LAS PRIMERAS CONDENAS PONTIFICIAS Clemente XII y Benedicto XIV: la excomunión confirmada
No habían pasado más que veintiún años desde el nacimiento de la Masonería cuando con bastante conocimiento de causa la Iglesia condenaba a la nueva secta. La primera de dichas condenas se debe a Clemente XII que mediante la bula In eminenti, de 1738, prohíbe a los católicos ingresar en la secta. Hablaba el papa de una sociedad entonces en pleno auge, trasplantada desde Inglaterra poco antes -la primera logia francesa se habia abierto en Paris en 1725-, que crecía en el Continente y parecía imparable: <[..] haciendo nuevos progresos cada día, ciertas sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos llamados vulgarmente de francmasones o bajo otra denominación>.
Reconocía ya en la Masonería una diversidad de denominaciones, que, con distintas apariencias, abarcaban a una serie de sectas que formaban una misma realidad. Y les atribuía una acción criminal sin paliativos: <Pero como tal es la naturaleza del crimen, que se descubre a sí mismo, da gritos que lo manifiestan y lo denuncian; de ahí, que las sociedades y conventículos susodichos han dado origen a tan fundadas sospechas que el alistarse en estas sociedades es para las personas honradas y prudentes contaminarse con el sello de la perversión y la maldad>.
Crimen, perversión y maldad son conceptos vinculados a la Masoneria en las condenas pontificias a partir de la primera hasta que el lenguaje de las mismas se modere en el siglo XX; aunque no por ello resulten menos claras estas últimas. Antes de seguir adelante, conviene contextualizar el momento de la publicación de esta bula: a partir de 1715, Europa vive un periodo de transformaciones radicales en diferentes aspectos: comenzaba el movimiento cultural que se conocería como Ilustración, y se proclamaba bien pronto incompatible con la fe revelada; Francia, a pesar de seguir dictando las modas en la cultura europea, perdía la hegemonía continental a favor de Inglaterra – la gran beneficiaria del tratado de Utrech-, que se aprestaba a controlar las vías de navegación y el comercio internacional, socavando los imperios europeos mediante la creación del suyo; que iria creciendo en perjuicio de los existentes
Empezaba a considerarse de buen tono todo lo que viniera de Inglaterra; su influencia en el pensamiento ilustrado fue decisiva: de allí venía el deísmo, la creencia en el Ser Supremo que acabaría por imponerse en la cofradia de los philosophes; la Masonería sería clave en este proceso. Su conocimiento secreto la hacía atractiva para muchos espíritus selectos y curiosos; su racionalismo radical aparente y su concepto del Gran Arquitecto del Universo, parecía adecuarse al escepticismo ilustrado que se «liberaba» por entonces de la educación religiosa.
Aquel ambiente descreído, fatuo y hedonista que se imponía en las élites cultas, incluyendo a las católicas, sería ideal para la extensión de la secta . Pero, prescindiendo de esos espejismos de libertad individual y elevación del hombre a través del conocimiento – o de la gnosis , Clemente XII, señalaba <los grandes males que ordinariamente resultan de esta clase de asociaciones o conventículos, no solamente para la tranquilida de los Estados temporales, sino también para la salud de las almas> Aparecían ya los dos argumentos fundamentales contra la secta: el peligro que representaba. Lorenzo Corsini, (Florencia 1652- Roma 1740); elegido el 12 de julio de 1730, murió a los 88 años el 6 de febrero de 1740 para la seguridad de los Estados y, sobre todo, para la salvación de las almas. Y denunciaba el mismo documento algo que volverá a aparecer en los siguientes: el engaño empleado por la secta para lograr prosélitos. Debía velar el papa, en el cumplimiento de su deber, <para que esta clase de hombres, lo mismo que los ladrones no asalten la casa y como los zorros no trabajen en demoler la viña, no perviertan el corazón de los sencillos, y no los traspasen en el secreto de sus dardos envenenados>, para cerrar el camino a <las iniquidades [..] que se cometerían impunemente>, avisando, como