Pecados y Cristo

«¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!»» (STh, 3, q1, a3, ad 3

Oración

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus no

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy la luz del mundo –dice el Señor–; el que me sigue tendrá la luz de la vida.

Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO

Jn 12, 44-50.
Yo he venido al mundo como luz.
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:

    «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.

Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».
Palabra del Señor

Protoevangelio

Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo.
Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón” Génesis 3,15
La Inmaculada Concepción, Giovanni Battista Tiepolo, 1767-1769

Oración

Dios pide tu fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte; sino con tu buena voluntad. Amén

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mis ovejas escuchan mi voz –dice el Señor–, y yo las conozco, y ellas me siguen.

Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO

Jn 10, 22-30.
Yo y el Padre somos uno.
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
SE celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:

    «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

Jesús les respondió:

    «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».
Palabra del Señor

La lucha diaria

Através de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (GS 37,2).

Oración

Cristo es nuestra esperanza nuestra paz y nuestra vida.¡Aleluya, aleluya!

Evangelio

El buen pastor dio su vida por las ovejas

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús:

    «Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y en solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».
Palabra del Señor.

Armas

No, las armas de nuestro combate no son carnales, pero, por la fuerza de Dios, son suficientemente poderosas para derribar fortalezas. Por eso destruimos los sofismas. 2 Corintios, 10, 4