Evangelio

San Mateo 9:1-8
Subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Ánimo!, hijo, tus pecados te son perdonados.» Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Éste está blasfemando.» Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: `Tus pecados te son perdonados’, o decir: `Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice entonces al paralítico-: `Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.» Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Palabra del Señor

EL PAPA LEÓN XIII VE A LOS DEMONIOS REUNIÉNDOSE EN ROMA

EL PAPA LEÓN XIII VE A LOS DEMONIOS REUNIÉNDOSE EN ROMA

Ya en 1859, el papa Pio IX decretó que se recitaran una serie de oraciones después de cada missa lecta o misa menor. Los sacerdotes y los fieles debían arrodillarse y rezar el Avemaría tres veces, seguido por la Salve y después una oración por la Iglesial. La razón Para añadir estos anexos a la misa es materia Para una teoría conspirativa pero, en este caso, se trata del reconocimiento papal de una «conspiración» del «socialismo y el comunismo, a las que hace referencia Pio IX en su encíclica Nostis et nobiscum:

Ahora bien, si los fieles, menospreciando los paternales avisos de sus pastores y los preceptos de la Ley Cristiana que acabamos de recordar, se dejasen engañar por los jefes de esas modernas maquinaciones y quisiesen conspirar con ellos en sus perversos sistemas del Socialismo y Comunismo, sepan y ponderen seriamente que están acumulando para sí ante el Divino Juez tesoros de ira para el día de la venganza; que entre tanto no conseguirán con esa cooperación ninguna utilidad temporal para el pueblo, sino que más bien aumentarán su miseria y padecimientos. Pues no es a los hombres a quienes compete establecer nuevas sociedades y comunidades opuestas a la condición de la naturaleza de las cosas humanas; y por eso, si semejantes conspiraciones, se extendieran por Italia, no conseguirían otra cosa que convulsionar el presente. Y completamente destruido el estado de las cosas, por las mutuas luchas de ciudadanos contra ciudadanos, por las depredaciones y muertes llegarían a enriquecerse  y encumbrarse en el poder unos pocos a costa del  despojo y la ruina total de mayoría

Estas conspiraciones de las que hablaba Pio IX sucedieron, como hemos visto, en 1870; su sucesor directo, el papa León XIII, tuvo una aparición que revelaba la profunda infiltración demoníaca y cómo esta se estaba instalando en aquel momento en la propia Roma. Según León XIII, esta infiltración satánica la estaban llevando a cabo «sociedades secretas» que fomentaban la adoración demoníaca y la rebelión. En su encíclica de 1886 Quod multum se refiere a este trabajo de infiltración:

Basta recordar el racionalismo y el naturalismo, esas fuentes mortales del mal cuyas enseñanzas están distribuidas libremente en todas partes. Luego debemos agregar los muchos atractivos a la corrupción: la oposición o la abierta deserción de la Iglesia por parte de los funcionarios públicos, la atrevida obstinación de las sociedades secretas, aquí y allá un plan de estudios para la educación de los jóvenes sin tener en cuenta a Dios

El papa León XII se lamentaría, más adelante, de que esta «conspiración» hubiera tenido lugar: «Por medio de conspiraciones, corrupciones y violencia ha llegado a dominar Italia, e incluso Roma». En vista de esta nueva infestación demoníaca, León XIII añadió en 1886 a la missa lecta una nueva plegaria a san Miguel, implorando al arcángel su ayuda en la batalla contra el mal. Es la misma invocación a san Miguel con la cual estamos familiarizados hoy en día:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio, Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica, Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén

*Esta oración por la Iglesia de 1859 estaba compuesta por cuatro oraciones tomadas de la Missa B. Viriginis, la Missa pro remission peccatorum, la Missa pro pace y la Missa pro inimicis.

Pío IX, Encíclica sobre Iglesia y los Estados Pontificios Nostis et nobiscum, 8 de diciembre de 1849. Texto castellano extraido de https://mercaba.org/ PIO%20IX/noscitis_et_nobiscum.htm

León XIII, Encíclica sobre la libertad de la Iglesia Quod multum, 22 de agosto de 1886. Texto castellano extraidode https://diario7-archivos.blogs- pot.com/2000/01/enciclica-quod-multum-22-de-agosto-de.html

(Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio, contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute, in infernum detrude Amen)

Un ejemplo: el deslizamiento hacia el estatismo



Un típico ejemplo de transbordo ideológico es el deslizar de Albert de Mun hacia el socialismo estatista. Inicialmente se quería introducir en las relaciones de trabajo el «patronato», o sea el compromiso del patrón por el bienestar de sus obreros. Sin embargo, esto ofendía el espíritu romántico e igualitario de la época, que consideraba cualquier jerarquía social una causa de sufrimiento para el inferior. Los trabajadores, se sostenía, no piden limosna sino exigen derechos. Cediendo al ambiente, De Mun abandonó la idea del patronato y comenzó a defender la formación de sindicatos «mixtos», es decir de propietarios y trabajadores

En un primer momento, De Mun tuvo cuidado de distinguir las asociaciones cristianas de los sindicatos socialistas, acusados de ser instrumentos de la lucha de clases. Sin embargo, no muchos patrones se mostraban abiertos a la idea Ante el fracaso del proyecto, el ala más progresista de la Oeuvre, capitaneada por el marqués René de La Tour du Pin, comenzó a proponer la aplicación obligada de esquemas sindicalistas

Dado que solo el Estado tiene el poder para aplicar en modo obligatorio el sindicalismo, comenzaron a considerarlo como el protector natural de las clases trabajadoras contra la ambición de los capitalistas, defendiendo por tanto una ampliación de sus competencias con el fin de intervenir en las relaciones de trabajo y en la economía entera. En un primer momento, De Mun buscará mantenerse equidistante tanto del liberalismo como del socialismo. «Rechazamos igualmente el liberalismo anticristiano y el socialismo de Estado», afirmaba en 1843.

Sin embargo, destapada la caja de Pandora del intervencionismo estatal era dificil establecer un punto de equilibrio, especialmente cuando las tendencias dominantes de la época (de evidente inspiración socialista) apuntaban a un estatismo creciente, con el pretexto de domar el laissez-faire. Fue así que algunas corrientes del catolicismo social marcharon hacia la izquierda, hasta fundirse con el socialismo marxista finalmente, sin esperanzas en el restablecimiento de las corporaciones, sostuvo la necesidad de reformas económicas profundas de parte del estado, acentuando en tal modo sus tendencias al socialismo de estado»

Albert DE MUN, Discurso conclusivo del congreso de la Oeuvre des Cercles Catholiques d’Ouvriers, 1884, cit. in José María LLOVERA, Tratado elemental de sociologia cristiana, Luis Gili, Barcelona 1930, p. 341.

Francesco S. NITTI, I socialismo cattolico, L. Roux e C. Editoriale, Roma 1 89 1, P. 287.

JULIO LOREDO DE IZCUE. TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN, UN SALVAVIDAS DE PLOMO PARA LOS POBRES

El sermón de San Bernardo sobre la Milicia Templaria



Hablar de los templarios es hablar de aquél que, tomándose la vida religiosa como una milicia, no cejó en la defensa y expansión de la Cristiandad. San Bernardo era tan popular por su estilo de vida y sus sermones que por todos era buscado Para predicar, exhortar, amonestar y corregir las costumbres. Tanto predicaba contra los cátaros como entusiasmaba para las Cruzadas, atrayendo a multitudes a una vida de mayor intimidad con Cristo; de allí que las mujeres temerosas de que sus esposos o hijos se les fueran a Tierra Santa o al claustro, pedían a llantos que no fuesen a escuchar sus sermones

Fue a pedido de su tío y del maestre Hugo de Payns, que compondría esta pieza de homilética para los del Temple. En ella si se la lee a la luz de la historia se encuentra la postura de la Iglesia en una época floreciente para: <una, y dos, y hasta tres veces, si mal no recuerdo, me has pedido, Hugo amadísimo, que escriba para ti y para tus compañeros un sermón exhortatorio. Como no puedo enristrar mi lanza contra la soberbia del enemigo, deseas que al menos haga blandir mi pluma>,

No podía tomar la lanza, en efecto, porque su Orden la benedictina se lo impedía (aunque lo había hecho en otra época, viniendo de familia noble); pero veamos con sus palabras el elogio que hace del nuevo género de vida:

