Categoría: Voluntad

Él mérito

«Manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra» (Prefacio de los Santos I, Misal Romano; cf “Doctor de la gracia” San Agustín, Enarratio in Psalmum, 102, 7)

Entonces, el mérito para quien es, si todo viene de Dios?

Castidad

La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que la pueda lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje (cf Mt 5, 37).

Comunión de los Santos

los santos no sólo hablan con Dios, sino también su conversación versa sobre asuntos de la tierra, y que esta conversación tiene un efecto inmediato y poderoso en los acontecimientos de la tierra.


Los santos reciben su poder como una bendición de Dios. Juan refiere una voz que dice: Bienaventurados los muertos, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan (Apocalipsis 14,13)


Está claro, Por el Apocalipsis de San Juan, que la bendición de los santos en los cielos se derrama en cascada para bendecir también la tierra

Quia tu es, Deus, fortitudo mea

Quia tu es, Deus, fortitudo
mea: quare me repulisti, et quare
tristis incedo, dum affligit me
inimicus?

Siendo tu, oh Dios mi fortaleza
¿cómo me siento yo desamparado,
y por qué ando triste al verme
molestado por mi enemigo?

Justificación

La justificación libera al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón.

La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana

La justificación es, al mismo tiempo, acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina

Vivo para Dios

La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos “la justicia de Dios por la fe en Jesucristo” (Rm 3, 22) y por el Bautismo (cf Rm 6, 3-4):

«Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6, 8-11).

Los consejos evangélicos

manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se ve contenta por no poder darse más. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo.

Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno: «Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San Francisco de Sales, Traité de l’amour de Dieu, 8, 6).