Categoría: Bautismo

Hoy



Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la Palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11 34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: “¡Ojalá oyerais hoy su voz!: No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 95, 7-8)

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los “pequeños”, a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino (cf Lc 13, 20-21).

Adán


Dios “coronó” a toda la humanidad en Adán y concedió “dominio” y “poder” a la primera pareja y a su prole. Los pueblos antiguos reconocieron en el relato del Génesis las costumbres comunes de los reyes, que reunían tierras para transmitirlas luego a sus hijos y herederos. Pero Adán era más que un simple rey. Era un rey sacerdotal. El Génesis relata que Dios le exigió unas obligaciones específicas, descritas por los verbos hebreos Abodah y Shamar (generalmente traducidos como “cultivar” y “guardar”)En otro lugar del Pentateuco, estos verbos aparecen juntos para referirse al servicio ritual de los sacerdotes y levitas en el santuario (Números 3, 7-8; 9,26; 18, 5-6). Al describir el servicio sacerdotal, deben traducirse por administrar y guardar. Los sacerdotes se ocupaban de ofrecer el servicio sacrificial a Dios y proteger el santuario de cualquier profanación. Estas claves escrituristicas sugieren la intención de los autores bíblicos de describir toda la creación como un templo real construido por un rey celestial. Se representa intencionadamente a Adán como primogénito real y sacerdote principal; en definitiva, como un sacerdote-rey establecido para gobernar, como vice-regente, sobre el templo-reino de la creación
Father Who Keeps His Promises: Gods Covenant Love in Scripture

LAS FUENTES DE LA ORACIÓN



El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo

LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN



La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada Tradición), el Espíritu Santo, en la “Iglesia creyente y orante” (DV 8), enseña a orar a los hijos de Dios

La tradición de la oración cristiana es una de las formas de crecimiento de la Tradición de la fe, en particular mediante la contemplación y la reflexión de los creyentes que conservan en su corazón los acontecimientos y las palabras de la Economía de la salvación, y por la penetración profunda en las realidades espirituales de las que adquieren experiencia (cf DV 8).

Interceder



pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (cf. San Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28 34).

Una

«aunque todos los súbditos en los dominios del rey le obedez­can, apostatando de la religión de sus padres, y aunque prefieran cum­plir sus órdenes, yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la alianza de nuestros padres. El cielo nos libre de abandonar la ley y nuestras costumbres. No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda» macabeos 2, 15