Digamos ya brevemente algo sobre la vida y costumbres de los caballeros de Cristo, para que los imiten o al menos se queden confundidos los de la milicia que no luchan exclusivamente para Dios, sino para el diablo; cómo viven cuando están en guerra o cuando permanecen en sus residencias. Así se verá claramente la gran diferencia que hay entre la milicia de Dios y la del mundo. Tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, observan una gran disciplina y nunca falla la obediencia, porque, como dice la Escritura, el hijo indisciplinado perecerá. Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatria es la obstinación, van y vienen a voluntad del que lo dispone, se visten con lo que les dan y no buscan comida ni vestido por otros medios Se abstienen de todo lo superfluo y sólo se preocupan de lo imprescindible Viven en común, llevan un tenor de vida siempre sobrio y alegre, sin mujeres y sin hijos. Y para aspirar a toda la perfección evangélica, habitan juntos en un mismo lugar sin poseer nada personal, esforzándose por mantener la unidad que crea el Espíritu, estrechándola con la paz. Diríase que es una multitud de personas en la que todos piensan y sienten lo mismo, de modo que nadie se deja llevar por la voluntad de su propio corazón, acogiendo lo que les mandan con toda sumisión.

Nunca permanecen ociosos ni andan merodeando curiosamente Cuando no van en marchas – lo cual es raro-, para no comer su pan ociosamente se ocupan en reparar sus armas o coser sus  ropas, arreglan los utensilios viejos, ordenan sus cosas y se dedican a lo que les mande su maestre inmediato o trabajan para el bien común. No hay entre ellos favoritismos; las deferencias son para el mejor, no para el más noble por su alcurnia. Se anticipan unos a otros en las señales de honor. Todos arriman el hombro a las cargas de los otros y con eso cumplen la ley de Cristo. Ni una palabra insolente, ni una obra inútil, ni una risa inmoderada, ni la más leve murmuración, ni el ruido más remiso queda sin reprensión en cuanto es descubierto

Están desterrados el juego de ajedrez o el de los dados. Detestan la caza y tampoco se entretienen como en otras partes con la captura de aves al vuelo. Desechan y abominan a bufones, magos y juglares, canciones picarescas y espectáculos de pasatiempo por considerarlos estúpidos y falsas locuras. Se tonsuran el cabello, porque saben por el Apóstol que al hombre le deshonra dejarse el pelo largo. Jamás se rizan la cabeza, se bañan muy rara vez, no se cuidan del peinado, van cubiertos de polvo, negros por el sol que los abrasa y la malla que los protege.

Cuando es inminente la guerra, se arman en su interior con la fe y en su exterior con el acero sin dorado alguno; y armados, no adornados infunden el miedo a sus enemigos sin provocar su avaricia. Cuidan mucho de llevar caballos fuertes y ligeros, pero no les preocupa el color de su pelo ni sus ricos aparejos. Van pensando en el combate, no en el lujo; anhelan la victoria, no la gloria; desean más ser temidos que admirados; nunca van en tropel, alocadamente, como precipitados por su ligereza, sino cada cual en su puesto, perfectamente organizados para la batalla, todo bien planeado previamente, con gran cautela y previsión, como se cuenta de los Padres. Los verdaderos israelitas marchaban serenos a la guerra. Y cuando ya habían entrado en la batalla, posponiendo su habitual mansedumbre, se decían para sí mismos: ¡No aborreceré, Señor, a los que te aborrecen; no me repugnarán los que se te rebelan!. Y asi se lanzan sobre el adversario como si fuesen ovejas los enemigos. Son poquísimos, pero no se acobardan ni por su bárbara crueldad ni por su multitud incontable. Es que aprendieron muy bien a no fiarse de sus fuerzas, porque esperan la victoria del poder del Dios de los Ejércitos.
Saben que a Él le es facilísimo, en expresión de los Macabeos, que unos pocos envuelvan a muchos, pues a Dios lo mismo le cuesta salvar con unos pocos que con un gran contingente; la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del cielo. Muchas veces pudieron contemplar cómo uno perseguía a mil, y dos pusieron en fuga a diez mil. Por esto, como milagrosamente son a la vez más mansos que los corderos y más feroces que los leones. Tanto que yo no sé cómo habría que llamarlos, si monjes o soldados. Creo que para hablar con propiedad, seria mejor decir que son las dos cosas, porque saben compaginar la mansedumbre del monje con la intrepidez del soldado Hemos de concluir que realmente es el Señor quien lo ha hecho y ha sido un milagro patente. Dios se los escogió para sí y los reunió de todos los confines de la tierra; son sus siervos entre los valientes de Israel, que, fieles y vigilantes hacen guardia sobre el lecho del verdadero Salomón. Llevan al flanco la espada, veteranos de muchos combates

San Bernardo de CLARAVAL, De laude novae militiae ad Milites Templi, en RÉGINE PERNOUD, op. cit., 179-182.

