le guste o no le guste escucharlo a los hombres de nuestra época relativista). Por tanto, queda establecida la primera premisa.

“Jesucristo afirmó ser Dios”. Esto puede establecerse sin mayores problemas por medio del análisis directo e indirecto de las palabras y obras de Jesús, estando establecida ya la fiabilidad histórica general de los Evangelios. Comencemos analizando sus palabras. Una de las cosas más chocantes a este respecto es que Jesús se arroga para sí mismo el nombre que se había dado Dios en el Antiguo Testamento (cfr. Éxodo 3: 14): “Yo Soy” (de allí viene el nombre Yahvé). “Si no creyeren que Yo Soy, morirán en sus pecados” (Juan 8: 24), dice Jesús sin ambages a los judíos. Uno podría pensar que se trata de una mera coincidencia gramatical pero hay que entenderlo en el contexto de la cultura judía, que es justamente el correspondiente a la predicación de Jesús. Para los judíos el nombre de Dios era sagrado y el que un hombre lo utilice para sí era la más terrible blasfemia. No era raro, pues, que le tiraran piedras a Jesús cuando este declaró:

“Antes de que Abraham fuera, Yo Soy” (Juan 8: 58). Ellos sí entendían lo que Él quería decir y lo que eso implicaba. Otra forma de abordar la cuestión es analizando la forma en que Jesucristo entiende su relación con el Padre. Si bien enseña a los discípulos a dirigirse a Dios como “Padre” (cfr. Lucas 11: 2), para Él es “mi Padre” (cfr. Mateo 7: 21; 18: 10, 20: 23, 26: 53, etc.). Se trata de una relación exclusiva, única, ontológicamente singular. Y esto no es solo nuestra interpretación ¡sino de la del mismo Jesús! En efecto, Él no solo dice “Yo estoy en el Padre, y el Padre está en Mí” (Juan 14: 11), sino que hasta llega al extremo de declarar: “El Padre y Yo somos uno solo” (Juan 10: 30). Finalmente, con respecto a sus palabras tenemos que Jesús se propone como el fundamento y realización mismos de la existencia humana, algo que corresponde exclusivamente a Dios. En el Evangelio según San Juan encontramos abundantes declaraciones en este sentido: “Yo Soy el pan que da vida” (6: 35), “Yo Soy la Luz del mundo” (8: 12), “Yo Soy el Buen pastor” (10: 14), “Yo Soy la Resurrección y la Vida” (11: 25), “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (14: 6), “Yo Soy la Vid verdadera” (15: 1). Pasemos ahora a analizar sus obras. Lo primero que salta a la vista en este contexto es el absoluto sentido de autoridad que tenía Jesús en su ministerio. Su autoridad no era como la de los escribas o los profetas. Los escribas nunca enseñaban sin citar a otras autoridades y los profetas siempre hablaban en nombre de Dios. Pero Jesús pretendía tener autoridad propia. Su fórmula no era “Así dice el Señor…”, sino “En verdad les digo…” (cfr. Mateo 21: 31, Lucas 23: 43, Juan 3: 3, etc.).

Más aún, Él no solo pretendía enseñar la verdad sino también ¡ser la Verdad misma! (cfr. Juan 14: 6). Y no solo eso. Jesús pretendía hacer por autoridad propia cosas que le competen exclusivamente a Dios. Así, por ejemplo, se ven episodios en los Evangelios en los que ordena a las leyes de la naturaleza y expulsa demonios ¡en su propio nombre! (cfr. Lucas 8: 22- 25 y Marcos 9: 25). Pero tal vez el ejemplo más claro de esto sea el de la pretensión que tenía Jesús de perdonar los pecados. En una ocasión unos jóvenes le trajeron a un paralítico, tendido en una camilla, y lo bajaron por el techo de la casa. Jesús se percató de que la necesidad de ese hombre era primariamente espiritual y le dijo: “Tus pecados te son perdonados” (Marcos 2: 5). La concurrencia se quedó atónita ante tal declaración. De hecho, los maestros de la Ley murmuraban: “¿ Cómo se atreve éste a hablar así? Sus palabras son una ofensa contra Dios. Solo Dios puede perdonar pecados” (Marcos 2: 7). Y con toda razón. Nosotros podemos legítimamente perdonar las ofensas que se nos hacen; pero solamente Dios puede perdonar los pecados que se cometen contra Él. Sin embargo, Jesús, en lugar de amilanarse o aclarar “No, yo no pretendo ser Dios, me están malinterpretando”, respondió: “¿ Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decirle ‘Levántate, toma tu camilla y anda’? Pues voy a demostrarles que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados” (Marcos 2: 8- 10). Y acto seguido sanó al paralítico. Finalmente, como muestra patente de las pretensiones de divinidad de Cristo tenemos el hecho de que no tuvo ningún problema en ser llamado directamente Dios y en recibir adoración. Esto es muy importante porque Jesús, siendo parte de la cultura judía, era consciente de que el primer mandato de Dios era “no tengas otros dioses aparte de mí (…) no te inclines delante de ellos ni les rindas culto” (Éxodo 20: 3,5).

