Estatización de la Política (y el estado violento)



«De esta suerte, por ejemplo, tenía la plena propiedad de los medios administrativos el caballero feudal que se equipaba a sí mismo, el conde enfeudado que cobraba para sí arbitrios judiciales y de otras clases y cargas y que costeaba sus deberes para con el soberano feudal con sus propios medios (entre ellos los apropiados) y el jagirdar de la India, que mantenía el contingente de su ejército de sus prebendas tributarias» (Weber, Economía y sociedad, p. 356).

Ahora bien, en la formación del Estado moderno interviene un proceso de racionalización de la autoridad y diferenciación de las estructuras gubernamentales que en Europa ya eran tendencia en el siglo XVII, pero cuyos orígenes más evidentes pueden encontrarse en las ciudades-estado de la Italia septentrional, en el Renacimiento. Para ello, se hizo imprescindible la centralización del poder en desmedro de las descentralizadas y complejas estructuras feudales, teniendo como agente histórico de este proceso a las monarquías absolutas. En este sentido, fue decisiva la formación de un ejército permanente que apuntalara el dominio unitario y permanente del Estado, desplazando a la aristocracia en su función militar, y a su vez generando la necesidad de una nueva administración racional de las finanzas para recaudar y costear aquello que era preciso para mantener una estructura bélica y estar a la vanguardia de los adelantos en la tecnología militar. Al decir de Hermann Heller en su clásico estudio:

la permanencia del Estado moderno reclama, justamente por esa causa [su permanencia], un sistema impositivo bien reglamentado a fin de disponer de ingresos suficientes para el sostenimiento del ejército y la burocracia. La Administración medieval no conoció los presupuestos. El Estado estamental tampoco conoció la distinción entre los gastos e ingresos públicos y los privados del señor.

Las precarias finanzas y el carácter ad hoc de las milicias medievales dependían, para su conformación y ordenamiento, de las lealtades tradicionalmente establecidas por el sistema feudal: sistema que será sepultado por las nuevas condiciones políticas y sociales que supone el Estado moderno. Así las cosas, el poder fue concentrado en las ciudades, tras ser arrebatado a los cuerpos intermedios —sobre todo a una decadente y asediada nobleza feudal— y tras ser socavado el sistema de representación estamental. Múltiples instancias legales y múltiples autoridades pintaban el paisaje del orden medieval como ya se ha indicado, donde se debía obediencia al rey, al señor, al estamento, a la Iglesia, a la tradición, etcétera. Ley divina, ley natural, ley común y ley consuetudinaria ilustraban a su vez esa misma difusión del poder.

Pero la idea de «soberanía», que ya en el siglo XVI definió Bodin como «poder supremo, no limitado por la ley», del monarca sobre sus súbditos, se constituyó en el atributo característico del naciente Estado moderno tras concentrar en él las diversificadas instancias de poder. El Leviathan de Hobbes, que vio la luz en 1651, vino también a hacer del Estado una suerte de monstruo potencialmente todopoderoso, separado del individuo y la sociedad, necesario sin embargo para garantizar la seguridad en medio de la anarquía. Los individuos, ahora atomizados por la falta de lazos políticos comunitarios, le debían absoluta obediencia a ese monstruo. Además, a partir de estas doctrinas surgió una diferencia tal vez más importante: el Estado ya no descubre leyes al modo tradicional, sino que las crea (positivismo jurídico) y, con ello, el mismo Estado se convierte en una moderna maquinaria que el hombre y su razón podrán utilizar para formar para sí sus propias condiciones de existencia.

El Estado puede «crear de la nada», como Dios. Lo político se ha emancipado, pues, de la tradición que lo limitaba: lo político puede ahora arrogarse el derecho de reordenar conforme a su razón a la sociedad y disponer para ello de una maquinaria especializada de coerción organizada, aunque vaya lentamente descubriendo sus límites en las necesidades de funcionamiento de la propia sociedad civil

Christopher Dawson, La religión y el origen de la cultura occidental (Madrid: Encuentro, 1995), p. 182.

Hermann Heller, Teoría del Estado (México: FCE, 2017), p. 174.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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