Categoría: Tentación

Infierno, la ruina eterna



2 tesalonisenses 1
Porque es propio de la justicia de Dios el pagar con tribulación a los que os atribulan,
1:7 y a vosotros, los atribulados, con el descanso junto con nosotros, cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles,
1:8 en medio de una llama de fuego, y tome venganza de los que no conocen a Dios y de los que no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesús.
1:9 Éstos sufrirán la pena de una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder

Tentaciones


I Corintios

10:13 … Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación, os dará modo de poderla resistir con éxito

Santiago 1

1:1 Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión.1:2 Considerad como un gran gozo, hermanos míos, cuando estéis rodeados por toda clase de pruebas,1:3 sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce paciencia;1:4 pero la paciencia ha de culminar en una obra perfecta para que seáis perfectos e íntegros, sin que dejéis nada que desear.1:5 Si alguno de vosotros carece de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará.1:6 Pero que la pida con fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, agitado por el viento y zarandeado de una a otra parte1:7 Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como éste,1:8 un hombre irresoluto e inconstante en todos sus caminos.1:9 Que el hermano de condición humilde se gloríe en su exaltación;1:10 y el rico, en su humillación, porque pasará como flor de hierba:1:11 sale el sol con fuerza y seca la hierba y su flor cae y se pierde su hermosa apariencia; así también el rico se marchitará en sus proyectos.1:12 ¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Porque, superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman.1:13 Ninguno, cuando sea probado, diga: «Es Dios quien me prueba»; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie.1:14 Sino que cada uno es probado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia.1:15 Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz al pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra muerte.1:16 No os engañéis, hermanos míos queridos:1:17 toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni fase de sombra.1:18 Nos engendró por su propia voluntad, con palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas.1:19 Tenedlo presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar, tardo para la ira.1:20 Porque la ira del hombre no realiza la justicia de Dios.1:21 Por eso, desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras vidas.1:22 Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos.1:23 Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contemplaba sus rasgos fisionómicos en un espejo:1:24 efectivamente, se contempló, se dio media vuelta y al punto se olvidó de cómo era.1:25 En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz.1:26 Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es vana1:27 La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo

Tentación de San Antonio Abad 1543 – 1550. San Antonio es tentado por el Diablo, transformado en una mujer desnuda y al que acompaña una bruja. El fondo con la ciudad en llamas, así como los monstruos y demás elementos, están tomados del Bosco (h. 1450-1516)

Juicio a los muertos



Aún no estan el el cielo o el infierno después de muertos. ¿Dónde estarían?

Apocalipsis

Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.
20:14 La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego -este lago de fuego es la muerte segunda-
20:15 y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego

Juicio final capilla Sixtina, Miguel Ángel

¿Para que la oración?



En Jesús “el Reino de Dios está próximo” (Mc 1, 15), llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que es y que viene, en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Mc 13; Lc 21, 34-36). En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lc 22, 40 46).

Todos los caminos conducen a Roma



Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su Creador o se esconda lejos de su faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la salvación.

La envidia



es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (De disciplina christiana, 7, 7)

“De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (San Gregorio Magno, Moralia in Job, 31, 45).

Permisividad de las costumbres



se basa en una concepción errónea de la libertad humana; para llegar a su madurez, esta necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre

La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad” (GS 58)

La pureza exige el pudor



Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas.

La muerte



es consecuencia del pecado

La muerte es la paga por el pecado, ésta no se encontraba en el plan de Dios. La Iglesia así nos lo ha enseñado: «Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre” (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es “salario del pecado” (Rom 6, 23;cf. Gén 2, 17)» (Catecismo, 1006). El hombre por naturaleza era mortal, pero Dios le había dado el don de la inmortalidad; este don lo perdió con el pecado.

San Alfonso nos exhorta a que consideremos la muerte para que no nos asuste cuando toque a nuestras puertas: «Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar: mira en aquel cadáver, tendido en su lecho mortuorio, la cabeza inclinada sobre el pecho, esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos, desencajadas las mejillas, el rostro color ceniza, labios y lengua color de plomo; yerto y pesado el cuerpo…¡tiembla y palidece quien lo ve! Observa como aquel cadáver va poniéndose amarillo, después negro. Aparece en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y repugnante de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda que cae por tierra. Nace en tal podredumbre multitud de gusanos que se nutren de la misma carne… y de todo aquel cuerpo no queda más que un fétido esqueleto que con el tiempo se deshace, separándose de los huesos y cayendo del tronco la cabeza»… y continúa el santo preguntando «¿Dónde está pues la hermosura que hoy te agrada? en esta pintura de la muerte, hermano mío, reconócete a ti mismo y ve lo que un día vendrás a ser. Hoy te cubre el oro y la seda, mañana te cubrirá la tierra y la podredumbre. Hoy te cortejan los hombres, mañana te cortejarán los gusanos. ¡Oh, cuán solo y abandonado quedará el cuerpo en la pobre sepultura! ¿Por qué sirves tanto a la carne que ha de servir de alimento a los gusanos?»[3]

Frente al tema de la muerte siempre debemos recordar que con absoluta seguridad moriremos, y aunque la miremos a lo lejos, llegará; no sabemos cómo ni cuándo ni dónde moriremos, pero sí sabemos que morir mal es un error irreparable: Cualquier otro error tiene solución… morir en pecado mortal significa condenarse para siempre. ¡Si te acuestas a dormir en pecado mortal, mañana puedes amanecer en el infierno!

El combate por la pureza



El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios lo consigue

— mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite amar con un corazón recto e indiviso;

— mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre: con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios (cf Rm 12, 2; Col 1, 10);

— mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los mandamientos divinos: “la vista despierta la pasión de los insensatos” (Sb 15, 5)