«Juro que nunca tendré otro templo fuera del de la razón, otros altares que los de la Patria, otros sacerdotes que nuestros legisladores, otro culto que el de la libertad, la igualdad, y la fraternidad»

«Juro que nunca tendré otro templo fuera del de la razón, otros altares que los de la Patria, otros sacerdotes que nuestros legisladores, otro culto que el de la libertad, la igualdad, y la fraternidad»

El punto es que la modernidad precisa de fundamentos sólidos para religar el orden social y es por ello por lo que con frecuencia termina ofreciendo una religión política de reemplazo, a veces de forma más explícita, otras de manera menos transparente. En el caso francés, la intentona fue evidente. El escritor revolucionario Mirabeau anotaba en 1792: «La Declaración de los Derechos del Hombre se ha convertido en Evangelio político y la Constitución francesa en religión por la que el pueblo está dispuesto a morir». ¡Y vaya si quedaron muertos en el camino! Una sociedad que ha perdido toda referencia común necesita nuevos elementos sobre los que sujetarse, un nuevo «sistema de sentido». En el caso de la Revolución Francesa, la Razón destacará entre esos nuevos elementos que irán adquiriendo caracteres divinos. «Juro que nunca tendré otro templo fuera del de la razón, otros altares que los de la Patria, otros sacerdotes que nuestros legisladores, otro culto que el de la libertad, la igualdad, y la fraternidad»: así se comprometían los miembros del Club de Moulins, por ejemplo. Aquello del «templo de la razón» no era una alegre metáfora: las iglesias fueron convertidas, efectivamente, en «templos de la Razón». Allí las figuras de los santos católicos fueron reemplazadas por las de héroes revolucionarios como Marat, Lepelletier y Chalier, en una suerte de santísima trinidad revolucionaria. Se cuenta que, en una ceremonia en honor a este último, un busto suyo fue colocado sobre el altar mientras los comisarios de la Convención, de rodillas frente a la imagen, decían:

«Dios salvador [o sea, Chalier], mira a tus pies la nación prosternada que te pide perdón. ¡Manes de Chalier, seréis vengados! ¡Lo juramos por la República!».224 Seguidamente, se procedió a quemar un Evangelio y un crucifijo.

Alegoría. Los martires de la libertad: Le Peletier Marat, Chalier 18 Francia – 1789 Revolución Francesa de Castres

Burleigh, Poder terrenal, p. 104

Berger y Luckmann. Cf. Berger; Luckmann, Modernidad, pluralismo y crisis de sentido.

Alfredo Sáenz, La nave y las tempestades. La Revolución Francesa. Segunda Parte (Buenos Aires: Gladius, 201 1), p. 358.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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