El argumento de la divinidad de Cristo



Todo el trilema de Lewis (“ loco, mentiroso o Dios”) no es más que una falacia pues se basa en su totalidad sobre el supuesto de que Jesucristo realmente existió, lo cual no puede ser corroborado independientemente de las fuentes cristianas. Luego, no se prueba la conclusión de la segunda vía.

Respuesta: Evidentemente esta objeción se basa sobre el prejuicio de que el Nuevo Testamento no se constituye como un documento histórico. Pero no tenemos por qué aceptar dicho prejuicio. Como hemos visto, los documentos del Nuevo Testamento se pretenden como históricos y, de hecho, salen muy bien librados cuando se les aplican las
pruebas históricas estándar de autenticidad y fiabilidad.

Por tanto, el prejuiciarlos es anticientífico. El Nuevo Testamento tiene cientos de referencias de Jesucristo y no hay motivo para descartarlas a priori. Y más aún cuando se trata de referencias de gran proximidad espacio- temporal con respecto a los hechos que narran. Por ejemplo, la gran mayoría de estudiosos (cristianos y no cristianos) aceptan que las Epístolas de Pablo (o al menos algunas de ellas) fueron escritas entre 20 y 40 años después de la muerte de Jesús. En términos de evidencias de manuscritos antiguos, esta es una prueba extraordinariamente fuerte de que existió un hombre llamado Jesús a inicios del primer siglo. Es más, en las cartas de Pablo se encuentran pasajes que reflejan credos e himnos referidos a Jesús que ya estarían circulando con anterioridad entre los cristianos. Por ejemplo, el académico judío Pinchas Lapide explica que el texto de 1 Corintios 15: 3- 7 recogería un himno anterior a la ya temprana datación de esa carta (en torno al año 55) por cuanto el estilo de la frase es “no paulino”, la triple cláusula “y que” es característica del hebreo arámico- mishnaico, y la doble cláusula “conforme a las Escrituras” es propia de la formulación de credos. De todos modos, y sin desmedro de lo anterior, tenemos que se puede ofrecer una amplia gama de evidencia externa (no cristiana) sobre la existencia de Jesús.

La más popular es la de Flavio Josefo, historiador judío del siglo I. En su obra Antigüedades Judías se refiere a Santiago como “el hermano de Jesús, al que llamaban el Cristo”, lo cual coincide con el testimonio independiente de Pablo (cfr. Gálatas 1: 19). También existe un texto controversial que dice:

“Por esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si se le puede llamar hombre. Fue autor de obras sorprendentes y maestro de los hombres que acogen la verdad con placer y atrajo no solamente a muchos judíos, sino también a muchos griegos. Él era el Cristo. Y, aunque Pilato, instigado por las autoridades de nuestro pueblo, lo condenó a morir en Cruz, sus anteriores adeptos no dejaron de amarlo. Al tercer día se les apareció vivo, como lo habían anunciado los profetas de Dios, así como habían anunciado estas y otras innumerables maravillas sobre él. Y hasta el día de hoy existe la estirpe de los cristianos, que se denomina así en referencia a él”.

Ahora bien, es evidente que este texto no puede haber sido escrito por Josefo tal como aparece. Josefo era un judío ortodoxo y, por tanto, era imposible que hiciera una declaración de fe cristiana tan directa como el decir sin más que Jesús es “el Cristo”, es decir, el Mesías, o referirse a su resurrección como un hecho verídico. ¿Invalida esto la apelación al testimonio flaviano como prueba de la existencia histórica de Jesús? De ningún modo. Uno puede razonablemente plantear, como han hecho la gran mayoría de historiadores, que el pasaje de Josefo fue efectivamente manipulado por escribas cristianos pero que sí contenía una mención básica de Jesús como personaje histórico. Flavio Josefo no tenía ningún interés en inventarse la existencia de Jesús y aun así el pasaje aparece en todos los códices o escritos que se tienen disponibles sobre las Antigüedades. Entonces la inferencia más razonable es que una parte del testimonio es genuina y otra interpolada. Esta hipótesis recibió una fuerte confirmación en 1971 cuando el exegeta judío Shlomo Pines sacó a la luz la versión árabe del texto, que muy probablemente ofrece el texto original de Josefo sin las interpolaciones cristianas:

“En este tiempo existió un hombre llamado Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto fue quizá el Mesías de quien los profetas habían contado maravillas”.

Como puede verse en este texto el autor no se está comprometiendo con la veracidad de la creencia cristiana, simplemente parte del reconocimiento del hecho de que “existió un hombre de nombre Jesús” y luego refiere lo que sus discípulos creían de Él. Así que puede considerarse a este como un texto razonablemente fiable. Aun así, hay quienes, como Earl Doherty, se empeñan en decir que “Josefo no escribió nada sobre Jesús” y que la totalidad del pasaje es un invento cristiano. Básicamente argumentan que el pasaje parece intrusivo en el contexto del párrafo, que es muy raro que ningún escritor cristiano lo haya citado hasta Eusebio de Cesárea en el siglo IV, que el estilo hace pensar que lo escribió este último y no Josefo, y que, de hecho, el pasaje no aparece en una antigua tabla de contenido asociada a la versión latina del siglo V o VI.

