El problema del mal existencial



¿Qué es el “mal existencial”? Nada más y nada menos que el sufrimiento, tanto físico como espiritual. Pues bien, ¿tiene Dios razones morales suficientes para permitir el “mal existencial”, es decir, el sufrimiento? Siguiendo a San Agustín, quien decía que “Dios no permitiría el mal si no fuese lo suficientemente Sabio y Bueno como para del mismo mal sacar el bien”, creemos que sí. Y esto por las siguientes razones:

1) Porque el sufrimiento puede servir para perfeccionar moralmente a la criatura de tal modo que alcance su fin último: De acuerdo con el teísmo el fin último del hombre es ser plenamente feliz en unión con Dios. Pero dado que Dios es por esencia Perfecto y Bueno y que toda unión real entre dos seres se da únicamente en términos de sus esencias, será absolutamente necesario que el hombre sea perfeccionado moralmente para que pueda alcanzar su unión plena con Dios. ¿La implicancia de ello? Que Dios bien puede utilizar el sufrimiento para perfeccionar moralmente a la criatura de tal modo que pueda alcanzar su fin último: la felicidad eterna en unión con Él.

¿Por qué Dios se preocupa por ello? Porque -como explica Lewis- nosotros, sus criaturas, “somos, y no en forma metafórica sino de modo muy real, una obra de arte divino; algo que Dios está realizando y, por lo tanto, algo con lo cual no estará satisfecho hasta que alcance una característica determinada. Nuevamente nos encontramos con aquello que he llamado el ‘intolerable cumplido’. Puede ser que un artista no se tome mayor trabajo al hacer un bosquejo a la rápida para entretener a un niño; puede que lo dé por terminado, a pesar de no estar exactamente como pretendía que fuera. Pero, con la gran obra de su vida se tomará molestias interminables y, sin lugar a dudas, causaría molestias interminables a su cuadro, si este fuera sensible. Uno puede imaginarse a un cuadro sensible después que ha sido borrado, raspado y recomenzado por décima vez, deseando ser solo un pequeño bosquejo que se termina en un minuto.

Es natural que nosotros deseemos que Dios hubiese proyectado para nosotros un destino menos glorioso y menos arduo; pero, en tal caso, no estaríamos deseando más amor, sino menos” . ¿Querían a un Dios amoroso? ¡Pues ahí lo tienen! Él no es como un abuelito bonachón y senil que organiza el mundo para que sus nietos “la pasen bien”, más bien es como un Padre realmente preocupado porque su hijo sea una persona de bien. Él no quiere que nos divirtamos por un momento y ya. Él quiere que seamos eternamente felices en el amor, que realicemos nuestras esencias, y para eso necesita perfeccionarnos… aun cuando ello implique sufrimiento. Para seguir con nuestra costumbre, ilustremos este último punto por medio de una historia: Érase un bloque de mármol cuyo mayor deseo era que todo el mundo admirara su belleza. Pero nadie parecía prestarle atención. – ¡Oh, pobre de mí, nadie se fija en mi belleza!– se lamentaba. Un día un hombre se acercó directamente hacia él. “Al fin alguien me apreciará” pensó para sus adentros el bloque de mármol. Entonces el hombre sacó un cincel y comenzó a picarlo… – ¡No! ¡Malvado! ¡Me estás mutilando! ¡Estás destrozando mi vida… ahora ya nadie me querrá!–se quejaba el bloque de mármol. Pero el hombre no le hacía caso y seguía trabajando. Ese hombre era el famosísimo escultor italiano Miguel Ángel Buonarroti y ese mármol es el que ahora todos conocemos como el David, la más gloriosa de sus esculturas. Complementemos esta historia con una anécdota del mismo Miguel Ángel. Cuando le preguntaron cómo es que hacía esculturas tan bellas, él simplemente respondió: “Las esculturas ya están en el bloque de mármol, yo solo saco lo que sobra”. ¿Por qué no pensar, entonces, que gran parte del sufrimiento que hemos experimentado en nuestras vidas no ha sido más que los amorosos cincelazos que nos ha dado Dios para quitarnos todo aquello que nos “sobra” para ser realmente felices (como el odio, el miedo o el egoísmo)?

2) Porque el sufrimiento puede servir para persuadir a ciertas criaturas de que se están alejando de su fin último: Para explicar este punto basta y sobra con la genial explicación de Lewis. Él comienza planteando la cuestión en los términos siguientes: “Todos hemos notado qué difícil es volver nuestros pensamientos a Dios cuando todo está bien. ‘Tenemos todo lo que queremos’ es un dicho terrible cuando ‘todo’ no incluye a Dios. (…) Consideramos a Dios de la misma manera que un aviador considera a su paracaídas: está allí para las emergencias, pero espera que nunca tendrá que usarlo. Ahora bien, Dios que nos ha hecho, sabe lo que somos y que nuestra felicidad está en Él. Sin embargo, no la buscaremos en Él, mientras nos deje otro recurso donde podamos buscarla. Mientras aquello que llamamos ‘nuestra propia vida’ se mantenga agradable, no se la entregaremos a Él. ¿Qué puede entonces hacer Dios en beneficio nuestro, sino hacer ‘nuestra propia vida’ menos agradable para nosotros y quitar las posibles fuentes de falsa felicidad? Es justamente aquí, donde la Providencia divina parece en un principio ser más cruel, que la humildad divina, la condescendencia del Altísimo, merece mayor alabanza. Nos sentimos perplejos al ver caer la desgracia sobre personas buenas, inofensivas y valiosas; sobre madres de familia capaces y trabajadoras, o sobre pequeños comerciantes esmerados y ahorrativos; sobre aquellos que han trabajado tan dura y honestamente por su modesta dosis de felicidad, y ahora parecen empezar a gozarla con todo derecho”

¿Pero cómo puede Dios atreverse a destruir la “felicidad” de estas sencillas personas? Continuemos con Lewis: “Permítame implorar al lector que intente creer, aunque tan solo sea por un momento, que Dios, que fue quien creó a estas personas meritorias, puede realmente tener razón al pensar que su modesta prosperidad y la alegría de sus niños no son suficientes para que sean bienaventurados; que todo esto debe desprenderse de ellos al final, y que si acaso no han aprendido a conocerlo a Él, serán desdichados. Y, por lo tanto, los complica advirtiéndoles anticipadamente de una deficiencia que algún día deberán descubrir. La vida para ellos mismos y para sus familias se interpone entre ellos y el reconocimiento de
sus necesidades; Dios hace esa vida menos dulce para ellos.

