¿Por qué es necesaria la mortificación?



«Le han sido perdonados muchos pecados, porque amó mucho” Lucas 7 47


Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia).

La penitencia es la mortificación que se hace para reparar por nuestros pecados personales. Es pues cosa clara que la mortificación es para nosotros una necesidad en razón de las consecuencias de nuestros pecados personales. El pecado actual repetido engendra vicios. Cuando confesamos nuestras faltas con contrición o atrición suficiente, la absolución borra el pecado, pero deja en el alma cierta disposición a volver a caer en el mismo vicio, que es consecuencia del pecado. De modo que aun después del bautismo queda el fondo de todas las malas pasiones. No hay duda, por ejemplo, que aquel que se ha dado al vicio del alcoholismo y se confiesa con atrición suficiente, si bien recibe, con el perdón, la gracia santificante y la virtud infusa de la templanza, conserva, sin embargo, la inclinación a aquel vicio y, si no huye de las ocasiones, volverá a caer en él.

Por ese espíritu de penitencia hemos de mortificarnos para expiar los pecados pasados y ya perdonados, y evitarlos en lo venidero. La virtud de penitencia, en efecto, no sólo tiene por fin detestar el pecado, que es ofensa de Dios, sino también la reparación; y, para esto, no basta dejar de pecar; es también necesaria la satisfacción ofrecida a la justicia divina, ya que todo pecado merece una pena o castigo, de la misma manera que cualquier acto inspirado por la caridad es acreedor a la recompensa. Por este motivo, cuando se nos da la absolución sacramental, que borra el pecado, se nos impone a la vez la penitencia o satisfacción, para que así obtengamos la remisión de la pena temporal que aún nos quedaría por pagar. Esta satisfacción es parte del sacramento de la penitencia por el cual se nos aplican los méritos del Salvador; y contribuye así a devolvernos la gracia o a aumentárnosla.

Así queda saldada, en parte al menos, la deuda contraída por el pecador con la divina justicia. Para conseguir tal efecto, debe ese pecador aceptar con resignación las penalidades de la vida; y si esta paciencia y resignación no son suficientes para purificarlo del todo, deberá pasar por el purgatorio, pues nadie entra en el cielo sin antes haberse purgado totalmente. El dogma del purgatorio es, de esta manera, una confirmación de la necesidad de la mortificación, al enseñarnos que toda deuda ha de quedar cancelada, ya por los méritos en esta vida, o bien por el fuego purificador en la otra.

Un arrepentimiento lleno de amor borraría la falta y la pena, como las dichosas lágrimas que Jesús bendijo cuando dijo: “Le han sido perdonados muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,47). Si, pues, la penitencia es necesaria a todos los cristianos, ¿cómo será posible negar la necesidad de la mortificación? Eso equivaldría a desconocer en absoluto la gravedad del pecado y sus consecuencias. Los que hablan contra la mortificación llegan poco a poco a beber la iniquidad como se bebe un vaso de agua; luego llaman imperfección a lo que con frecuencia es un verdadero pecado venial, y humana debilidad al pecado mortal.

Tampoco hemos de pasar por alto que tenemos que luchar contra el espíritu del mundo y contra el demonio, según las palabras de San Pablo (cf. Ef 6,10-20). Para resistir a las tentaciones del enemigo, que primero nos inclina a faltas ligeras para llevarnos después a otras más graves, Nuestro Señor mismo nos ha exhortado a recurrir a la oración, al ayuno y a la limosna. Así la tentación se convertirá en ocasión de actos meritorios de fe, esperanza y amor de Dios.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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