La Nube y la Gloria de Dios


Los santos del Antiguo Testamento, se nos dice, habitan en “una nube”, una nube envolvente. Y para un auditorio de judíos del siglo primero esa afirmación estaba llena de significado. Para los “hebreos”, a quienes va dirigida la Carta, la nube era, simple y llanamente, la Gloria de Dios. Cuando Dios condujo a los israelitas a través del desierto, durante días se les aparecía como una columna de nubes. Cuando Dios se hacía presente ante ellos en el tabernáculo (y más tarde en el Templo), los israelitas veían solamente su Shekinah, la nube de gloria que acompaña a Dios. En el Nuevo Testamento, una nube también descendió para llevarse a Jesús a los cielos, ante la mirada atónita de sus discípulos. Y así el fiel difunto, que habita ahora en la “nube de los testigos”, literalmente está entre los santos en la gloria.

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