Albert Camus



Premio Nobel de Literatura, agnóstico, existencialista… Albert Camus siempre luchó por alcanzar la fe. Y bien se puede decir que fue un hombre de fe pues solo alguien con verdadera fe podría luchar tan incansablemente por obtenerla…

Albert Camus nació en Mondovi (Argelia), el 7 de noviembre de 1913. El padre de Camus era un agricultor, que murió al año siguiente de nacer él. Se cría por lo tanto con su madre. Aunque era analfabeta y prácticamente sorda, ella trabajaba hasta la extenuación para mantener a sus dos hijos. Camus no tuvo en su niñez una educación religiosa. “La religión no ocupaba lugar en la familia”, diría en su obra póstuma, El Primer Hombre (1994). La madre nunca hablaba de Dios. “Esa palabra -continúa- jamás la he oído pronunciar durante mi infancia, y a mí mismo me traía sin cuidado”. Para él, “se era católico como se es francés, y ello obliga a un cierto número de ritos, a decir verdad, exactamente cuatro: el bautismo, la primera comunión, el matrimonio y los últimos sacramentos”. Y “entre esas ceremonias, forzosamente muy espaciadas, uno se ocupaba de otras cosas, y ante todo, de sobrevivir”. De ahí que años más tarde, en una conocida conferencia dada a los dominicos en 1947, Camus diga: “No es que afirme que la verdad cristiana es ilusoria, sino que ni siquiera he podido ingresar en ella”.

Pero Camus era un buscador. Como sus admirados Agustín y Pascal, tenía un corazón inquieto que no se contentaba con respuestas fáciles a las cuestiones fundamentales de la vida humana, pero que estaba abierto al milagro de la gracia. Desilusionado y exhausto tras el divorcio con su mujer -con la que se había casado a los 21 años, sin que fuera realmente correspondido por ella- y el abandono del Partido Comunista -en el que había constatado la incoherencia entre el ideal y la práctica política-, Camus espera encontrar un sentido para su vida. De este modo, la cuestión del sentido se convirtió en la cuestión de Camus, a tal punto que lo lleva en 1942 a afirmar: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. La cuestión de si vale o no la pena vivir es la pregunta fundamental de la filosofía”). No le faltaba cierta razón. Camus era un pensador respetable, no un agnóstico que trivializara el problema del sentido de la vida. Reconocía honradamente que la filosofía del absurdo y el sinsentido era impracticable, e incluso inimaginable. De ahí que en su famoso artículo “La Crisis del Hombre”, escriba: “Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si en ninguna parte se puede descubrir valor alguno, entonces todo está permitido y nada tiene importancia. Entonces no hay nada bueno ni malo, y Hitler no tenía razón ni sinrazón. Lo mismo da arrastrar al horno crematorio a millones de inocentes que consagrarse al cuidado de enfermos. A los muertos se les puede hacer honores o se les puede tratar como basura.

Todo tiene entonces el mismo valor”. Evidentemente la actitud de Camus era muy distinta a la de su compañero Sartre. Camus era ante todo humilde: anhelaba valores, sentido; en suma, buscaba a Dios. En cambio, Sartre era ante todo soberbio: quería él mismo crear valores y sentido; en suma, quería ser Dios. El agnosticismo de Camus era una premisa provisional; el ateísmo de Sartre era una premisa dogmática (26). En efecto, Camus nunca fue ateo. “A menudo leo que soy ateo”, dice Camus. “Oigo hablar de mi ateísmo, pero esas palabras no me dicen nada, no tienen sentido para mí”, escribe en 1954. Es más, cuando Camus publicó La Caída en 1956, muchos pensaron que el famoso filósofo existencialista estaba a punto de convertirse al Cristianismo e incluso se le vio aparecer varias veces en una iglesia protestante, en el edificio neo- gótico que había desde la Primera Guerra Mundial en pleno Quai d ´ Orsay. Fue ahí donde conoció al pastor metodista Howard Mumma, y es justamente gracias a Mumma que hoy conocemos que nuestro incansable buscador de sentido finalmente lo halló. Cuarenta años después de la muerte de Camus, el pastor nos revela varias de las conversaciones personales que mantuvo con él en París en su libro titulado El Existencialista Hastiado: Conversaciones con Albert Camus. En lo que sigue de esta “biografía” nos basaremos en dicho libro. Cuando Camus conoce al pastor Mumma, dice: “Durante mucho tiempo creí que el universo mismo era fuente de sentido, pero ahora he perdido toda confianza en su racionalidad. Mientras que siempre confié en el universo y en la humanidad en abstracto, la experiencia hizo que, en la práctica, empezara a perder fe en su sentido. Me he equivocado de una forma espantosa.

