El argumento de la fiabilidad histórica del Nuevo Testamento


Objeciones y respuestas
Objeción 1: Es absolutamente errado decir que el Nuevo Testamento pasa la prueba bibliográfica pues los manuscritos de los que disponemos están llenos de errores y variantes textuales incorporadas por los escribas a lo largo de varios siglos por cuanto, voluntaria o involuntariamente, al tener que hacer “copias de copias” de los textos, introducían sus propios errores y reproducían los cometidos anteriormente. De hecho, son tantas las variantes entre manuscritos que resulta prácticamente imposible saber lo que en realidad decían los documentos originales. Luego, no se prueba la conclusión de la primera vía.

Respuesta: Esta es la objeción que ha popularizado notablemente el crítico textual Bart Ehrman en su libro Misquoting Jesus. Según Ehrman, es prácticamente imposible reconstruir el texto del Nuevo Testamento por cuanto “solo tenemos copias plagadas de errores” que serían diferentes de los originales “en miles de formas” al punto que “hay más variantes entre los manuscritos que cantidad de palabras en el Nuevo Testamento”. ¿Y cómo se habrían introducido todos estos errores? Pues durante el proceso de copiado. Al respecto, Ehrman -tomando como referencia uno de los Evangelios- nos dice: “La primera persona que copió el Evangelio de Marcos sin duda cometió errores.

Ahora, ¿cómo fue copiado Marcos después de ello? Bien, el original habría sido copiado, pero luego la copia habría sido copiada. Y el problema es que cuando alguien copió la copia, no solo copia las palabras originales, copia también los errores que cometió el primer escriba e introduce sus propios errores. ¿Qué sucede, entonces, cuando alguien viene y copia esa segunda copia? Que la persona replica los errores de sus dos predecesores, e introduce los suyos propios. Y las copias fueron hechas semana tras semana, año tras año, década tras década”. Frente a ello uno podría tender a pensar que la argumentación de Ehrman destruye totalmente la idea de que el Nuevo Testamento pasa la prueba bibliográfica. Sin embargo, aquí le vamos a “voltear el juego” y mostrar, por medio de la refutación a la tesis de Ehrman, que la fiabilidad del Nuevo Testamento en términos de la prueba bibliográfica queda reforzada antes que desacreditada. Pues bien, comencemos preguntándonos: ¿en base a qué es posible que Ehrman se haga tanto problema respecto de las “innumerables” variantes textuales entre los manuscritos del Nuevo Testamento? Simple: ¡porque tenemos muchísimos manuscritos disponibles del Nuevo Testamento, más que de cualquier otra obra de la Antigüedad! ¿Y eso es algo malo? ¡Al contrario: es algo muy bueno! ¿O qué prefiere el señor Ehrman?, ¿que el Nuevo Testamento esté en una situación similar a la de La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo que solo tiene 9 copias que datan recién a partir del siglo V o como la de los Anales de Tácito de los que se tienen solo dos copias que datan de la Edad Media? Estas dos obras son fuentes clave para todo historiador acerca de los acontecimientos del siglo I (es decir, la misma época a que refieren los escritos del Nuevo Testamento), ¡pero no vemos a Ehrman haciendo escándalo alguno al respecto o escribiendo un libro entero para desacreditar estos documentos! Por supuesto, habrá pocas variantes textuales entre los manuscritos de los Anales de Tácito, pero no en razón de que los escribas hayan sido muy exactos sino simple y llanamente porque tenemos ¡solo dos copias! Así, las variantes textuales entre los manuscritos del Nuevo Testamento son nada más que el absolutamente razonable precio a pagar por tener una gran cantidad de copias disponibles.

Y es que la única forma en que se podrían tener muchísimas copias sin variantes textuales sería ¡que ya se hubiere inventado antes el sistema de las copias fotostáticas! Si Ehrman, contra toda racionalidad e ignorando que estamos tratando historia antigua, quiere exigir tal tipo de absurdo como condición para confiar en los escritos neotestamentarios… se lo dejamos a él (y a sus prejuicios). Ahora bien, habíamos dicho que las variantes textuales eran un costo a pagar por la enorme cantidad de manuscritos. Pero dicho costo no es para nada un absoluto o algo irremediable. ¿Por qué? ¡Porque gracias a que disponemos de tantos manuscritos podemos aplicar con más y mejores elementos de juicio los criterios historiográficos y reconstruir más fiablemente el texto original! En efecto, como correctamente dice el experto Daniel Wallace, “tenemos el 110% del texto, no el 90%”. O sea: nuestro problema no es que nos falte texto para reconstruir el original sino que nos sobra. Por tanto, la cuestión clave aquí es “saber separar la paja del trigo” identificando qué variantes corresponderían a los originales y cuáles serían interpolaciones.