Yo llamo a esto humildad divina, porque muy poca cosa es arriar ante Dios nuestra bandera cuando el barco se está hundiendo bajo nuestros pies; muy poca cosa acudir a Él como último recurso, para ofrecer ‘lo nuestro’ cuando ya no vale la pena tenerlo. Si Dios fuera orgulloso, difícilmente nos aceptaría en tales términos; pero Él no es orgulloso, se humilla para conquistar, Él nos acepta a pesar de que hemos mostrado que preferimos todo lo demás antes que a Él, y que acudimos a Él porque no hay ahora ‘nada mejor’ que tener. (…) Difícilmente puede ser halagador para Dios, el que lo elijamos como una alternativa al infierno; sin embargo, Él acepta incluso esto. La ilusión de la criatura de ser autosuficiente debe, por su propio bien, ser destrozada; y Dios la destroza mediante problemas o miedo a los problemas en la tierra, mediante el crudo temor a las llamas eternas, ‘sin pensar en la disminución de su gloria’. Aquellos a quienes les gustaría que el Dios de la Sagrada Escritura fuera más puramente ético, no saben lo que piden.

Si Dios fuera kantiano, si no nos aceptara hasta que fuéramos a Él por los motivos más puros y mejores, ¿quién podría salvarse? Y esta ilusión de autosuficiencia puede encontrarse del modo más fuerte en algunas personas muy honestas, bondadosas y templadas y, por lo tanto, sobre aquellas personas debe caer la desgracia”. Resumiendo, podemos decir que otra razón que tiene Dios para permitir el sufrimiento es que es tan Sabio y Bueno que puede utilizar el mal existencial para persuadir a la criatura que está incurriendo en el mal moral para que cambie su conducta y así pueda alcanzar su bien ontológico. De ahí que Lewis diga que el dolor “es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo”.

3) Porque solo si existe el sufrimiento son posibles ciertas acciones morales: Otra importante razón por la que Dios permite el sufrimiento es porque solo si este existe son posibles ciertas acciones morales tales como la solidaridad (“ Se ha quemado la casa del vecino, hay que hacer una colecta para ayudarle”), el perdón (“ Me sentí muy dolido por tu traición, pero te
perdono”), la compasión (“ Juan ha intentado suicidarse, ahora hay que mostrarle más amor que nunca”) o la valentía (“ Tengo miedo, pero lo venceré para poder ayudar a esas personas”). Es en ese sentido que Lewis dice que “incluso si el dolor mismo no tuviera valor espiritual alguno, aun así, si el temor y la compasión lo tuvieran, el dolor tendría que existir para que hubiese algo a lo cual temer y de lo cual compadecerse. Que ese temor y esa compasión nos ayudan en nuestro retorno a la obediencia y a la caridad, es algo que no se puede dudar” (16). Y es que, como decía San Agustín, “el Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”. Dios no va a resolver las injusticias y miserias del mundo con un solo milagro: Él quiere nuestra participación. El lector que está pensando que a continuación viene otra historia no se equivoca: Cierta noche de invierno iba un hombre adinerado en dirección a una fiesta. En el camino vio a una niña que vendía flores bajo la lluvia. Se le veía muy enferma y hambrienta. “Pobre niña -dijo para sus adentros- ojalá Dios le ayude”. Pero como no quería “deprimirse” ni sentirse responsable, dejó inmediatamente de pensar en eso y siguió su camino hacia la fiesta. A la mañana siguiente, cuando volvía a su casa, se encontró con la misma niña.

Pero esta vez yacía muerta al lado de la calle, no se sabe si de hambre o de frío. – ¡Maldito seas Dios! ¿¡ Qué has hecho Tú por esta niña!? -reclamó el hombre. – Te hice a ti -respondió Dios. Vemos, pues, que existen muy buenas razones morales para que Dios permita y hasta utilice el sufrimiento de tal modo que las personas puedan alcanzar su fin último y ser perfeccionadas moralmente. Resumiendo: Para resolver el problema del mal lo hemos abordado desde 3 perspectivas: la ontológica, la moral y la existencial. Primero, desde la perspectiva ontológica hemos probado que, considerado en sí mismo, el mal simplemente no existe. Luego, desde la perspectiva moral hemos probado que Dios tiene razones morales suficientes para permitir el mal en orden de que existan criaturas racionales y libres que puedan amar. Finalmente, desde la perspectiva existencial hemos probado que también ahí Dios tiene razones morales suficientes para permitir y hasta utilizar el sufrimiento en orden de que sus criaturas racionales puedan alcanzar su fin último y perfeccionarse moralmente. En ninguno de estos casos ha sido necesario negar la Omnisciencia, la Omnipotencia o la Bondad de Dios. Queda, pues, refutado el argumento

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia, art. 3, sol. 1

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, Magdalen College, Oxford, 1940, p. 16

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, op. cit., p. 40.

San Agustín, Sermones, s. 169, cap. 11, n.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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