lo harán sus sucesores, de la impunidad en la que suelen quedar los crímenes de la secta. Por todo ello se pronunciaba: [… hemos concluido y decretado condenar y prohibir estas sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos llamados de francmasones, o conocidos bajo cualquier otra denominación, como Nos los condenamos, los prohibimos por Nuestra presente Constitución valedera para siempre. Por eso prohibimos seriamente, y en virtud de la santa obediencia, a todos y cada uno de los fieles de Jesucristo de cualquier estado, gracia, condición, rango, dignidad y preeminencia que sean, laicos clérigos seculares regulares, aun los que O merezcan una mención particular, osar presumir bajo cualquier pretexto, bajo cualquier color que sea, entrar en las dichas sociedades de francmasones, o llamadas de otra manera, o propagarlas, sostenerlas o recibirlas en su casa, darles consejo, socorro o favor abierta o secretamente, directa o indirectamente por sí por medio de otros de cualquier manera que esto sea […] les ordenamos en absoluto que se abstengan enteramente de estas clases de sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos, esto bajo pena de excomunión en que incurren todos contraviniendo como arriba queda dicho, por el hecho y sin otra declaración de la que nadie puede recibir el beneficio de la absolución por otro sino por Nos o por el Pontífice romano que entonces exista, a no ser en el articulo de la muerte. [..]
No podían los fieles entrar en dichas sociedades ni colaborar con ellas de ninguna manera según esta constitución valedera para siempre>, bajo pena de ‣ excomunión ipso facto. Pero, a pesar de esta detallada declaración solemne del sumo pontífice, no tardaron las sociedades condenadas en hacer correr el rumor de que su condena estaba superada. Solo esperaron hasta la muerte de Clemente XII. De manera que Su sucesor, Benedicto XIV, se vio obligado a confirmarla mediante la Constitución Apostólica Próvidas, de 1751
Lorenzo Corsini, (Florencia 1652-Roma 1740)
Clemente XII, Bula In eminenti, 1738
Próspero Lambertini (Bolonia 1675- Roma 1758); elegido papa el 17 de agosto de 1740, murió, a la edad de 83 años, el 3 de mayo de 1758, siendo sepultado en el Vaticano
IGLESIA Y MASONERÍA. LAS DOS CIUDADES. Alberto Bárcena
El mal del militarismo no es que enseñe a ciertos hombres a ser fieros, arrogantes y excesivamente belicosos; el mal de militarismo es que enseña a la mayoria de los hombres a ser dóciles, tímidos y excesivamente pacíficos. El soldado profesional concentra cada vez más poder, mientras el valor general de la comunidad mengua. Así, la guardia pretoriana adquiría cada vez más importancia en Roma, mientras Roma se hacía cada vez más decadente y débil. El hombre militar obtiene un poder civil proporcional a las virtudes militares que pierden los civiles. Y lo mismo que sucedia en la antigua Roma sucede en la Europa contemporánea. No ha existido nunca una época en que las naciones hayan sido más militaristas que en ésta. Y nunca ha habido una época en que los hombres hayan sido menos valientes. En todas las épocas, en todas las épicas, se ha cantado las armas y al hombre. Pero nosotros hemos propiciado simultáneamente el deterioro del hombre y la fantástica perfección de las armas. El militarismo demostró la decadencia de Roma, y demuestra la decadencia de Prusia.
San Lucas 11:27-28 Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»
San Mateo 16:13-19 Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»
Los que dijeron que nuestro Señor Jesucristo no era Dios, o que no era Dios verdadero, o que no era un Dios con el Padre, o que por ser mudable no era inmortal, pueden ser convencidos por el testimonio acordado y unánime de los libros divinos, de donde están tomadas estas palabras: En el principio existia el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Es manifiesto que nosotros reconocemos en el Verbo de Dios al Hijo único de Dios, del cual dice luego: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, a causa del nacimiento de su encarnación, acaecido, en el tiempo, de una Virgen.
