La instrucción es no toparse con el universo



Las teorías generales se condenan en todas partes: la doctrina de los derechos del hombre se contrapone a la doctrina de la caída del hombre. El propio ateísmo nos resulta demasiado teológico hoy día.

La revolución misma es demasiado sistemática; la libertad misma, demasiado restrictiva. No deseamos generalizaciones. Bernard Shaw lo ha expresado en un epigrama perfecto:

< La regla de oro es que no hay regla de oro>.

Cada vez más nos ocupamos de los detalles en el arte, la política, la literatura. Importa la opinión de un hombre sobre los tranvias, sobre Botticelli. Pero su opinión sobre el todo no importa. Puede mirar a su alrededor y explorar un millón de objetos, pero no debe, bajo ningún concepto, dar con ese objeto extraño, el universo, pues si lo hace tendrá una religión, y se perderá. Todo importa, excepto el todo.

HEREJES. G.K. Chesterton

Urgente

Es urgente, es preciso que ninguno de nosotros, obispos, sacerdotes y laicos, nos dejemos impresionar por los argumentos equivocados, las puestas en escena teatrales, las mentiras diabólicas, los errores de moda que quieren desvalorizar el celibato sacerdotal

Benedicto XVI / Card. Sarah

Oración

¡Jesús! Tu imagen inefable es el astro que guía mis pasos

De: la iglesia luterana de América Para: la Francmasonería

De: la iglesia luterana de América
Para: la Francmasonería

El dios de la Masonería no es el Padre de Jesucristo. Los juramentos a que obligan los rituales son frívolos y blasfemos. No se tiene en cuenta la salvación por la fe en Cristo. Los rituales se oponen a la fe cristiana y prescinden de ella. La Iglesia luterana cree que el culto de un dios que no es el cristiano degenera en idolatría

La Iglesia Presbiteriana de Escocia condenó la Masonería en 1757, lo mismo que la de Irlanda y la presbiteriana ortodoxa de América.  En el mismo sentido se manifiestan otras iglesias protestantes, hasta el punto que Hannah puede trazar una conclusión clara:

«Ninguna iglesia cristiana que haya estudiado seriamente las enseñanzas religiosas y las implicaciones de la Francmasonería ha dejado de condenarla».

Ricardo de la Cierva, La Masonería invisible p. 107
Walton Hannah, Darkness visible.., p. 76-81

Oración

¡Jesús! Tu imagen inefable es el astro que guía mis pasos

Evangelio

San Juan 19:25-27
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa

Palabra del Señor

Cortedad



Con el fin, pues, de purificar el alma humana de estas falsedades, la Sagrada Escritura, adaptándose a nuestra cortedad, no esquivó palabra alguna humana con el intento de elevar, en gradación suave, nuestro entendimiento bien cultivado a las alturas sublimes de los misterios divinos. Así, al hablar de Dios, usa expresiones tomadas del mundo corpóreo y dice: Encúbreme a la sombra de tus alas (Sal. 17, 8). Y aun le place usurpar del mundo inmaterial locuciones innúmeras, no para significar lo que Dios es en sí, sino porque así era conveniente expresarse, Por ejemplo: Yo soy un Dios celoso (Ex. 20, 5). Me arrepiento de haber creado al hombre (Gn. 6, 7). Por el contrario, de las cosas inexistentes se abstiene en general la Escritura de emplear expresiones que cuajen enigmas o iluminen sentencias. Por eso se disipan en vanas y perniciosas sutilezas aquellos que, enmarcados en el tercer error, se distancian de la verdad fingiendo en Dios lo que ni en Él ni en ser alguno creado es dable encontrar. Con símiles tomados de la creación suele la Escritura divina formar como pasatiempos infantiles con la intención de excitar por sus pasos en los débiles un amor encendido hacia las realidades superiores, abandonando las despreciables. Lo que es propio de Dios, que no se encuentra en ninguna criatura, rara vez lo menciona la Escritura divina, como aquello que fue dicho a Moisés: Yo soy el que soy; y: El que es me envía a vosotros (Ex. 3, 14). Ser se dice en cierto modo del cuerpo y del espíritu, mas la Escritura no diría esto si no quisiera darle un sentido especial. Dice también el Apóstol: El único que posee la inmortalidad (1Tm. 6, 16). Siendo el alma, en cierta medida, inmortal, no diría el Apóstol: El único que la posee, si no se tratase de la verdadera inmortalidad inconmutable, que ninguna criatura puede poseer, pues es exclusiva del Creador. Esto dice Santiago: Toda dádiva optima y todo don perfecto viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de variación (St. 1, 17). Y David en el Salmo: Los mudarás y serán mudados; pero tú eres siempre el mismo (Sal. 102, 27- 28)

De Trinitate.  Agustín de Hipona

Sobre el padre nuestro



Debe ser confiada para acercarnos sin vacilación al trono de la gracia, como se dice en Hebreos 4, 16. Además debe hacerse con fe que no desfallezca, como dice Santiago (1, 6): «Que pida con fe, sin ninguna vacilación». Aun racionalmente esta oración es segurísima: está formada por nuestro abogado, que pide de manera sapientísima, en el cual están todos los tesoros de la sabiduría, como se dice en Colosenses 2, y del cual dice 18 Juan 2, 1: «Tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo justo»; por lo cual dice Cipriano en su tratado sobre la Oración Dominical: «Como con Cristo tenemos un abogado ante el Padre por nuestros pecados, cuando pedimos por nuestros delitos, presentemos las palabras de nuestro abogado». También por otro motivo se ve que esta oración es oída más seguramente y es que Él mismo que nos la enseñó la oye con el Padre, según aquello del Salmo 90, 15: «Clamará a Mí, y Yo lo oiré». Por lo cual dice Cipriano: «Rogar a Nuestro Señor con sus propias palabras es hacerle una oración grata, familiar y devota». Por lo cual nunca deja de sacarse algún fruto de esta oración, y según San Agustín por ella se perdonan nuestros pecados veniales

