Month: enero 2018

Sacramentos

Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero, como signos, también tienen un fin instructivo. No sólo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por se llaman sacramentos de la fe” (SC 59).

Oración

Señor, tú que has suscitado en san Juan Bosco un padre y un maestro para la juventud, danos también a nosotros un celo infatigable y un amor ardiente, que nos impulse a entregarnos al bien de los hermanos y a servirte a ti en ellos con fidelidad. Por Jesucristo nuestro Señor

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-,
y yo las conozco, y ellas me siguen.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mc 6, 1-6.

No desprecian a un profeta más que en su tierra.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían
sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor

Oración

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza.
Dice el Señor, Inclina el oído a las palabras de mi boca

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Cristo tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mc 5, 21-43.

Contigo hablo, niña, levántate.

Lectura del santo evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”»
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentran el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor

Sacerdotes

El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona (cf Jn 20,21-23; Lc 24,47; Mt 28,18-20). Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos

Oración

Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judío y gentil: Todos sois uno en Cristo Jesús

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Un gran Profeta ha surgido entre nosotros.
Dios ha visitado a su pueblo.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mc 5, 1-20.

Espíritu inmundo, sal de este hombre.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó
con voz potente:
«¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes».
Porque Jesús le estaba diciendo:
«Espíritu inmundo, sal de este hombre».
Y le preguntó:
«¿Cómo te llamas?».
Él respondió:
«Me llamo Legión, porque somos muchos».
Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron:
«Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.
Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en
los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo:
«Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Palabra del Señor

Peregrinación

No sé si nos habremos dado cuenta de que en la vida estamos peregrinando hacia un destino final: para unos, ese destino acaba con la muerte, y se acabó. Para otros hay tantas razones para creer como para no creer en eso de otra vida después de la muerte. Para nosotros, los cristianos, hay una Vida con mayúscula que nos une al Creador. Y en Él tenemos puesta nuestra esperanza, que nunca defrauda.

De una forma o de otra, es posible que haya mucha gente que no se haya dado cuenta de que, en la vida, estamos en una peregrinación hacia un destino, igual que el pueblo de Israel, por el desierto.

Cuando no hay un destino final, aparecen en nosotros las sombras de las tinieblas, que tapamos como podemos: en el mejor de los casos, tapamos nuestras miserias con el deseo desordenado de poseer, pensando en nuestra insensatez, que eso nos dará la felicidad. Porque una cosa es cierta: el hombre tiende a la felicidad. Desde sus primeros conocimientos, el hombre tiende a la felicidad; no hay que haber estudiado mucho para conocer este precepto aristotélico. Otra cosa es saber en qué fundas tu felicidad. Y así aparece el desequilibrio de las drogas, el alcohol, o del sexo… que conducen a más infelicidad, pues en su propio interior, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, no puede, ni aunque quisiera, renunciar a esa naturaleza que le fue regalada, y que le acusa con el sello indeleble con que fue marcado: su conciencia.

Al igual que el alfarero, con sus manos, deja el sello de su propio ser en cada obra que realiza, el Alfarero del hombre, su Creador, pone en él su Huella dactilar en la creación, y le indica esa Ley moral que es su propia conciencia; es lo que llamamos la Ley Natural.

A lo largo de la vida, nos damos cuenta de que, efectivamente, estamos en una peregrinación o progreso hacia un destino final. Por eso nos dirá el Salmo:

“…Bienaventurados los que encuentran en Ti su fuerza al preparar su peregrinación…” (Sal 83)

Y cuando es Dios el que conduce nuestra vida, se cumple lo que continúa diciendo el Salmo: “…Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis…”. Y es que en la vida hay multitud de situaciones, nuestros valles, nuestras depresiones, nuestros fracasos, nuestra frustraciones… que nos llenan de amarguras. Es ahí donde actúa Dios. Cuando ocurren estas cosas, el que pone su confianza en el Señor, “…lo convierte en ‘oasis’, como si lluvia temprana lo cubriera de bendiciones…”. Esta lluvia, es la forma poética con que el salmista anuncia la Palabra de Dios.

¡Señor de los ejércitos -dirá el salmista en el más puro lenguaje bíblico de su época –, Bienaventurado el hombre que confía en Ti!

Alabado sea Jesucristo

Tomás Cremades

Cabeza y cuerpo

Formando con Cristo-Cabeza “como una única persona mística” (Pío XII, enc. Mystici Corporis), la Iglesia actúa en los sacramentos como “comunidad sacerdotal” “orgánicamente estructurada” (LG 11): gracias al Bautismo y la Confirmación, el pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la liturgia; por otra parte, algunos fieles “que han recibido el sacramento del Orden están instituidos en nombre de Cristo para ser los pastores de la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios” (LG 11).