No obstante, cuando el apóstol Tomás le dijo “¡ Señor mío y Dios mío!” (Juan 20: 28), Jesús no se molestó en corregirle. Lo reprendió por su incredulidad, pero no por haberle adorado. Todo lo anterior muestra que, efectivamente, Jesús tuvo reclamos de divinidad. Sin embargo, alguno podría cuestionar nuestra premisa implícita de fondo diciendo: “¿ Y qué sucede si no partimos de la fiabilidad histórica general de los Evangelios? ¿Cómo podría probarse que Jesús hizo reclamos de divinidad?”. Bueno, para hacer consistentemente tal cuestionamiento, y no como mero capricho, habría primero que refutar todo lo que hemos desarrollado en el capítulo anterior (y esto tendría que ser de modo exhaustivo y concluyente, no basta con plantear una o dos dudas sobre tal o cual aspecto particular, que eso lo puede hacer cualquiera). Pero el punto es que incluso si no asumimos la fiabilidad histórica general de los Evangelios se puede probar que Jesús hizo reclamos de divinidad. ¿Cómo? Por medio de lo que el erudito del Nuevo Testamento Gary Habermas ha llamado método de los hechos mínimos.

En este caso no se apela a la fiabilidad general de los documentos, sino que se analiza cada dicho o hecho concreto para determinar su fiabilidad histórica particular. Pues bien, aplicando este método Habermas halla que se pueden establecer varios pasajes que implican divinidad como dichos auténticos del Jesús histórico. Por ejemplo, encontramos que Jesús se llama a sí mismo “el Hijo del Hombre” en tan numerosas ocasiones (cfr. Mateo 8: 20, 10: 23, 12: 8, 12: 32, 13.41, 16: 27, 19: 28, 24: 27, 25: 31; Marcos 8: 38, 10: 45; Lucas 6: 22, 7: 34, 9: 44, 12: 8; Juan 3: 13, 5: 27, 6: 62, 9: 35) que parece que es su título favorito. Y aquí es donde Habermas aplica el llamado criterio de disimilitud: “Si una enseñanza de Jesús no fue tomada de los judíos, y si la misma enseñanza no se encuentra en la iglesia temprana, es especialmente probable que sea auténtica del propio Jesús” (1). Pues bien, pese a las muy numerosas ocasiones en que el título de “Hijo del Hombre” aparece en los Evangelios (que, como sabemos, se escribieron algunas décadas después), nos encontramos con que no aparece ni una sola vez en los demás libros del Nuevo Testamento que son más tempranos con la única excepción del caso de Hechos 7: 56 que es extraordinario por cuanto se trata de la referencia a una visión. Así que este título, que en los Evangelios aparece prácticamente solo por boca de Jesús, difícilmente podría ser una invención de la comunidad cristiana primitiva.

En cuanto a los judíos no cristianos del primer siglo tenemos que, por más que conocieran ese título, jamás lo aplicarían a Jesús ¡precisamente porque implica divinidad! Cuando uno escucha la frase “hijo del hombre” uno puede pensar que hace alusión al origen puramente humano de alguien, pero en la cosmovisión judía es todo lo contrario. Como explica Habermas, el título de “Hijo del Hombre” viene del texto judío de Daniel 7: 13- 14 -y es claro que Jesús lo conocía y aplicaba con especificidad a sí mismo (véase Mateo 24: 30, 26: 64; Marcos 13: 26, 14: 62 y Lucas 21: 27)- y representa a “una figura profética que los críticos textuales frecuentemente identifican como pre- existente y divina, que establecerá el Reino de Dios en la tierra”.

Así que aquí tenemos un claro dicho del Jesús histórico reclamando divinidad. Pero tal vez el ejemplo más concluyente aplicando el método de los hechos mínimos sea el de Marcos 13: 32. Sucede que en este texto Jesús se identifica claramente como Hijo del Padre, en rango divino, pero al mismo tiempo dice que no sabe “ni el día ni la hora” del Juicio Final. Pues bien, este texto no podría haber sido introducido por cristianos que quisieran “fabricar” la divinidad de Jesús pues resulta problemático: supuestamente Dios sabe todo y Jesús reconoce que no sabe algo. ¡Así que precisamente el carácter problemático del texto demuestra inequívocamente que se trata de un dicho auténtico de Jesús pues de ningún modo lo habría introducido así alguien que quisiera defender su divinidad! Respecto de cómo se puede resolver esto a nivel teológico o de interpretación bíblica es algo que trataremos con detalle en un libro subsiguiente. Para los fines de esta premisa ello basta y sobra para establecer a un nivel histórico como dicho auténtico de Jesús que Él se afirmó como “Hijo del Padre” implicando trascendencia divina.

Queda, entonces, establecida la segunda premisa: Jesús hizo afirmaciones de divinidad

Dante A. Urbina
¿CUÁL ES LA RELIGIÓN VERDADERA?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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