¡Crucifícale!



Queréis que os suelte al rey de los judíos?» (Mc 15, 9) les preguntará con ironía. Y todos preferirán a Barrabás[ 79]. – «¡¡¡ Crucifícale!!! ¡¡¡ Crucifícale!!!»–gritarían ante el asombro del romano. – «Qué mal ha hecho?». – «¡ Crucifícale!»–fue la respuesta.

Mientras Pilato estaba sentado en su silla de juez recibirá el mensaje de su mujer, Prócula: – «No te metas con este justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él» (Mt 27, 19). La situación no era fácil.

Si ponía en libertad a Jesús, sería acusado de enemigo del César por los judíos: – «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César»–le decían (Jn 19,12). Pero si lo condenaba, sabía que cometía injusticia. Por un lado, la alta traición contra el emperador era castigada con la deportación a una isla o la muerte en las fauces de las fieras del circo (para los que no eran ciudadanos la pena era la crucifixión).

Y Roma era Roma; y con Roma no se jugaba…

¡Crucifícalo!: Análisis histórico-legal de un deidicio
Javier Olivera Ravasi

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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