Mi nueva vªgįnâ no va a hacerme feliz


El día domingo 25 de noviembre de 2018, el conocido diario The New York Times publicó un artículo de opinión titulado: “Cirugía, hormonas, pero sin felicidad” (“ Surgery, Hormones, But Not Happiness”). La edición digital fue más crasa: “Mi nueva vªgįnâ no va a hacerme feliz” (“ My New vªgįnâ Won’t Make Me Happy”).

El autor, Andrea Long Chu, revela de modo muy íntimo la verdad de personas trªnsgėnęro y trânsêxûalës y, sin quererlo, da un argumento a favor de lo que quiere combatir. La razón de su artículo es que cuatro días después Andrea sería sometido a una intensa y larga operación de vaginoplastia para reconstruir una “vªgįnâ”.

Él afirma: “El próximo jueves me harán una vªgįnâ. El procedimiento durará alrededor de seis horas, y estaré en recuperación durante al menos tres meses”. ¿La razón? Andrea sufre de un trastorno de identidad de gėnęrø, conocido ahora como “disforia de gėnęrø”. Andrea Long Chu es consciente de que la operación no va a cambiar su situación.

Por eso afirma en un tono que quiebra el corazón: “Esto es lo que quiero, pero no hay garantía de que me haga más feliz. De hecho, no espero que lo haga. Pero eso no debería prevenirme de conseguirlo”.

Esta última frase es muy peligrosa, ya que, según los ideólogos del gėnęrø, basta el “deseo” del paciente para darle el tratamiento que quiera… Los ideólogos se manejan con otros criterios (abüsādøres y asêsïnºs), ya que no importa la salud y el bienestar auténtico del paciente, ni hay preocupación por los resultados deficientes que estas operaciones conllevan. Según ellos nada deben impedir que un médico realice la cirugía si el paciente lo desea. Como explica el autor del artículo: “ninguna cantidad de dolor, anticipado o continuo, justifica el no hacerla. El único requisito previo a la cirugía debe ser una simple demostración de querer hacerlo”.

Otro punto interesante es que esta persona trªnsgėnęro concede sin querer que el sęxô no se reasigna: “Mi cuerpo considerará la vªgįnâ como una herida; como resultado, requerirá atención regular y dolorosa para mantenerla”. Es decir, ni la cirugía ni el tratamiento hormonal podrán contra lo que se conoce genéticamente como la estructura cromosómica de la persona, la cual es una realidad biológica permanente e indeleble. Aquellas personas que se someten a estos tratamientos y cirugías no cambian de sėxô, simplemente feminizan o masculinizan su cuerpo, para en cierta manera vivir en un mundo de mentira.

Lo peor de todo es que esta no es la solución para su condición, como Andrea lo admite: “La dįsføria se siente como si no pudieras calentarte, por más capas de abrigos te pongas. Se siente como un hambre sin apetito. Se siente como subir a un avión para volar a casa, solo para darte cuenta a mitad de vuelo de que esto es todo lo que hay: que vas a pasar el resto de tu vida en el avión. Se siente como un duelo sin que haya nada que lamentar”. Tremendas palabras. Me dejaron pensando por mucho rato. Ciertamente que esa búsqueda de dolor es una forma de convertirse en víctima por algo que todavía no ha podido superar.

“Me siento demostrablemente peor desde que comencé con el tratamiento hormonal. Como muchos de mis amigos trªns, he visto que mi dįsføria se aceleró más desde que comencé la transición”.

Esto se manifiesta por medio de ideas de suicidio: “Yo no tenía tendencias al suicido antes del tratamiento hormonal. Ahora las experimento a menudo”.


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Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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