Pues bien, pasemos a responder cada punto. Primero, que el pasaje parezca intrusivo no es un argumento verdaderamente fuerte porque era una práctica bastante común en los escritores de la Antigüedad el introducir digresiones y, de hecho, en el mismo texto se ven ya otras digresiones. Segundo, que el pasaje no haya sido citado por los apologistas cristianos de los primeros siglos tampoco es para nada problemático porque, si nos atenemos a nuestro argumento de que la versión árabe es más o menos la original sin las interpolaciones cristianas, el pasaje sobre Jesús es bastante neutral y no resulta muy útil para fines apologéticos pues la principal crítica de los escritores paganos contra Jesús no era el decir que no existió (lo cual obviamente es un gran punto en contra de la postura de los “cristo- negacionistas” como Doherty) sino acusarlo diciendo que había nacido espuriamente, que no podía controlar su temperamento o que fue un mero criminal que murió crucificado, y el mencionado pasaje (sin interpolaciones) no ayuda a refutar esto de modo directo o relevante porque luego de afirmar que “existió un hombre llamado Jesús” y que hubo gente que lo siguió fielmente (cosa que no ponían en cuestión los críticos paganos), simplemente se limita a reportar de modo muy breve lo que sus seguidores creían de Él (cosa que ya conocían, al menos básicamente, los escritores paganos). Tercero, el argumento de que Eusebio de Cesárea insertó la totalidad del texto no es más que una falacia de pendiente resbaladiza.

En efecto, la estrategia del escéptico consiste en hacer que nos centremos en unas cuantas frases del testimonio flaviano que tienen similitud con el lenguaje de Eusebio y luego querer hacernos creer que todo el pasaje ha sido necesariamente insertado por él. Pero quien cree en la validez parcial del pasaje no tiene por qué aceptar eso porque, como ha dicho el reconocido estudioso Graham Stanton, “una vez que las adiciones cristianas obvias son removidas, las frases que quedan son consistentes con el vocabulario y estilo de Josefo”. Cuarto, que el pasaje no aparezca en la tabla de contenido asociada a la versión latina del siglo V o VI no es un argumento suficientemente conclusivo. En efecto, una mera tabla de contenido no tiene por qué ser necesariamente exhaustiva. No obstante, podría responderse que de todos modos “uno encontraría difícil creer que tan remarcable pasaje sería omitido por alguien, y menos por un cristiano, al momento de resumir el trabajo”. En realidad no sería difícil creerlo si ese alguien no es cristiano pues para esa persona no resultaría un “remarcable pasaje” e incluso, si se trata de un anti- cristiano (como, digamos, un judío de aquella época), el pasaje se convertiría un “odioso pasaje” que hasta convendría omitir (sería hipócrita que el “cristo negacionista” no nos deje plantear esta posibilidad porque él hace prácticamente lo mismo cuando a cada instante habla de “interpolaciones interesadas”: o la regla “corta para los dos lados” o simplemente no la usa nadie).

Pues bien, al parecer la mencionada tabla de contenido viene desde antes de la referida versión latina y, como sugiere Henry St. John Thackeray, uno de los mayores eruditos del mundo en lo que a Josefo se refiere, lo más probable es que esta tabla haya sido elaborada por un asistente de Josefo al cual el pasaje bien le podría haber parecido irrelevante o incluso odioso, como ya hemos visto. De hecho, esta segunda posibilidad halla un interesante indicio en el hecho de que en la tabla original no se halla absolutamente ningún pasaje que podría haber interesado a un cristiano incluyendo aquellos pasajes referidos a Juan el Bautista o la muerte de Herodes ¡que no tienen mayores sospechas de ser “interpolaciones cristianas”! Así, en vista de todo lo anterior, respecto del testimonio flaviano tenemos que “la mayoría de estudiosos actualmente se inclinan a ver el pasaje como básicamente auténtico, con unas pocas adiciones posteriores de escribas cristianos” y, por tanto, podemos tomarlo como suficiente a efectos de probar la existencia de Jesús

Pinchas Lapide, The Resurrection of Jesus: A Jewish Perspective, Society for Promoting Christian Knowledge, London, 1983, pp.

Flavio Josefo, Antiguedades Judías, XX, 200

Flavio Josefo, Antiguedades judías, XVIII,
63-64

Earl Doherty, Jesus: Neither God nor Man, Age of Reason Publications, Ottawa, 2009, p.
534.

Ken Olson, «Eusebius and the Testimonium Flavianum», Catholic Biblical Quarterly
n’ 61, 1999, pp. 305-322

Louis Feldman and Gõhei Hata, Josephus, Judaism and Christianity, Wayne State
University Press, Detroit, 1987, p. 57

Graham Stanton, The Gospels and Jesus, Oxford University Press, 1989, p. 143

Louis Feldman and Gohei Hata, Josephus, Judaism and Christianity, Wayne State University Press, Detroit, 1987, p. 57

Henry St. John Thackeray, Josephus, 1965 vol R 637

Paula Fredrikson, Jesus of Nazareth, King of the Jews, Ed. Vintage, New York, 2000, p. 249

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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