En este pasaje declara San Juan no sólo que Cristo es Dios, sino que es consubstancial al Padre, pues habiendo dicho que el Verbo era Dios, continúa: En el principio estaba en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada ha sido hecho (Jn. 1, 1-14; 2, 3). En el omnia se incluyen todas las criaturas. Luego consta con evidencia que no ha sido hecho aquel por quien fueron hechas todas las cosas. Y si no ha sido hecho, no es criatura; y si no es criatura, es una misma substancia con el Padre. Toda substancia que no es Dios, es criatura; y la substancia que no es criatura, es Dios. Si el Hijo no es una misma substancia con el Padre, es criatura; y si es criatura, ya no han sido hechas por El todas las cosas Pero está escrito: Todo ha sido hecho por Él; luego es una misma substancia con el Padre, y, por consiguiente, no sólo es Dios, sino también Dios verdadero
Se requería, para la purificación de la memoria, el reconocimiento de las culpas donde las hubiera habido. En diciembre del año 1982, en una alocución en Madrid dirigida a los representantes de la Universidad, las Academias y la Investigación científica, Juan Pablo II habia reconocido algunos «errores y excesos en momentos como los de la Inquisición», advirtiendo, empero, que «sólo a la luz objetiva de la historia» podía reconstruirse la verdad de los hechos. Al año siguiente, el 11 de septiembre de 1983, en ocasión de un encuentro ecuménico en Viena, dirá: «las culpas que corresponden realmente a los cristianos no deben ser negadas». En 1991 insistiria en que las exigencias de la verdad y del amor «suponen el reconocimiento leal de los hechos, con disponibilidad de perdonar y reparar los respectivos errores. Éstas impiden encerrarse en ideas preconcebidas, a menudo fuente de amargura y estériles recriminaciones; conducen a no lanzar acusaciones infundadas contra el hermano, atribuyéndole intenciones o propósitos de los que carece, Así, cuando se tiene el deseo de comprender realmente la posición del otro, los contrastes se reducen mediante un dialogo paciente y sincero, bajo la guía del Espíritu Paráclito». Lo cierto es que el mea culpa será extensivo exclusivamente a los abusos puntuales de algunos particulares, por tanto lógicamente, no extensivo a la institución de la Inquisición y menos a la Iglesia, que es Santa, como enseñaba el santo obispo de Hipona en una de sus bellas apologias. Nos los confirma el mismo Hans Küng, enemigo declarado del papado, cuando se quejaba amargamente «de la diferenciación que se hace entre las culpas de los representantes de la Iglesia y la institución en cuanto tal».
Por otro lado, seria conveniente plantear las siguientes cuestiones:
¿es justo y razonable señalar que la Iglesia Católica o cualquier otra religión o nación es -y será- esencial y generalmente injusta por la desobediencia de algunos de sus fieles o ciudadanos, tanto en el presente como en el pasado?
¿Por qué sólo se juzga con este criterio a la Iglesia Católica? ¿No han acaso cometido errores en cantidad y gravedad mayor representantes de otras religiones o estados? ¿Es justo que representantes de otras religiones exijan a la Iglesia Católica algún tipo de reparación o reconocimiento, no ya por algunos sucesos aislados del pasado, sino por todo su pasado, cuando en primer lugar son ellos quienes no tienen las manos limpias?
Sea cual fuere nuestra posición respecto a este delicado asunto, estos interrogantes merecen, al menos. alguna consideración y reflexión. Hay que insistir: debe guardarse especial cuidado antes de proceder a generalizaciones. A este respecto, el Concilio Vaticano II había recordado – tomando dos contextos diferentes la no imputabilidad a los contemporáneos de culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades religiosas: Lo que en su pasión [de Cristo] se perpetró no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judios que entonces vivian, ni a los judios de hoy.
Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor. Sobre el verdadero alcance de este generoso Mea Culpa se expedirá la Comisión Teológica Internacional mediante un conocido documento titulado Memoria y Reconciliación. La Iglesia y las Culpas del pasado, Sentido y alcance del reconocimiento de las culpas históricas, del cual pueden recogerse interesantísimas valoraciones e interrogantes: ¿Se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una <culpa> vinculada a fenómenos históricos irrepetibles, como las Cruzadas o la Inquisición? <No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual, como hacen escribas y fariseos, según Mt. 23,29-32 [..]?» «La Iglesia del presente-observaba el cardenal Ratzinger- no puede constituirse como un tribunal que sentencia sobre el pasado». En el capítulo IV del citado documento se advierte: La identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante todo, un correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que: realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando s se llega ala certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el: Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habria podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado. Hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico
Pasando al segundo apartado del mismo capítulo, podemos leer lo siguiente: Si estas operaciones están presentes en todo acto hermenéutico, no pueden faltar tampoco en la interpretación en que se integran juicio histórico y juicio teológico; ello exige, en primer lugar, que en este tipo de interpretación se preste la máxima atención a los elementos de diferenciación y extrañeza entre presente y pasado. En particular, cuando se pretende juzgar posibles culpas del pasado, hay que tener presente que son diversos los tiempos historicos y son diversos los tiempos sociológicos y culturales de la acción eclesial, por lo cual, paradigmas y juicios propios de una sociedad y de una época podrían ser aplicados erróneamente en la valoración de otras fases de la historia, dando origen a no pocos equívocos; son diversas las personas, las instituciones y sus respectivas competencias; son diversos los modos de pensar y los condicionamientos. Sobre el «principio de historicidad» (5, 1), dice: Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una especifica comunidad en el discurrir del tiempo. El alcance del Mea Culpa es inequívoco (1, 3): La imputabilidad de una culpa no puede extenderse propiamente más allá del grupo de personas que han consentido en ella voluntariamente, mediante acciones por omisiones o por negligencia. Del documento Memoria y Reconciliación puede extraerse un hondo sentido de autocrítica -como siempre ha tenido la Iglesia-, donde se pide perdón por los abusos de aquellos que en algún momento de la historia hicieron mal uso de sus funciones, desatendiendo sus responsabilidades. No obstante no consta en ningún pasaje del documento, como se ha visto, mención o alusión alguna sobre la supuesta condena al tribunal inquisitorial, al cual, como se ha dicho, tantos santos, papas y hombres notables han alentado e integrado. Quienes sí habían leído, analizado y entendido el verdadero alcance de este Mea Culpa- como el desacreditado teólogo apóstata Hans Küng- exhortaron al pontífice a hacer este pedido extensivo no ya a puntuales y aislados abusos, sino al tribunal per se y a todos cuantos en él hubieran participado directa o indirectamente. A esto respondería sabiamente Juan Pablo II: «Ciertamente, el Magisterio de la Iglesia no puede proponerse realizar un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin antes informarse exactamente sobre la situación de ese tiempo. Pero tampoco puede apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, ya que a menudo tienen una sobrecarga de emotividad pasional que impide un diagnóstico sereno y objetivo. Si no tuviera en cuenta esto, el Magisterio faltaría a su deber fundamental de respetar la verdad». Advertirá también que «antes de pedir perdón es necesario conocer exactamente los hechos y reconocer las carencias ante las exigencias evangélicas en los casos en que sea as, agregando que «La Inquisición requiere calma y análisis objetivos» en respuesta a quienes se precipitan a condenarlo-, insistiendo en que: «El tribunal de la Inquisición esta lejos de ser como opinan los enemigos de la Iglesia». Como es sabido, toda institución humana -a consecuencia del pecado