Comentarios sobre el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Santo Tomás de Aquino

INTENTOS DEL HOMBRE



El árbol del dolor está infinitamente ramificado. Ya en sus raíces, pues el sufrimiento humano está profundamente entrelazado con el sufrimiento de los animales; estos viven persiguiéndose unos a otros y devorándose unos a otros, luchando en constante temor por su existencia y siempre, en algún momento acaban sucumbiendo: ante el enemigo, ante la enfermedad, ante la vejez y la muerte. <En efecto, la creación fue sometida a la caducidad> (Rm 8,20), precisamente cuando quiere conservarse, aun <evolucionar>.

El hombre hereda ese dolor natural y lo ahonda por su ser consciente, sea que el dolor irrumpa desde el exterior como una catástrofe natural o desde el interior de su débil organismo, sea que lo experimente de un modo fisico como hambre y enfermedad o de un modo espiritual en la experiencia del odio, la soledad, la pérdida de esperanza ante el sentido de la vida. Se puede entender que algunas cosmovisiones interpreten todo placer y alegría como algo superficial (quizá engañoso) y el sufrimiento como el fundamento que verdaderamente sustenta la realidad del mundo. Y quien quiera volverle la cara no puede menos que ver ante sí el fin seguro que le espera, y así <pasar toda su vida sometido a la esclavitud, por temor a la muerte> (Hb 2,15).

¿Qué actitud puede adoptar el hombre ante al sufrimiento?

Dios y el sufrimiento Balthasar, Hans Urs von

Lobos con pieles de cordero


Infiltración: el complot para destruir la Iglesia desde dentro,

Taylor Marshall trata un tema que hoy se ignora deliberadamente. El asunto de una posible infiltración en la Iglesia por fuerzas externas a ella no ella no cuadra con la imagen optimista que el papa Juan XXIII y, particularmente, el Concilio Vaticano II dibujaron, de manera irreal y acrítica, del mundo moderno. En los últimos sesenta años ha habido una continua y creciente hostilidad hacia la Divina Persona de Jesucristo y su postulado de ser la única Redención y el único Maestro de la humanidad. Esta hostilidad del mundo moderno, considerado como «‘bueno», «tolerante» y «optimista», se expresa en eslóganes tales como «no queremos que Cristo reine sobre nosotros», «queremos ser libres de cualquier exigente verdad doctrinal o ley moral» y «jamás reconoceremos una Iglesia que no acepte incondicionalmente la mentalidad del mundo moderno».

Esta hostilidad ha llegado a su culmen hoy en día. Son muchos los altos miembros de la jerarquía católica que, no sólo han capitulado ante las estériles demandas del mundo moderno, sino que están colaborando, con o sin convicción, en la implementación de estos principios en la vida cotidiana de la Iglesia, en todas las áreas y en todos los niveles. Muchos se preguntan cómo ha podido suceder que la doctrina de la Iglesia, su moral y su liturgia se hayan desfigurado hasta este punto. Cómo es que hay tan poca diferencia entre el espíritu predominante en la vida de la Iglesia en nuestros días y la mentalidad del mundo moderno?

El mundo moderno, después de todo, se inspira en los principios de la Revolución francesa: la libertad absoluta del hombre respecto de cualquier revelación divina o mandamiento; la absoluta igualdad que abole no sólo la jerarquía, sino también las diferencias entre sexos; y una hermandad del hombre tan acrítica que incluso elimina las distinciones basadas en la religión.

Sería deshonesto e irresponsable señalar únicamente la crisis presente dentro de la Iglesia y dedicarse sólo a lidiar con los síntomas. Debemos examinar las raíces de la crisis, que puede ser identificada de forma decisiva (como ha hecho Taylor Marshall en su libro) como una infiltración del mundo no creyente, y especialmente de la masonería – una infiltración que, según los estándares humanos, podría tener éxito simplemente siguiendo un proceso largo y metódico. Como señaló el papa León XIII cuando abrió los Archivos Secretos Vaticanos, cuando se investigan y se exponen hechos históricos -incluso si estos son comprometidos y problemáticos- la Iglesia no tiene nada que temer. Este libro revela las significativas raices históricas de la actual crisis global de la Iglesia y arroja luz sobre otros hechos intrigantes del pasado. Debido a la falta de suficientes recursos materiales y dado que los relevantes Archivos Vaticanos permanecen cerrados a los investigadores, algunos asuntos tratados en este libro (como las circunstancias que rodean la muerte de Juan Pablo I) no deben ser consideradas más que hipótesis.

Otros argumentos aquí presentados, sin embargo, señalan la existencia de un notable hilo rojo que recorre sistemáticamente la historia del pasado siglo y medio de la historia de la Iglesia. La Iglesia de Cristo siempre ha sido y siempre será perseguida. Y siempre estará infiltrada por sus enemigos. El problema es sólo el de la extensión de esta infiltración, y esto está determinado por el grado de vigilancia ejercido por aquellos en la Iglesia que son designados como «vigilantes», que es el significado literal de la palabra episcopos -esto es, obispo. El mayor vigilante en la Iglesia es el Romano Pontífice, el supremo pastor tanto de los obispos como de los fieles. La primera infiltración en la Iglesia sucedió con el apóstol Judas Iscariote. Desde entonces ha habido en la Iglesia intrusos -sacerdotes, obispos e incluso, en casos muy raros, papas- a los cuales Nuestro Señor llamó «lobos con pieles de cordero».

Athanasius Schneider Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de Santa Maria en Astana 11 de abril de 2019