LAS PRIMERAS CONDENAS PONTIFICIAS Clemente XII y Benedicto XIV: la excomunión confirmada

LAS PRIMERAS CONDENAS PONTIFICIAS
Clemente XII y Benedicto XIV: la excomunión confirmada

No habían pasado más que veintiún años desde el nacimiento de la Masonería cuando con bastante conocimiento de causa la Iglesia condenaba a la nueva secta. La primera de dichas condenas se debe a Clemente XII que mediante la bula In eminenti, de 1738, prohíbe a los católicos ingresar en la secta. Hablaba el papa de una sociedad entonces en pleno auge, trasplantada desde Inglaterra poco antes -la primera logia francesa se habia abierto en Paris en 1725-, que crecía en el Continente y parecía imparable: <[..] haciendo nuevos progresos cada día, ciertas sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos llamados vulgarmente de francmasones o bajo otra denominación>.

Reconocía ya en la Masonería una diversidad de denominaciones, que, con distintas apariencias, abarcaban a una serie de sectas que formaban una misma realidad. Y les atribuía una acción criminal sin paliativos: <Pero como tal es la naturaleza del crimen, que se descubre a sí mismo, da gritos que lo manifiestan y lo denuncian; de ahí, que las sociedades y conventículos susodichos han dado origen a tan fundadas sospechas que el alistarse en estas sociedades es para las personas honradas y prudentes contaminarse con el sello de la perversión y la maldad>.

Crimen, perversión y maldad son conceptos vinculados a la Masoneria en las condenas pontificias a partir de la primera hasta que el lenguaje de las mismas se modere en el siglo XX; aunque no por ello resulten menos claras estas últimas.  Antes de seguir adelante, conviene contextualizar el momento de la publicación de esta bula: a partir de 1715, Europa vive un periodo de transformaciones radicales en diferentes aspectos: comenzaba el movimiento cultural que se conocería como Ilustración, y se proclamaba bien pronto incompatible con la fe revelada; Francia, a pesar de seguir dictando las modas en la cultura europea, perdía la hegemonía continental a favor de Inglaterra – la gran beneficiaria del tratado de Utrech-, que se aprestaba a controlar las vías de navegación y el comercio internacional, socavando los imperios europeos mediante la creación del suyo; que iria creciendo en perjuicio de los existentes

Empezaba a considerarse de buen tono todo lo que viniera de Inglaterra; su influencia en el pensamiento ilustrado fue decisiva: de allí venía el deísmo, la creencia en el Ser Supremo que acabaría por imponerse en la cofradia de los philosophes; la Masonería sería clave en este proceso. Su conocimiento secreto la hacía atractiva para muchos espíritus selectos y curiosos; su racionalismo radical aparente y su concepto del Gran Arquitecto del Universo, parecía adecuarse al escepticismo ilustrado que se «liberaba» por entonces de la educación religiosa.