Soy un hombre desilusionado y exhausto. He perdido la fe, he perdido la esperanza. ¿Es algo extraordinario que yo a mi edad, esté buscando algo en lo que creer? Es imposible vivir una vida sin sentido”. El problema al que se enfrenta Camus una y otra vez en las conversaciones con el pastor, es la existencia del mal. Le era imposible reconciliar la idea de un Dios bueno y todopoderoso con la realidad del mal en el mundo. “Si hay un Dios, ¿por qué permite que tantos inocentes se retuerzan en agonía?”, le pregunta el filósofo. El pastor no le responde, pero simpatiza con su frustración y le confiesa su propia incapacidad para explicar el mundo. A pesar de no haber podido responder sus preguntas, Camus continuó yendo a la iglesia. Se sentaba al final con gafas de sol. Y a veces se iba antes de terminar el culto, sin saludar a la salida. Mumma empezó a preguntarse si le estaba evitando, hasta que un día volvió a aparecer con el coche delante de la iglesia. Le llevó a un pequeño restaurante de Montmartre. Al acabar la comida, sacó del bolsillo unos papeles con las notas que había tomado de los sermones. Uno a uno, empezó a preguntarle por las cosas que había dicho y la literalidad del relato bíblico.

Es ahí donde la mayor parte de los protestantes se sienten incómodos con el libro de Mumma. El pastor -que tenía una educación liberal, habiéndose familiarizado en la Universidad de Yale con la filosofía contemporánea- no cree en la historicidad estricta del relato bíblico del paraíso. Ve la historia de Adán y Eva como una parábola sobre el origen de la conciencia. Su visión de la Escritura es claramente neo- ortodoxa. La Biblia, dice, es “la Palabra”, pero “no las palabras de Dios”. Dado ello, no es extraño que en cierta ocasión Camus se mostrara interesado por el bautismo. Según el pastor, el escritor le dijo un día: “Estoy dispuesto, lo quiero”. Parece que la intención del filósofo era un bautismo privado. Sin embargo, Mumma le dice que si está de verdad dispuesto a confirmar su fe, vuelva a la iglesia el verano siguiente, cuando haya estudiado un poco más y esté más preparado. Cuando Mumma se propone regresar a Estados Unidos, Camus le pregunta si le puede llevar al aeropuerto. El pastor le propone que mejor se encuentren allí. Ya en el aeropuerto Camus le abraza y le mira detenidamente, antes de decirle: “Amigo mío, gracias… ¡voy a seguir luchando por alcanzar la fe!”. Esas fueron las últimas palabras de Camus a Mumma. Unos meses después, el 4 de enero de 1960, Camus está fuera de París con un billete de tren en el bolsillo cuando su amigo, el editor Michel Gallimard, le ofrece volver con él en el coche. Aunque era un auto deportivo, Gallimard no iba demasiado rápido.

La carretera que pasa por el pueblo de Villeblevin, cerca de Sens, es ancha y recta. El suelo no estaba mojado esa noche, pero el coche sin embargo se desvía, estrellándose contra un árbol, tras golpear otro. Gallimard queda herido, muriendo pocos días después. Camus sin embargo fallece inmediatamente. Tenía 46 años.

¿Qué habrá pasado con Camus entonces? Es imposible saberlo con certeza. Pero creemos que hay muy buenas razones para pensar que se salvó. Él mismo escribía en La Peste (1947): “Dios hace hoy en día a sus criaturas el don de ponerlas en una desgracia tal que les sea necesario encontrar y asumir la virtud más grande, la de decidir entre Todo o Nada”.

Y él se decidió por el Todo, no solo en el último momento, sino durante toda su vida, como el Sísifo de su obra nunca dejó de empujar la roca de la fe, no importa cuántas veces se le cayera. Por tanto, como él mismo decía, “hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

Que Dios lo tenga en su gloria.

Albert Camus, El Mito de Sísifo, Ed. Versos Libres, La Habana, 2005, p. 5

Howard Mumma, El Existencialista Hastiado: Conversaciones con Albert Camus, Ed
Vozdepapel, Madrid, 2005

Albert Camus, La Peste, Ed. Sudamericana, España, 1995, p. 155

Albert Camus, El Mito de Sísifo, Ed. Versos Libres, La Habana, 2005, p. 61


*Aunque a Sartre también le legó su hora. Él, que en su famosísima conferencia el Existencialismo es un humanismo (1946) había dicho que «no hay esencia humana, porque no hay Dios para concebirla», pocos días antes de su muerte -acaecida en París el 1 5 de abril de 1980- dijo en un diálogo con un marxista:

«No me percibo a mí mismo como producto del azar, como una mota de polvo en el uni
verso, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que solo un Creador pudo colocar aquí, y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios».

Estas palabras fueron recogidas en Le Nouvel Observateur. Simone de Beauvoir, la compañera de Sartre, quedó alucinada. «Todos mis amigos -declaró-, todos los sartreanos, todo el equipo editorial me apoyan en mi consternación». Y no era para menos. El máximo representante del humanismo existencialista, aquel que había dicho «el existencialismo ateo que yo defiendo es el más coherente» ahora creía en Dios (Cfr. Norman Geisler, The Intellectuals Speak Out About God, Chicago, 1984).

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: