San Mateo 19:13-21 Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos.» Y, después de imponerles las manos, se fue de allí. En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» «¿Cuáles?» -le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego sígueme.»
Las obras de la Iglesia hacia los más necesitados nunca han sido discutidas por los historiadores de fuste, pues desde un principio la Barca de Pedro hizo su <opción por los pobres>; una opción preferencial no en clave marxista, es decir, no haciendo una dialéctica entre pobres ricos, sino al contrario: viendo en ambos un modo de santificarse. Tan pobre es el rico como pobre es el pobre, pues la única riqueza es Cristo. Sin embargo, supo la Esposa de Cristo, mostrar el amor hacia el prójimo por medio de las obras de misericordia; obras de misericordia que son materiales (dar de comer al hambriento, de beber al sediento, etc.) y espirituales (enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, etc.). Por qué será que al mundo moderno le impactan más las primeras que las segundas? Por su materialismo; es por eso, creemos, que suele considerarse más <bueno> quien da un pedazo de pan que quien predica la Verdad que salva. La cuestión está en que la Iglesia hizo una cosa y la otra, y no una cosa sin la otra. Obró la caridad completa; pero como más nos impactan las obras materiales, vayamos a ellas.
Por ejemplo, los hospitales: Bien señala Woods que el debate sobre si existieron en Roma y Grecia los hospitales como hoy los conocemos, continúa aún abierto; es cierto que, antiguamente, existían los lugares destinados al cuidado de los enfermos, sin embargo, éstos sólo se hallaban en el ámbito de la salud militar, es decir, para la cura de los soldados heridos en combate; la población civil entonces, quedaba fuera. Fue la Iglesia la que, recién alrededor del siglo IV, comenzó a patrocinar la creación de los hospitales de tal suerte que, cada ciudad contase con un centro de salud propio que albergase a los enfermos, viudas y huérfanos, tanto locales como extranjeros.Es decir, se preocupó por velar a Cristo en los enfermos. Al respecto, el historiador de la medicina Fielding Garrison observa que, en la antigüedad, <la actitud hacia los enfermos y los infortunados no era de compasión, y el crédito de aliviar el sufrimiento humano a gran escala corresponde enteramente al mundo cristiano>. En Roma, al parecer el primer hospital público conocido, fue obra de una devota cristiana llamada Fabiola quien, para cumplir con una penitencia, comenzó a recorrer las calles en busca de pobres y enfermos que necesitasen su cuidado. < Narices mutiladas, ojos vacíos, pies medio quemados, manos entumecidas, vientres hinchados, caderas atrofiadas, piernas inflamadas y hervideros de gusanos que salían de las carnes comidas y pútridas>, eran algunas de las dolencias que la matrona romana sanaba por caridad, al punto que <Roma quedaba pequeña para su misericordia>, según dice San Jerónimo (Carta 77). Con el tiempo fueron los monasterios los que, además de cuidar la salud espirit ual, eran el lugar obligado para el ejercicio de la caridad de la salud (de allí que todo monasterio poseyese una farmacia).
Señala Risse:
Tras la caida del Imperio romano, los monasterios se convirtieron durante siglos en proveedores de cuidados médicos organizados que no se ofrecían en ninguna otra parte de Europa. Tanto por su funcionamiento como por su ubicación, estas instituciones eran auténticos oasis de orden, piedad y estabilidad, donde la curación podía producirse. Con el fin de cultivar estas prácticas, los monasterios se transformaron también en centros de conocimiento médico entre los siglos V y X, el período clásico de la llamada medicina monástica, y emergieron en el Renacimiento Carolingio del siglo VII como principales centros de estudio y transmisión de los textos médicos antiguos.
Baste recordar que sólo la gran abadía benedictina de Cluny (devastada durante la Revolución Francesa) Ilegaría a atender hasta 17.000 pobres por año
HORACIO BOLÓ, <La ciudad cristiana y el nacimiento de los hospitales> en Diálogo 52 (2009), 59-77 FIELDING H. GARRISON, An Introduction of the History of Medicine, W. B. Saunders, Filadelfia 1914, 118; citado en ALVIN ). SCHMIDT, Under the Influence, op. cit., 131 HORACIO BOLÓ, op. cit., 65-68 GUENTER B. RISSE, Mending Bodies, Saving Souls: A History of Hospitals, Oxford University Press, Nueva York 1999, 95 SANTIAGO CANTERA, op. cit. , 64.
*Algunos refieren que no fue sino la misma Santa Elena (242-329), madre del emperador Constantino quien habría creado los primeros hospitales cristianos (cfr. SANTIAGO CANTERA, op: cit., 45) *En la vida de la Santa Hildegarda de Bingen, Doctora de la Iglesia (siglo XI), hay un sinfín de anécdotas en las cuales se narran las muchas curaciones que hacía a los laicos con sus propias medicinas.
La iglesia de los Inválidos de París, muestra de la estrecha relación entre los hospitales y la Iglesia católica.
Evangelio según san Mateo, 10: 19- 20 «Y cuando os entregaren, no penséis en el modo y en lo que habéis de hablar; porque os será dado en aquella hora lo que habéis de hablar: porque no sois vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre habla en vosotros». (vv. 19- 20)
Cuando el Señor dice aquí: «No os preocupéis con lo que habéis de hablar», estas palabras no están en oposición con las que dice en otro lugar: «Estad siempre preparados a satisfacer a los que os pregunten y a exponerles los motivos de vuestra esperanza» ( 1Pe 3,15 ). Porque cuando la lucha es entre amigos, debemos preocuparnos de lo que debemos decir; pero delante de un tribunal terrible y de una turba exaltada y cuando nos vemos rodeados de peligros por todas partes, Cristo nos da un auxilio, para que hablemos con confianza y para que no cedamos al miedo
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,5
San Lucas 10:1-9 Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.
Evangelio según san Mateo, 10: 19- 20 «Y cuando os entregaren, no penséis en el modo y en lo que habéis de hablar; porque os será dado en aquella hora lo que habéis de hablar: porque no sois vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre habla en vosotros». (vv. 19- 20)
Porque nuestra fe regularizada por los preceptos divinos, nos enseñará lo que debemos responder: tenemos un ejemplo en Abraham, a quien (después de haberle exigido para el sacrificio a su hijo Isaac) no le faltó un carnero que sirviera de víctima ( Gén 22 ). Y por esta razón sigue: «Porque no sois vosotros los que habláis», etc
San Juan 15:12-16 Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.
Evangelio según san Mateo, 10: 19- 20 «Y cuando os entregaren, no penséis en el modo y en lo que habéis de hablar; porque os será dado en aquella hora lo que habéis de hablar: porque no sois vosotros los que habláis, sino que el Espíritu de vuestro Padre habla en vosotros». (vv. 19- 20)
Cuando nosotros seamos conducidos, por la causa de Cristo, delante de los jueces, tan solamente debemos ofrecer nuestra voluntad a Cristo; por lo demás, el mismo Cristo que habita dentro de nosotros, hablará en nuestro favor y el Espíritu Santo nos asistirá con su gracia en las contestaciones