Aquel ambiente descreído, fatuo y hedonista que se imponía en las élites cultas, incluyendo a las católicas, sería ideal para la extensión de la secta . Pero, prescindiendo de esos espejismos de libertad individual y elevación del hombre a través del conocimiento – o de la gnosis , Clemente XII, señalaba <los grandes males que ordinariamente resultan de esta clase de asociaciones o conventículos, no solamente para la tranquilida de los Estados temporales, sino también para la salud de las almas>
Aparecían ya los dos argumentos fundamentales contra la secta: el peligro que representaba. Lorenzo Corsini, (Florencia 1652- Roma 1740); elegido el 12 de julio de 1730, murió a los 88 años el 6 de febrero de 1740 para la seguridad de los Estados y, sobre todo, para la salvación de las almas. Y denunciaba el mismo documento algo que volverá a aparecer en los siguientes: el engaño empleado por la secta para lograr prosélitos. Debía velar el papa, en el cumplimiento de su deber, <para que esta clase de hombres, lo mismo que los ladrones no asalten la casa y como los zorros no trabajen en demoler la viña, no perviertan el corazón de los sencillos, y no los traspasen en el secreto de sus dardos envenenados>, para cerrar el camino a <las iniquidades [..] que se cometerían impunemente>, avisando, como lo harán sus sucesores, de la impunidad en la que suelen quedar los crímenes de la secta. Por todo ello se pronunciaba:  [… hemos concluido y decretado condenar y prohibir estas sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos llamados de francmasones, o conocidos bajo cualquier otra denominación, como Nos los condenamos, los prohibimos por Nuestra presente Constitución valedera para siempre. Por eso prohibimos seriamente, y en virtud de la santa obediencia, a todos y cada uno de los fieles de Jesucristo de cualquier estado, gracia, condición, rango, dignidad y preeminencia que sean, laicos clérigos seculares regulares, aun los que O merezcan una mención particular, osar presumir bajo cualquier pretexto, bajo cualquier color que sea, entrar en las dichas sociedades de francmasones, o llamadas de otra manera, o propagarlas, sostenerlas o recibirlas en su casa, darles consejo, socorro o favor abierta o secretamente, directa o indirectamente por sí por medio de otros de cualquier manera que esto sea […] les ordenamos en absoluto que se abstengan enteramente de estas clases de sociedades, asambleas, reuniones, agregaciones o conventículos, esto bajo pena de excomunión en que incurren todos contraviniendo como arriba queda dicho, por el hecho y sin otra declaración de la que nadie puede recibir el beneficio de la absolución por otro sino por Nos o por el Pontífice romano que entonces exista, a no ser en el articulo de la muerte. [..]

No podían los fieles entrar en dichas sociedades ni colaborar con ellas de ninguna manera según esta constitución valedera para siempre>, bajo pena de ‣ excomunión ipso facto. Pero, a pesar de esta detallada declaración solemne del sumo pontífice, no tardaron las sociedades condenadas en hacer correr el rumor de que su condena estaba superada. Solo esperaron hasta la muerte de Clemente XII. De manera que Su sucesor, Benedicto XIV, se vio obligado a confirmarla mediante la Constitución Apostólica Próvidas, de 1751

Lorenzo Corsini, (Florencia 1652-Roma 1740)

Clemente XII, Bula In eminenti, 1738

Próspero Lambertini (Bolonia 1675- Roma 1758); elegido papa el 17 de agosto de 1740, murió, a la edad de 83 años, el 3 de mayo de 1758, siendo sepultado en el Vaticano

IGLESIA Y MASONERÍA. LAS DOS CIUDADES. Alberto Bárcena

Militarismo



El mal del militarismo no es que enseñe a ciertos hombres a ser fieros, arrogantes y excesivamente belicosos; el mal de militarismo es que enseña a la mayoria de los hombres a ser dóciles, tímidos y excesivamente pacíficos. El soldado profesional concentra cada vez más poder, mientras el valor general de la comunidad mengua. Así, la guardia pretoriana adquiría cada vez más importancia en Roma, mientras Roma se hacía cada vez más decadente y débil. El hombre militar obtiene un poder civil  proporcional a las virtudes militares que pierden los civiles. Y lo mismo que sucedia en la antigua Roma sucede en la Europa contemporánea. No ha existido nunca una época en que las naciones hayan sido más militaristas que en ésta. Y nunca ha habido una época en que los hombres hayan sido menos valientes. En todas las épocas, en todas las épicas, se ha cantado las armas y al hombre. Pero nosotros hemos propiciado simultáneamente el deterioro del hombre y la fantástica perfección de las armas. El militarismo demostró la decadencia de Roma, y demuestra la decadencia de Prusia.

HEREJES. G.K. Chesterton

«Para mí la felicidad está en estar unido a Dios en el Señor he puesto toda mi esperanza»» (Sal 73, 28)

Oración

Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, ser comprensivo con mis inferiores, saber aconsejar a mis amigos y perdonar a mis enemigos

Evangelio

San Lucas 11:27-28
Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»

Palabra del Señor

Oración

Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor frente a los peligros, paciencia en las dificultades, humildad en la prosperidad