original- es imperfecta. Dentro de la imperfección natural a toda empresa humana, la Inquisición fue -como mostrará el detenido análisis de la ingente cantidad de documentación existente- una de las instituciones más justas de la historia, si se evalúa, como escribía el conde De Maistre, «no sólo sus yerros sino sus incontables aciertos y sobre todo los males que evitó». Ésta es la forma más prudente de evaluar correctamente la actuación de un hombre, grupo o institución: en su conjunto. Si hay un concepto que ha repetido insistentemente Juan Pablo II ( siguiendo aquí a Pablo VI) desde su regio magisterio, fue el de «olvidar antiguos enfrentamientos»: ofrecemos perdón y pedimos perdón. Lamentablemente, este gesto de grandeza no siempre será celebrado ni acogido suficientemente por sus destinatarios: algunos lo considerarán insuficiente y otros se limitaran a ignorarlo con fría displicencia. Resulta de vital importancia conservar estos pronunciamientos frescos e inertes en la memoria, principalmente por la significación de su procedencia: un pontífice cuya bondad, caridad y erudición jamás ha sido puesta en duda siquiera por los más acérrimos adversarios de la Iglesia Católica. El Simposio Internacional sobre la Inquisición convocado por Juan Pablo II
El protestantismo ha creado una nueva historiografía de la Iglesia con el objetivo de demostrar que no sólo esta manchada por el pecado, sino que esta totalmente corrompida y destruida». Comisión Teológica Internacional
Ante la opinión pública la imagen de la Inquisición representa de alguna forma el símbolo de este antitestimonio y escándalo. ¿En qué medida esta imagen es fiel a la realidad? Antes de pedir perdón es necesario conocer exactamente los hechos y reconocer las carencias ante las exigencias evangélicas en los casos en que sea así. Éste es el motivo por el que el Comite pidió la consulta de historiadores, cuya competencia científica es universalmente reconocida». Juan Pablo I
Es justo, por otra parte, que la Iglesia contribuya a modificar imágenes de sí falsas e inaceptables, especialmente en los campos en los que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de opinión se complacen en identificarla con el oscurantismo y con la intolerancia». Comisión Teológica Internacional
Esta iniciativa demuestra que la Iglesia no teme someter el propio pasado al juicio de los historiadores». Cardenal Etchegaray
La Iglesia no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones alli donde se han verificado». Juan Pablo II
Luigi Accattoli, ob. cit., p.99. Sobre el Viaje apostólico de Juan Pablo II a España (12-1983) y su alocución en Madrid consultar L’Obsservatore Romano (edic. sem. en lengua esp. Num. Extraord.), diciembre de 1982, p.54, col, 38. Noticia recogida también en http://www.archimadrid.es/princi/princip/otros/docum/revhis/entrelos.htm Luigi Accattoli es desde 1981 el especialista en tema del Vaticano del Corriere Della Serra. Su famoso «Mea Culpa: Cuando el Papa pide perdón» (Ed. Española: Barcelona, Gijalbo, 1997) es muestra evidente de este tan en boga, poco científico, «revisionismo católico». Aunque algunas de sus aseveraciones podrán ser disculpadas si tomamos en consideración que su libro fue editado previo a las conclusiones del Simposio Internacional sobre la Inquisición de 1998
Juan Pablo I, Basílica de San Pedro, 7 de diciembre de 1991, en ocasión a la celebración ecuménica para clausurar el Sínodo Europeo
*En entrevista al diario suizo Sonntags Zeitung, cfr. http://www.istor.cide.edu/archivos/ num_3/coincidencias%20y%20divergencias.pdf, Hans Küng, profesor de la Universidad de Tubinga -a quien el Vaticano prohibió hace 21 años enseñar en nombre de la Iglesia Católica- que mantiene una larga polémica con el Vaticano. Bajo el titulo La autocrítica eclesial, Giacomo Biffi publicó en 1995 una nota pastoral en la que advertiría sobre las probables consecuencias de un mea culpa indiscriminado: «»un tema de notable delicadeza, que puede devenir fuente de ambigüedad y hasta de malestar espiritual entre los fieles más simples y pequeños, a los que también, en primer lugar, están destinados los misterios del Reino»
Comisión Teológica Internacional, Memoriay Reconciliación: La Iglesia y las Culpas del Pasado, Madrid, Editorial Biblioteca de Autores Cristianos, 2000, 1, 2. Consultar versión digital en http://www.vatican. va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_doc_20000307_memory-reconc-itc_sp.html.
*La jornada del perdón, para muchos, pasará a la historia de la Iglesia como una fecha singular ya que, como revela el documento Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado, no existen precedentes bíblicos ni históricos de esta iniciativa. Antes de Karol Wojtyla, sólo Pablo VI lamentó públicamente la desunión de los cristianos, aunque sin llegar a pedir expresamente perdón por ello
*Cabe aclarar que Memoria y Reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado se trata de un documento de la Comisión Teológica Internacional [..] Esto no significa que sea un documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1). No es, por tanto, un texto de la Santa Sede y mucho menos del Papa. El mismo Cardenal Ratzinger, al presentarlo explico que con este texto «la Iglesia no pretende erigirse en juez del pasado, ni encerrarse de manera pesimista en sus propios pecados». «El documento <Memoria.y Reconciliación> [..] no es más que el resultado de un grupo de teólogos [..] Cuando se habla del pasado de la Iglesia, se cuentan muchas cosas que, con frecuencia, son calumnias, mitos. La verdad histórica es la primera exigencia» (Padre Georges Cottier, secretario de la Comisión Teológica Internacional, autora del texto, 8/3/00). Conforme el Articulo 48 de la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana Pastor bonus, promulgada por el Santo Padre Juan Pablo II el 28 de junio de 1988, <la tarea propia de la Congregación para la Doctrina de la Fe es promover y tutelar la doctrina de la fe y la moral en todo el mundo católico. Por esta razón, todo aquello que, de alguna manera toca este tema, cae bajo Su competencia>. Cit. en Página Oficial del Vaticano, Comunicado de la Comisión Teológica Internacional (Agencia Zenit, 7/3/00)
Cardenal Ratzinger, 7 de marzo del 2000, en ocasión de la presentación en la Sala de Prensa de la Santa Sede, el documento Memoria y Reconciliación.
Carta de Juan Pablo Il al Cardenal Etchegaray sobre la Inquisición (al publicarse las <Actas del Simposio Internacional> celebrado en Roma en 1998), Zenit, 15 de junio de 2004, edición digital, cfr. http://www.zenit.org/article-12713?l=spanish 21 Cit. en documento mencionado de la Comisión Teológica Internacional, Memoria y Reconciliación 22 Cardenal Etchegaray, Aceprensa, 11 de noviembre de 1998, edición digital, cfr. http://www.aceprensa.com/articulos/1998/nov/11/el-juicio-sobre-la-inquisici-n-en- su-contexto-hist/
Estas cosas, amados, os escribimos no sólo con carácter de admonición, sino también para haceros memoria de nosotros mismos. Porque nosotros estamos en las mismas listas y nos está esperando la misma oposición. Por lo tanto, pongamos a un lado los pensamientos vanos y ociosos; y conformemos nuestras vidas a la regla gloriosa y venerable que nos ha sido transmitida; y veamos lo que es bueno y agradable y aceptable a la vista de Aquel que nos ha hecho. Pongamos nuestros ojos en la sangre de Cristo y démonos cuenta de l0 precioso que es para su Padre, porque habiendo sido derramado por nuestra salvación, ganó para todo el mundo la gracia del arrepentimiento. Observemos todas las generaciones en orden, y veamos que de generación en generación el Señor ha dado oportunidad para el arrepentimiento a aquellos que han deseado volverse a Él. Noé predicó el arrepentimiento, y los que le obedecieron se salvaron, Jonás predicó la destrucción para los hombres de Ninive; pero ellos, al arrepentirse de sus pecados, obtuvieron el perdón de Dios mediante sus súplicas y recibieron salvación, por más que eran extraños respecto a Dios
Clemente de Roma, Epistola a los Corintios Padres Apostólicos Siglo I