Y es precisamente aquí donde cabe señalar el grandísimo error que está en la base de toda la tesis de Ehrman: que, con tal de dar fuerza retórica a su planteamiento, “mete en el mismo saco” todo tipo de variantes como si fueran errores o interpolaciones. En efecto, él puede hacer ocasionalmente anotaciones más o menos pertinentes o mesuradas, pero en general, para dar la idea de que el Nuevo Testamento es incierto en grado sumo, echa mano de frases del tipo “hay más variantes entre los manuscritos que cantidad de palabras en el Nuevo Testamento”. Pero no nos dejemos estafar por Ehrman y más bien apliquemos los distingo a los que tan sabiamente sabían apelar los filósofos escolásticos. Y es que no todas las variantes son iguales sino que las hay de distinto tipo: 1) errores ortográficos; 2) orden de palabras inconsecuente; 3) variantes significativas (semánticas) pero no viables; 4) variantes significativas y viables. Pues bien, ¿de qué tipo deberían ser la gran mayoría de variantes para que sea cierta la tesis de Ehrman de que el texto original del Nuevo Testamento es prácticamente irrecuperable? Del tipo 4, por supuesto. Pero, como ya habíamos visto, en el análisis comparativo de Bruce Metzger, el conjunto de variantes de este tipo (o sea, que alteran de modo directo el sentido del texto) ¡no pasa del 1%! Y, en caso se piense que Metzger es demasiado “conservador” a este respecto, tenemos que “incluso los críticos textuales más liberales garantizan que al menos el 95% del texto del Nuevo Testamento no está en cuestión”

En efecto, la gran mayoría de las variantes que se encuentran entre los manuscritos del Nuevo Testamento corresponden a los tres primeros tipos (es decir, no son viables o no afectan el sentido del texto) al punto que los expertos Köstenberger y Kruger nos dicen que son “relativamente aburridas”. ¿Y cómo llegamos a determinar esto? Pues gracias a lo que ya mencionamos: la gran cantidad de manuscritos. Con su ejemplo de la “copia de la copia de la copia” Ehrman puede hacernos pensar que el proceso de transmisión textual del Nuevo Testamento es básicamente lineal. Pero no, no es lineal, sino geométrico. Es decir, no es simplemente que un escriba hace una copia que transfiere exclusivamente a otro el cual a su vez transfiere la suya exclusivamente a otro y así sucesivamente, sino que en general un mismo escriba hace varias copias del mismo texto y las envías a diferentes lugares donde otros escribas harán a su vez varias copias de la primera y también las enviarán a varios otros lugares y así sucesivamente.

Como el interés de la Iglesia naciente era “evangelizar al mundo” se buscó difundir masivamente los documentos neotestamentarios siendo que prontamente se hicieron numerosas traducciones al latín (10 000 copias) y a varios otros idiomas como el sirio, armenio, copto, etc. Es así como llegamos a los alrededor de 24 000 manuscritos siendo que la multiplicidad de idiomas antes que ser un inconveniente permite en muchas ocasiones dilucidar mejor el sentido e incluso literalidad de los originales. Y aquí podemos evidenciar otro error de Ehrman. Él subtitula tendenciosamente su libro Misquoting Jesus con la frase “La Historia de Quién Cambió la Biblia y Por qué” como dando a entender que el proceso de transmisión textual del Nuevo Testamento fue controlado y/ o direccionado por intereses ideológicos o de otro tipo. Pero el punto es que es altamente improbable que ello pudiera ser determinante ya que, como hemos visto, el proceso de transmisión no fue lineal (como si, por ejemplo, todo hubiera sido controlado por una sola familia y sus descendientes) ni circunscrito a una sola geografía o cultura sino que fue geométrico abarcando varios lugares, idiomas y culturas. O sea, en ese contexto, resultaba dificilísimo que una sola autoridad central pretendiera controlar todo el proceso de transmisión manipulando el texto según sus directivas.

De este modo, si hubiera alguna manipulación clara e intencionada, los historiógrafos la podrían descubrir fácilmente contrastando con otras versiones del texto escritas más tempranamente, en otros lugares o en otros idiomas. Y eso sin mencionar que también se tienen numerosas fuentes adicionales para contrastar los textos bíblicos como los catecismos o las citas de los Padres de la Iglesia. Así, es ese tipo de ejercicio el que, aplicando el sentido común y las técnicas científicas, ha permitido reconstruir tan fiablemente el Nuevo Testamento

Bart Ehrman, Misquoting Jesus: The Story Behind Who Changed the Bible and Why, Ed
Harper, San Francisco, 2007, pp. 7, 90

Barth Ehrman, «La Biblia cita mal a Jesús?», debate contra James White, Sheraton
Airport Hotel (Florida), 21 de enero del 2009 1 discurso de apertura

Paul Barnett, Is the New Testament History? Ed. Vine Books, Ann Arbor, 1986, p. 45

Norman Geisler and William Nix, A General Introduction to the Bible, Ed. Moody Press,
Chicago, 1986, p. 405

Daniel Wallace, The majority text and the original text: Are they identical?», Bibliotheca
Sacra, vol. 148, 1991,p.169

Bruce Metzger, Chapters in the History of New Testament Textual Criticism, Ed. Eerd-
mans, Grand Rapids, 1963, pp. 144-151.

Greg Boyd, «How do you respond to Bart Ehrman’s book, Misquoting Jesus?», ReKnew, January 8, 2008

Andreas Köstenberger and Michael Kruger The Heresy of Orthodoxy, Ed. Crossway, Whea-
ton, 2010, p. 226

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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